Capítulo XXIX
Relaciones de La Bisbal con el gobierno de Madrid.-Tratos de los
conspiradores con Sarsfield.-Desconfianza del Soberano Capítulo y
otros conjurados.-Un viaje de recreo a Sevilla.-Calaveradas del autor.-
Conducta de Sarsfield.-Gran reunión masónica.-Discurso y juramento
solemne.-Muda La Bisbal la guarnición de Cádiz.-Sale de noche con las
nuevas tropas para el Puerto.-Irresolución de los conjurados.-El autor
consigue avisar a los oficiales afiliados.-Estos deciden aguardar los
acontecimientos.-El general los prende en el Palmar del Puerto.
Había ya adelantado la estación, yendo casi próxima a su fin la
primavera de 1819. La hora de embarcarse y salir la expedición no
podía diferirse. El Gobierno, en Madrid, sabía algo de lo que estaba
sucediendo en Andalucía, pero creía ponderado lo que le aseguraban
del conde de La Bisbal, quien por su parte no dejaba de dar visos de
que algo se tramaba; pero estando él tan bien enterado de las cosas,
que cortaría la trama a su tiempo con su fuerte brazo.
No quedaban por esto ni enteramente satisfechos ni del todo
disgustados el rey y sus ministros; pero el poder del general no permitía
que usase contra él de rigor una corte débil. Él, hablando con los
conjurados con quienes se comunicaba, lejos de encubrir esta situación
de los negocios, la ponía de manifiesto, y en contemplarla y exponerla a
la vista ajena se recreaba, dando con esto alimento a su orgullo, o si ha
de usarse la voz correspondiente, a su vanidad, no poco pueril.
Jactábase de que el Gobierno le sospechase y le temiese, y se complacía
en esta situación de árbitro entre la opinión y el interés de los más
grandes partidos que dividían a España.
Pero no podían continuar así las cosas largo tiempo, y el conde
tenía, o que intimar a los conjurados que desistiesen de su propósito,
vigilándolos después por si no cumplieran sus propósitos, o que echarse
sobre ellos, desde luego, y castigarlos, convirtiendo en diestro manejo
para descubrir los planes de los conspiradores la tolerancia que con
ellos había tenido, o que dar principio a la rebelión, fuese haciendo la
representación al rey, según se había propuesto, fuese con acto más
violento y alzándose, desde luego, en guerra. Mientras se resolvía, pues
según acreditó poco después, entre todo cuanto podía hacer estaba
vacilante para la elección, llegó de segundo general don Pedro Sarsfield,
que en la Guerra de la Independencia había adquirido alto nombre en
Cataluña, de familia irlandesa, así como el de La Bisbal, cuyo apellido
era O’Donnell, que había servido con él, siendo subalternos ambos en el
regimiento de Ultonia, y que seguía siendo su amigo, cuando menos en
la apariencia. Nada se sabía de las opiniones políticas de Sarsfield, que
acaso ningunas había formado tocante a si debía o no haber en España
Gobierno popular, y que por sus hechos no había tenido ocasión de
mostrarse ni parcial ni contrario de la Constitución caída. Sabíase que
entre él y Lacy había reinado mutuo y vivo afecto, lo cual daba a
suponer, con poco fundamento, que desearía volver por la causa en que
su amigo había caído. No dijo tanto el conde, quien sólo expresó a los
conjurados de su confianza que era necesario ganar a Sarsfield, pues
conquistarle (según manifestó) equivalía a tener un ejército. En la
misma opinión concurrieron, desde luego, todos cuantos estaban en lo
más interno de la trama. Fueron, pues, diputados a verse con el
general, el coronel Grases, antes citado, el teniente coronel de artillería
don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, sus amigos antiguos, y don José
Moreno de Guerra, uno de los del Soberano Capítulo, avecindado en
Cádiz, donde vivía de las rentas de su mujer, de la misma ciudad, y de
las cortas propias suyas de un lugar mediano de Andalucía; hombre
que llegó después a cobrar grande fama, y la mereció, por su
extravagancia e inquietud, de no corto ingenio, pero cuya claridad en
ciertos casos se confundía en otros con las ideas más singulares; de
alguna instrucción, bien que poca, y en la cual iba labrado, sobre
cimientos de educación mediana escolástica, el edificio poco sólido y no
bien compuesto de una doctrina extremada en política, que hermanaba
el lisonjear a la plebe y declararse por su predominio, con el blasonar
mucho de caballero, siendo así que su linaje, sin ser humilde, tampoco
correspondía a sus pretensiones; tosquísimo en modales, aunque hecho
al trato de gente fina; alto, membrudo y de expresión feroz y acento
bronco y gutural andaluz; y con tan terrible aspecto, si a veces audaz
en su hechos, y con más frecuencia en sus dichos, en los apuros a que
le llevaban sus temeridades, flojo casi siempre y desmayado. Puestos
estos dos embajadores en presencia de Sarsfield, el que era su amigo le
enteró del proyecto de la conjuración muy por extenso, oyéndole el
general sin interrumpirle, hasta que al concluir dio éste por respuesta,
con tono seco, aunque atento, que, portándose como caballero, nada
descubriría de lo que le había sido revelado; pero que a la ejecución de
tal plan se opondría como soldado con toda la resolución posible.
