Capítulo XXV
Llegada a Cádiz.-El autor conoce la culpa de su esposa.-Consecuencias
de este acontecimiento.-Noticia del alzamiento de Porlier. Agravación en
sus padecimientos, y muerte de la madre del autor.-Desinteligencias
con su hermana y arreglos domésticos.
Era aquélla para mí una hora feliz. Volvía a mi patria, que por algún
tiempo no esperaba volver a ver; volvía con mi querida familia, y volvía,
si quebrantado en salud, con grandes esperanzas de convalecer.
Templaron por algún momento el exceso de mi gozo no leves cuidados.
Hacía cerca de cinco meses que no sabía de mi familia, y el estado de mi
madre era propio para causar susto a toda hora, y la edad de mi hijo,
de aquéllas en que la vida corre peligro frecuente. Pronto se
desvanecieron mis ansiosas dudas. Recibióse en mi casa la noticia de
estar yo en el puerto, inesperada en verdad, porque también faltaban
noticias mías, siendo general en Cádiz suponerme muerto, y si no
creyéndose tanto entre los míos, recelándose alguna desdicha. No
perdieron tiempo en venir a ponerse a nuestro costado en un bote mi
mujer, mi hijo, mi hermana y aun mi madre, no obstante el mal estado
de su salud, objetos todos para mí de tierno cariño, aunque en
diferentes grados. Los tenía delante de mí, si bien no podía abrazarlos, y
el corazón no me cabía dentro del pecho, y los ojos se me arrasaban en
lágrimas de ternura. Noté, aun en medio de mi felicidad, cierta señal
como agorera de alguna desventura, y era que mi mujer no aparecía
alegre, y sí atónita y turbada.
Al día siguiente desembarqué en Cádiz. Por algunas semanas en
nada pensé más que en disfrutar de mi dicha. Los sucesos políticos
eran para mí tristes; pero atendía poco a ellos. El conde de La Bisbal
había sucedido en el Gobierno de Cádiz a mi tío, llamado a Madrid, y
ejercía su autoridad con rigor desatinado y ofensivo, más que cruel;
pero nada tenía que ver conmigo, empleado venido a disfrutar de una
licencia. A pesar de mi apartamiento del teatro de los negocios, no dejé
de ir a visitar a algunos liberales presos en el castillo de Santa Catalina,
y con ellos me dolí y con ellos maldije; pero semejantes murmuraciones
no eran notadas, a pesar de la severidad de los tiempos. Tuve también
que atender a mi salud, muy mejorada, pero no buena. Mi mal cutáneo
seguía horroroso. Para disfrutar de aires mejores que los de Cádiz, pasé
en el mes de noviembre al Puerto de Santa María, donde me detuve una
larga temporada. A mi regreso a nuestra ordinaria residencia, dispuso
mi madre levantar su casa, con el objeto de trasladarnos a Madrid luego
que se adelantase la próxima primavera, y si, como era de esperar, la
salud de ambos nos lo permitía. De aquí podían haber nacido disgustos,
porque mi repugnancia a ir a la corte era excesiva y feroz, así como mi
resolución de no servir bajo un Gobierno que detestaba, al paso que mi
madre, como todos mis parientes, con rara excepción, era firme y aun
ardorosa. realista. Pero no entramos en estas materias, esquivando
venir a terreno donde no nos encontrásemos acordes los que entonces
vivíamos en unión tan deliciosa. Fuimos, pues, a ocupar
provisionalmente parte de la casa de mi hermana, que con su marido
vivía en una sin otros vecinos, según suelen en Cádiz las gentes de un
pasar más que mediano.