En tan singular lance, se turbaron, como era de presumir, los dos
reveladores del proyecto, conservando el uno cierta serenidad en su
turbación, y temiendo, más que por su propia suerte, por la de la
empresa en que estaba empeñado, y perdiendo el otro la cabeza a la
vista del privado y común peligro, como lo acreditó con sus gestos,
pareciendo más raro el terror en hombre tan corpulento y de presencia
tan varonil. Hubo un momento de suspensión, durante el cual,
recapacitando Sarsfield, hubo de discurrir, como es razón suponer,
vistas las circunstancias, que convenía más acabar con aquel proyecto
que contenerle con amenazas; y así, determinándose a hacer un papel
nada digno de hombre, en sus demás acciones de tanto honor, fingió
volverse atrás de su determinación primera, y ofrecer su ayuda a los
conjurados para deshacer la conspiración y darles el debido castigo en
tiempo oportuno. Dijo, pues, que su amenaza anterior había sido hecha
para poner a prueba el valor de los que habían venido a convidarle a
participar en el proyectado levantamiento, en el cual, pensándolo mejor,
se había resuelto a tomar parte activa. Con esto y con algunas palabras
más, amistosas todas, terminó aquella conferencia. Salieron de ella ni
del todo bien ni mal satisfechos los embajadores, pero tan persuadidos
de que era Sarsfield incapaz de tratarlos con engaño, cuando menos
hasta el punto de entregar sus personas al ofendido Gobierno, a pesar
de su promesa, que la idea de la traición de que fueron víctimas no les
ocurrió sino como un temor confuso de peligro de incierta clase. Sabido
en Cádiz lo ocurrido, fue grande la confusión en el Soberano Capítulo,
donde Sarsfield fue mal sospechado. Hasta hubo un personaje del
mismo cuerpo, cuyo nombre se calla, debiendo sólo decirse que era
americano, hombre violento, muy admirador de Maquiavelo y que hace
muchos años que reside en su patria, que llevado por pasiones políticas
a pensamientos de que en las cosas privadas era incapaz, aconsejó
deshacerse del general, dándole un veneno que fue a buscar, y tuvo
pronto, creído en que convenía sacrificar a un hombre, aun siendo de
mala manera, a la seguridad de muchos, y con estos al éxito de una
empresa, cuyo fin estimaba justo y provechoso. Horrorizó la propuesta a
muchos, y sobre todos a aquél a quien tocaría dar al general la
ponzoña, si hubiese quedado resuelto que se le administrase. No siguió
este asunto, y sí el peligro común, procurado olvidar entre motivos de
esperanzas, pero apareciendo siempre, por no faltar causas que
justificasen el recelo.
Tal era el estado de los negocios adelantado el mes de junio de 1819,
siendo ya forzoso que conjuración tan pública, o rompiese, o fuese
deshecha con castigo de quienes en ella figuraban. La situación más
rara era la del conde de La Bisbal, porque aún queriendo volverse atrás
y pintar su conducta como nacida de un deseo de salvar al Gobierno de
un gravísimo peligro, dejando madurar los proyectos de sus contrarios
para destruirlos, llegados a sazón, con más seguro efecto, todavía el
general, sobre echar una mancha a su reputación con haber seguido
una conducta tan poco noble, habría de quedar expuesto a terribles
reconvenciones, y probablemente a castigo por haber dejado tomar
cuerpo y robustez a un partido capaz ya de producir una alteración
notable en España. Noticias particulares de Madrid anunciaban, sin
poderse dudar, que el Gobierno le odiaba, le temía creyéndole su
enemigo, aunque irresoluto, y que no procedía contra él por falta de
atrevimiento, por verle al frente del ejército, y seguro de tener en él un
formidable apoyo en el día en que la consideración del propio peligro le
precipitase en la realización definitiva que se resistía a tomar,
valiéndose de pretextos para abonar sus dilaciones.
Por un momento es fuerza que desvíe la consideración de nuestros
lectores de la atención a sucesos de tanto empeño, para llamarla a mi
humilde persona. Cabalmente, cuando al verme de nuevo en Cádiz la
conjuración me ocupaba tanto, sirviéndola yo con sumo celo, me había
extremado en mis locuras. No era la menor la de mis gastos,
particularmente en quien se había propuesto no tener deudas, y hasta
entonces lo había conseguido. Recién llegado de Madrid a Cádiz,
sabiendo que en Sevilla iban a hacerse honras fúnebres por el alma de
la reina difunta, con gran pompa, juntándome con un amigo mío, loco
como yo, y como yo altivo y con pundonor en sus desvaríos,
determinamos ir a ver aquella fiesta; y aunque podríamos haberlo
hecho gastando poco por el barco de vapor, desde cerca de tres años
antes establecido entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, resolviendo el
viaje de pronto, lo hicimos en silla de posta, corriendo con desatinada
velocidad, y pagando propinas crecidas a los postillones. Nuestra
estancia en Sevilla fue señalada, por mi parte, con excesos. Parecerá
ponderación, o, diciéndolo claro, mentira, que en nueve días que
tardamos en volver a Cádiz, nuestro gasto fue de nueve mil reales;
inclusos, es verdad, los de la posta, que de Sevilla al Puerto de Santa
María son pocos; suma que apenas se acierta cómo pudo ser gastada
por dos hombres solos en Sevilla, donde nada compramos de lujo, ni
había regalos u objetos que pudiesen comprarse a alto precio. La
principal razón de citar este viaje es por lo que nos pasó en la vuelta,
que fue estrechar mis relaciones con un personaje famoso y notar sus
rarezas, que hubieron de manifestarse mucho después, empleadas en
sucesos de primera magnitud en más importante teatro. Anduvo mucho
con nosotros Mendizábal. En la noche en que debíamos salir, nos
prometió prestarnos una silla de posta cómoda y linda. Aceptamos el
préstamo, y como mi compañero, aficionado al juego, reparase, entre
otras singularidades de nuestro novel amigo, que hablaba mucho de
dinero y sacaba oro del bolsillo a cada paso, le propuso una partida de
monte, que fue luego aceptada, y a la que yo asistí y tomé parte, por
más que ni entonces ni nunca me haya dominado tal vicio, y sólo en
rara ocasión como ésta recuerde haberme entregado a semejante
exceso. Empeñóse, pues, el juego, y se prolongó por muchas horas con
fortuna varia, sin que a la postre resultase grave daño para el peculio
de ninguno de los tres que, con otros, habíamos formado la partida.
Venía con esto el alba, y no aparecía la silla de posta prometida.
Salió Mendizábal a buscarla, y volvió diciendo que no la había, por lo
cual dejaba encargado en la casa de postas que nos trajesen una de
alquiler de las que entonces se mudaban en cada parada, donde era
obligación tener dos prontas para los viajeros. En cuanto a él, dijo que
vendría con nosotros a la ligera, contándonos portentos, si abultados,
no falsos, de su dureza en resistir la fatiga viajando como correo.
Salimos, y la figura de nuestro conocido nuevo, vestido con una
extrañísima y muy pelada zamarra, no fue lo que menos nos divirtió.