Allí, en mi nuevo domicilio, me esperaban grandes tragedias. Una
vino pronto, y fue cruel, y acompañada de circunstancias, no menos
que horrorosas, singulares. Poderosas consideraciones me prohíben
referirlas circunstanciadamente, y eso que la narración igualaría a la
más peregrina inventada en drama o novela. Tuve una prueba de la
mayor desgracia que puede suceder a un marido, y era horrible, atroz,
convincente, y aun pública puedo decir, porque a todos los de mi casa
estuvo patente mi afrenta. Yo sólo la ignoré por cuatro días. Mi madre la
sabía y ninguna providencia daba, temerosa de dar con ella un golpe
cruel a mi salud; yo me hallaba en cama con algunas calenturas leves
de las que solían acometerme de tiempo en tiempo. Salí a la calle, y el
inglés, mi criado, me siguió, y sin contemplación, sin rodeos,
obedeciendo a una preocupación brutal que me declaró, la cual era que
mis crueles padecimientos en Suecia e Inglaterra eran hijos de
estárseme haciendo alguna grave ofensa y traición a gran distancia, con
el descubrimiento de la cual maldad recobraría mi salud completa, me
enteró del horroroso lance que tenía ocupados los ánimos de todos los
de mi casa desde el momento en que ocurrió. Casi no pude tenerme en
pie al recibir tal golpe; pero corrí a mi casa, de la cual me había alejado
muy poco. Viéronme entrar, conocieron en lo demudado de mi
semblante que algún grave pesar traía, no siendo difícil adivinar cuál
podría ser; me rodearon, me preguntaron, dije algo, noté confusión en
los rostros al responderme, y seguro ya de la verdad de la narración del
criado, corrí a coger mi espada, y llegué a asirla, determinando furioso
ir al aposento, algo lejano, donde estaba la culpada, resuelto a lavar mi
ofensa en su sangre, como en mi sentir lo requería mi honor en la
inaudita gravedad de aquel caso. Mientras porfiaban por detenerme, mi
hermana había acudido al cuarto de mi mujer, y dádole aviso de estar
yo enterado de todo, aconsejándole que huyese si quería evitar los
efectos del primer ímpetu de mi justa ira. Como nada se hubiese
hablado antes con la culpada respecto a su delito, no obstante constarle
a ella que lo sabían todos, aparentó ignorar qué pudiese causar mi
rabia. Pero repitiendo mi hermana que lo llegado a mi noticia era lo que
mal podía ocultarse con un necio fingimiento, hubo de aceptar mi mujer
el consejo que se le daba, y huyó precipitadamente, sin que haya yo
vuelto a verla, sino de lejos, en más de quince años que duró después
su vida. Mi resolución en aquel punto fue pronta, pero inflexible,
sujetándome con dolor, pero con convencimiento de que conservaba
pura mi honra y daba justo castigo a un delito, a las tristes
consecuencias de la vida de un divorciado.
No bien salió de casa mi mujer, cuando ya no hubo para qué
ocultarme la verdad. Entonces, después de entregarme al dolor y a la
cólera, por breve rato concebí y declaré mi determinación tal cual acabo
de expresarla. Quedé en seguida sereno, cuanto cabe estarlo en tan
amargo trance. Volvíme a mi madre y a mi hijo, y procuré hallar en ellos
consuelo. El pobre inocente niño, que tenía cerca de cuatro años de
edad, ni acertaba a comprender su desgracia, ni dejaba de verla en
confuso. Así pasaban las tristes horas. Al día siguiente recibí una carta
de la fugitiva. Decíame que habiendo ido a darle aviso de que yo iba a
matarla por haber recibido alguna noticia de no sé qué ofensa que
suponían haberme ella hecho, había apelado a la fuga; pero que
solicitaba ser acusada y probar su inocencia, así como que pasase yo a
vivir con ella lejos de mi madre, su enemiga. Creía aquella mujer que
sería difícil probarle su culpa, porque la excesiva indulgencia de las
personas a quienes calumniaba, o tal vez el aturdimiento producido por
una escena de singular novedad y horror, le había facilitado sacar, por
medio de su madre, de mi casa la prueba que bastaba a convencerla no
sólo de adulterio, sino de más cruel clase de delito. Mi respuesta a tal
carta fue el silencio. Vino otra al día siguiente, y ésta traída por un
eclesiástico, quien después de entregármela y leerla yo, comenzó a
hacerme exhortaciones en que manifestaba ser corto de talento y estar
mal enterado de las circunstancias del caso de que hablaba. Respondíle
yo haciéndole presente la inutilidad de sus esfuerzos y cuán poco
conocía el negocio en que se había mezclado y notificándole mi
resolución, que era la siguiente: no volver a ver a mi mujer; darle veinte
reales diarios para su preciso sustento, y quedarme con mi hijo.
Despidióse descontento el buen cura, y pasaron tres o cuatro días sin
que nada supiese de la ausente. Sospechoso era el silencio; pero yo me
ceñí al papel de estar en expectación.
En esto, salí a la calle a dar un paseo de aquellos con que divertía mi
tristeza. Encontréme con una amiga mía, cuya residencia era entonces
en la isla de León, y que había venido a Cádiz por pocos días, y
preguntándome por mi salud, me dijo que había hecho la misma
pregunta a mi mujer, con quien había tropezado en la casa del
gobernador, conde de La Bisbal, al cual iba a hablar, acompañada de su
madre, para presentarle una instancia. Fue esta noticia un rayo de luz
que me descubrió por qué parte estaba amenazado. Corrí a casa y tomé
una determinación propia de aquel apuro. Fui a verme con el provisor o
juez eclesiástico, que era entonces don Mariano Martín de Esperanza(10),
sujeto muy mal tratado de palabra y aun de obra por los liberales y muy
amigo de mi tío Villavicencio cuando éste era regente. Recordé al
provisor esta amistad y le dije que venía a hablarle como un caballero a
un personaje de respeto, a la par que como un juez probable, y que
desentendiéndome de que me podría juzgar, me atrevía a consultarle
sobre mi situación, por tener justos temores de que ante el Tribunal del
gobernador estaba entablada contra mí una injusta demanda.