Admirábamos a criatura tan singular, a quien había de admirar España
entera dentro de algunos años. Llegados a Alcalá de Guadaira, y al
mudar caballos y salir de la casa de postas, en un portazgo que está
vecino, salió el cobrador, y tras de pedirnos lo que debíamos, y recibirlo,
hizo igual petición al jinete Mendizábal, recordándole que, de las
frecuentes veces que pasaba por allí a caballo, había dejado de pagarle
algunas. Metióle a burlas nuestro novel conocido, enfadóse el del
portazgo, siguió breve tiempo la disputa con risa nuestra, y de súbito,
dando Mendizábal recios espolazos a su caballo, le hizo dar un salto
furioso y arrancar a escape, yendo detrás, a carrera, el cobrador con
desaforados gritos y volviéndole el jinete la cara en medio de la
velocidad con que iban él y su cabalgadura, para hacerle muecas las
más raras imaginables. En otras cosas nos divirtió sobre manera el
mismo sujeto, que juntaba grandes prendas con sus singularidades, y a
quien desde entonces empecé a tener amistad, y aún hoy conservo
afecto mezclado de agradecimiento vivo y profundo, habiéndole sido
deudor de favores, así como de males, pero personales los primeros, y
los segundos sólo consecuencia de estar en opuestos bandos.
Volvamos de estos insignificantes negocios particulares a los
públicos, que se presentaban con harto dudoso aspecto. Cercana ya la
hora del rompimiento o de la ruina de la conjuración, dio mucho en qué
pensar la llegada del general Sarsfield a Cádiz. Este personaje ya
parecía tan ardoroso en la conjuración, que estimulaba a sus
compañeros, en vez de contenerlos, lo cual, no obstante, no inspiraba
completa confianza a los conjurados todos, y aun hubo de temerse,
sabiendo ser el objeto de su venida a Cádiz tener con el conde de La
Bisbal una conversación reservada. Viéronse, en efecto, ambos
generales en secreto y deteniéndose mucho en la conferencia, de la cual
nada pudo averiguarse a punto fijo. Fue fama después que Sarsfield
había hecho presente al conde que, llevando adelante su intento de
rebelarse contra el Gobierno, sobre faltar a su obligación de militar, a la
larga se labraría la ruina en los vaivenes y trastornos de una revolución;
idea ésta que hizo mella en el ánimo de aquél a quien iba dirigida,
hombre de condición, así como ligera, irresoluta y recelosa. Lo cierto es
que entre ambos generales quedó resuelto que no triunfase la
conjuración, pero no todavía el modo que habría de emplearse para
desbaratarla y castigar o contener a los que en ella tenían parte más
activa.
Esto parecía ya difícil. Sobre el deseo de no embarcarse, común en
tropas que veían forzosa su partida a América, si el levantamiento de
que tenían muy confusa noticia no se efectuaba, y sobre el deseo
vehemente de muchos oficiales y paisanos de derribar un Gobierno
objeto de su odio, había la consideración de ser muchos los que se
creían amenazados, sucediendo, como siempre, que la vanidad personal
aumentaba el miedo, por creerse hasta los últimos conjurados tan
comprometidos en la empresa, que, con malograrse ésta, alcanzaría a
ellos, así como a los principales, el más severo castigo.
Daba fundamento a estos temores una escena de grande aparato y
efecto representada a principios de junio, en la cual hube de hacer uno
de los primeros, si no el principal papel. Creyóse llegado el tiempo en
que las logias simbólicas, esto es, las ceñidas a practicar ciertos ritos
sin enterarse claramente de su significación, hubiesen de recibir
terminante noticia del gran fin a que se las destinaba, en ceremonia
medio masónica, medio política, donde el levantamiento se declaraba
como objeto a que servía de instrumento la masonería española. Fueron
convocados al intento representantes de las varias logias cercanas, que
eran muchas, habiéndolas en todos los regimientos, así como de la de
Cádiz, en que había, juntamente con militares, paisanos. Asistió por
completo el Taller sublime, tocándole presidir aquella Junta, y
siguiendo el Soberano Capítulo, embozado, con lo cual, más que se
recataba del peligro, encubría su ocio y aumentaba su importancia. Era
la reunión de noche. Si bien, mudadas las cosas, no había, como en
1817 y 1818, razón para creer que exponían los concurrentes su vida
con su asistencia, todavía en aquel conciliábulo había algo misterioso y
solemne, propio para infundir pavor al mismo tiempo que respeto, y de
todos modos para excitar arrebatado entusiasmo. Empezó la Junta en
lugar estrecho, con pocas luces, atestado de gentes el aposento, llenos
los ánimos de los asistentes de expectación, no obstante saber todos a
qué objeto habían venido. En calidad de orador del Taller, di yo
principio a una arenga algo declamatoria, aunque llena de verdadera
pasión, comunicando la que sentía a mi auditorio, o excitando la que ya
consumía a todos cuantos me escuchaban. Fuime acalorando más y
más al ponderar los yerros y delitos que suponía en el Gobierno del rey
y al hablar de las glorias anejas a la alta empresa de rescatar la patria
de un yugo duro y afrentoso; empresa que iba a acometerse en breve y
de que era preliminar aquella Junta, y de que tocaba servir de
instrumento a los congregados. Con encendido rostro, pecho anhelante
y ojos arrasados en lágrimas, asiendo de una espada que, según
ceremonia, estaba sobre la mesa: «Jurad, exclamé, jurad contribuir a la
obra que sois llamados sobre esta espada, símbolo del honor, que no en
balde es el primer objeto que se os presenta a la vista al ver la luz.» A
esta frase siguió un grito universal, aunque reprimido, de los
concurrentes, lanzarse todos a la mesa y a la espada, trémulos y
llorosos, y prestar como en frenesí el juramento que se les pedía. En mi
vida he tenido que asistir a varias escenas de entusiasmo, pero ninguna
he presenciado de tanto efecto; y si hay quien dude mi aserto, o quien
tenga hasta por ridículo lo que yo todavía considero y declaro sublime y
tierno, será porque no se hace cargo de nuestras circunstancias en
aquella hora. Ni con esto pretendo abonar nuestra empresa o
disculparla, y sólo, sí, explicar que obrábamos con fanatismo sincero, y,
lo que es más, con fanatismo joven; debiendo advertirse que las
vehementes pasiones, aun en causas que no se aprueben, si merecen
vituperio, no pueden con justo título ser ridiculizadas ni aun rebajadas
del carácter que les corresponde. Así, yo creo que no procedía bien
entonces, y, sin embargo, atendiendo a la pureza del celo excesivo que
me guiaba, no me avergüenzo de este paso de mi vida, aun cuando le
condene.
Terminada la Junta, la conjuración habría crecido con haberse
celebrado. Así, en los días que siguieron eran vivas las ansias en
quienes creían su suerte pendiente de la conducta del conde de La
Bisbal, más que antes misteriosa, especialmente por notarse dilación,
cuando ya se creía funesta y apenas parecía posible. A falta de saber lo
que había pasado entre él y Sarsfield, no escaseaban las suposiciones.
Afirmábase que el segundo, restituido a su residencia en Jerez, había
dicho a sus amigos antiguos, los oficiales de artillería Gutiérrez Acuña y
Grases, con quienes más particularmente andaba en tratos, que él
conocía a Enrique (así llamaba familiarmente por su nombre a La
Bisbal) y le tenía por incapaz de grandes empresas; pero que él se
pondría por caudillo de la que ya estaba tan adelantada, si se retraía de
su propósito el hombre que la había tomado a su cargo.
Tal era la situación de las cosas al entrar el mes de julio. En sus
primeros días ocurrió una novedad de mal agüero. Fue mudada de
repente la guarnición de Cádiz. Esta providencia era al doble
sospechosa, porque antes de tomarla no se había dado aviso de ella a
los conjurados, y porque los cuerpos mandados salir eran los que
tenían logias más numerosas y activas, y, además, comprometidos los
oficiales que los mandaban en la conjuración, en la cual figuraban
algunos en los primeros puestos, al paso que los batallones llamados
para sustituir a los salientes eran de los menos bien dispuestos en el
ejército todo. Bien era cierto que aquellos cuerpos de confianza no iban
a alejarse, pues tenían orden de establecerse en el Puerto de Santa
María; pero importaba que en Cádiz, lugar de tanta fortaleza y donde el
vecindario, con raras excepciones, era constitucional acérrimo, hubiese
tropas de las más comprometidas en favorecer el propuesto
levantamiento que dentro de aquellos muros había, o de tener su
principio, o de encontrar, cuando menos, su principal apoyo. Al saberse
tales nuevas, todos hacían reconvenciones al conde. Por desgracia o por
necesidad, eran tan ocultas las comunicaciones entre él y los
conjurados, que era difícil averiguar hasta qué punto habían sido
hechas presentes al general las generales quejas y dudas, y con cuál
clase de disculpas, o si acaso con algunas, había él procurado
desvanecer las segundas o dar satisfacción a las primeras. Todo se
había vuelto confusión ansiosa; pero si, no habían muerto las
esperanzas, la desconfianza y el temor prevalecían, aunque
resistiéndose la razón a creer una desdicha que, por otro lado, veía
próxima y casi segura. Era el 7 de julio, había entrado la noche, y
cerrándose, según costumbre, las puertas de la plaza de Cádiz. De
repente nótase movimiento en la tropa y corre la voz, pronto acreditada
de cierta, de que casi toda cuanta había en la plaza iba a salir con el
conde de La Bisbal a su frente, encaminándose al Puerto de Santa
María. Sospechoso, por demás, era aquel paso, siendo dado a hora en
que, interrumpidas las comunicaciones entre Cádiz y el Puerto, los que
estaban en esta última ciudad no podían recibir aviso de que iba sobre
ellos el general con apariencias de intención de cogerlos por sorpresa.
Ésta fue la idea que dominó a la mayor parte de los conjurados en
Cádiz. Otros no auguraban tan mal, pero tampoco se atrevían a hacerlo
bien, no acertando a explicarse ni explicar qué clase de próspero suceso
podían prometerse de aquella misteriosa salida que con secreto, aunque
a vista de todos, se estaba efectuando. Difundióse al mismo tiempo una
agradable noticia, y era que el conde, al resolverse a salir, había
llamado a conjurados de su confianza y encargándoles que lo tuviesen
todo preparado para proclamar la Constitución en Cádiz al día
siguiente, mientras él hacía otro tanto, puesto al frente de sus tropas.
Nunca he podido averiguar a punto fijo si e1general se expresó así clara
y terminantemente, o si sólo con medias palabras dejó ver que tal era
su intención a los que deseaban interpretar sus palabras y acciones del
modo más favorable. Creyóse esta noticia agradable, pero no con viva fe.
Sin embargo, había apretarse la mano los conjurados, decirse a media
voz: ¡Viva la patria!, grito primero discurrido entonces, y prepararse a
un grande acontecimiento. Afanábanse hasta los que no eran de la
conjuración por saber qué pasaba, y designarse, así como los hermanos
a los concurrentes a casa de Istúriz, donde sabían, unos, por sus
relaciones de obediencia al Soberano Capítulo allí congregado, cuándo
se juntaba, y, otros, por la fama común de ser aquella concurrencia la
que dirigía el grave negocio pendiente y ya declarado. Pero el cuerpo
gobernador supremo de la masonería y de la empresa estuvo como
difunto en aquel momento, estando, sin duda alguna, muy dividido en
pareceres, por ver algunos la conjuración malograda y haber quienes la
creyesen triunfante, suposiciones contrarias, que llevaban a concurrir
en la opinión de ser inútil cuanto se pudiese hacer para impedir el revés
o contribuir a la victoria.
En esto me desesperaba yo con otros de no ver claro, y de que nada
se dispusiese. Me pareció oportuno que nuestros amigos y compañeros
del Puerto de Santa María supiesen la salida de Cádiz del conde y de las
tropas, pues ahora fuese hacia ellos como amigo o como contrario, bien
sería estar dispuestos a recibirle según creyesen conveniente y hacedero
en ambas suposiciones. Pero no tenía yo autoridad para dar órdenes.
Valióme en aquel apuro una casualidad. Mi primo tercero, don Antonio
Valera, oficial de marina, mandaba un correo que había de dar la vela
para la Habana al amanecer del siguiente día. Tenía, pues, franco el
paso por la Puerta de Mar para sí y los de su buque. Fuime a él, que era
de los hermanos y conjurados, pedíle un bote, que me dio con la
promesa de que volvería a bordo en la misma noche. Hecho esto,
busqué un mensajero y le encontré en un oficial de las brigadas de
artillería de montaña, llamado don Benito Larraiga o Larraigada, que
me fue recomendado por mi íntimo amigo y compañero en la
conjuración, don Olegario de los Cuetos. Salió, pues, Larraigada por los
muelles, siendo ya sobre las doce de la noche, y embarcóse en el bote de
Valera. Llegado al Puerto de Santa María, le despidió. Las noticias que
dio a los conjurados no llevaban carácter de orden ni aun de
instrucciones, pues sólo eran observaciones, y quedándose en ser un
aviso, mal podían servirles de regla en su conducta. Juntáronse, y
aunque recibieron la noticia como infaliblemente fatal, nada hicieron
para oponerse al mal que les sobrevenía, determinándose a esperarle
resignados. Tal vez no podían otra cosa; tal vez, contando como podían
contar con sus tropas, si se hubieran resuelto a resistir y disputar el
paso del puente de barcas al conde de La Bisbal y la entrada en el
Puerto por la parte opuesta a la caballería de Sarsfield, empresa poco
difícil a una infantería numerosa, abrigada en una población y
defendida por un río, hubiesen triunfado; tal vez la voz del general,
respetada por las tropas, hubiera podido más que el deseo de no
embarcarse en los soldados, y la resistencia habría sido funesta. Pero
en ella nadie pensó, estimándola imposible. Recogiéronse, pues, todos,
y al rayar la aurora se levantaron y pasaron a un Palmar situado en el
camino que del Puerto va a Jerez, donde, como era uso, estaban
formados los batallones para hacer el ejercicio. En, esto, adelantaba el
conde por un lado, y por otro venía de Jerez Sarsfield al frente de la
caballería, fuerza en la cual los conjurados eran muy pocos. Llegado el
de La Bisbal a Puerto Real, donde estaba la artillería expedicionaria, la
incorporó a sus tropas. En esta fuerza, su comandante graduado de
coronel, don Miguel López de Baños, y el mayor número de los oficiales,
eran de la conjuración, y en ella de los más celosos; de suerte que,
trabada una pelea, según estaban las cosas y las ideas en aquellos días,
el general no hubiera encontrado en los artilleros ayudadores, y sí,
quizá, contrarios. Pero siguieron dóciles los que no veían resistencia.
Iba asimismo con el conde uno de los conjurados, a la sazón todavía de
muy escasa nota entre los suyos, llamado don Rafael del Riego. Éste
trató de hacer algo para avisar a los del Puerto que iban contra ellos, y
aun para invitarlos a que resistiesen. Todo fue inútil. Poco adelantado el
día, sonaron a vista de las tropas situadas en el Palmar, por una parte
Sarsfield con sus jinetes, y por la otra el conde de La Bisbal con su
infantería y cañones. Fueron recibidos en paz y como sin extrañar la
venida. Mandó el general venir ante sí a los primeros y segundos
comandantes de todos los batallones que allí estaban, y a todos declaró
que estaban presos, sin decirles por qué delito. Hecho así, dio la voz de
¡viva el rey!, a que respondieron los soldados. Concluido este acto,
retiráronse las tropas, y el conde de La Bisbal siguió con ademán de
confuso y pesaroso; no así Sarsfield, que sentándose en un poyo del
paseo llamado Alameda de la Victoria, cercano al lugar donde se había
verificado la prisión de los oficiales culpados, tuvo la crueldad de reírse,
como celebrando su hazaña. En verdad, aquellos dos hombres,
atendiendo cada cual a su propio interés, debían sentirse en situación
muy diferente. El conde, culpado de traición a la corte y del mismo
delito respecto a sus cómplices en la conjuración sofocada, hubo de
pensar en que tenía igualmente que temer la venganza del partido
triunfante y la del vencido. Sarsfield había hecho el papel de delator;
pero su conducta, a los ojos del Gobierno, forzosamente había de
aparecer recomendable. Éste último acababa de coronar sus hechos con
uno superior a todos en perfidia. Antes de salir de Jerez había dado
orden para que fuesen presos Gutiérrez Acuña y Grases, con quienes en
la noche anterior había estado chanceándose, suponiendo la rebelión
ejecutada con feliz fortuna. Así, en tan pocos momentos, y sin asomo de
resistencia, quedó deshecha una conjuración formidable. Pero los
elementos de ella quedaban en gran parte intactos, siendo posible,
como probaron las consecuencias, con un poco de atrevimiento,
juntarlos, darles orden y vida, y usarlos con próspero suceso.