Correspondió el señor Esperanza con benévola franqueza a mi
manifestación, moviéndole, tanto cuanto otras consideraciones, las de
la injusticia que en mí veía, me dictó la conducta que había de seguir,
hablándome no como juez, sino como amigo y consejero. Díjome, pues,
que presentase un pedimento pidiendo que se hiciese una información
sumaria por el juzgado eclesiástico sobre la culpa de mi mujer, sobre la
cual información me reservase mi dicho de hacer de ella el uso
competente, o para tomarla por fundamento de un litigio, o para
guardarla. A esta súplica me encargó que agregase un otrosí pidiendo
que en caso de establecerse contra mí procedimientos en otro Tribunal
que el eclesiástico, éste oficiara a aquél prohibiéndole mezclarse en un
pleito de divorcio, que era de competencia privativa de la Iglesia. Y
añadió el buen canónigo, no sin cierta sonrisa, aludiendo al poder
superior del clero, tan favorecido por el rey en aquellas horas: «Déjelos
usted venir, que a buen seguro que con la autoridad eclesiástica ahora
nadie puede.» Retiréme yo, pues, satisfecho del buen éxito del paso que
había dado, si buen éxito se puede llamar, por huir de algunas
desdichas, pasar por otras, aunque menores, todavía graves.
Hecho mi pedimento, pasado al provisor, y con la seguridad de que
sería decretado como yo deseaba, y obrando en todo esto con celeridad
suma, a poco recibí un aviso del gobernador, citándome a comparecer
en su presencia.
Obedecí y me presenté a aquel hombre de quien sabía que por
equivocación o por voluntaria parcialidadera todo de la parte a mí
adversa. Él tampoco lo encubrió, tratándome, desde luego, como a
culpado, y amenazándome, si no me reunía con mi inocente,
calumniada y maltratada mujer, o si a lo menos no consentía en verla
allí mismo. Neguéme yo con soberbia acaso destemplada, pero a la cual
daba suficiente provocación con su proceder y su tono aquel
magistrado. Él entonces dejó caer una insinuación sobre mis opiniones
políticas, como para dar a entender que siendo yo conocido por liberal,
debía temblar en aquellos momentos. Tal villanía encendió más mi
furia; pero acerté a manifestarla con entereza. «Si alguna acusación se
me hace, dije, responderé a ella; pero la condenación, por dura que sea,
no será que me porte como marido sufrido, y ahora digo a usted, añadí,
que si tiene la osadía de ponerse delante mi mujer, naciendo su
atrevimiento de la protección que este lugar le daría, aquí mismo la
atravesaré con mi espada.-Se le estorbará a usted, dijo el asesor, y si lo
hace, llevará por ello la pena.-Bien lo sé, repliqué, y la llevaré, y culpa
será de un Tribunal que dé la escandalosa providencia de sujetar a un
hombre a lo que llama su deshonra, antes de probarle que al
considerarla tal, obra equivocado o miente.» Poco después me retiré y
supe que al asesor había dado golpe verme tan resuelto. Falló, sin
embargo, contra mí, dando por dictamen que se me intimase la orden
de reunirme con mi mujer, y de que, en caso de no hacerlo, pasase
inmediatamente preso a un castillo. Pero yo había corrido de casa del
asesor a la de Esperanza, en quien ya había empeño de protegerme. Así,
fue escrito y firmado al instante un oficio donde el juez eclesiástico
decía al civil que, habiendo yo entablado en el Tribunal del primero
demanda de divorcio, y sabedor de que ante la autoridad del gobernador
había incoado algún procedimiento sobre el mismo asunto, se notificaba
a este último que dejase la jurisdicción eclesiástica expedita. Así, pues,
quedó frustrada la maligna tentativa hecha hasta contra mi libertad;
pero quedé yo metido en un pleito odioso, que hubo de renovar con
frecuencia mi pena.
A una desdicha siguió otra. El mal grave de que adolecía mi madre
desde muchos años atrás se agravó considerablemente. Acaso
contribuyó a acelerar sus trámites lo que hubo de conmoverla la
tragedia ocurrida a su hijo: como aun sin esto ya se acercaba a su
término fatal su peligrosa y cruel dolencia, que era un tumor escirroco
muy adentro en la matriz, sospechado antes con graves indicios,
entonces patente y próximo a llevar a lo sumo su estrago. En enero fue
la tragedia que he referido; a mediados de febrero, la postración en
cama de mi madre; en abril, pudiendo levantarse un poco, pasamos a la
villa de Chiclana, por si el aire del campo podía contribuir en algo a su
alivio. Pero nada valía uno u otro aire con un mal como el suyo; y así,
no bien llegó al pueblo donde esperábamos que padeciese menos,
cuando dio muestras de sí su dolencia, con padecimientos cruelísimos.
Eran agudos, por demás, sus dolores, que mitigaba, pero no del
todo, con frecuentes y copiosas dosis de opio. Al cabo, el 7 de mayo
mandósele que se dispusiera para su fin inevitable. Así iba yo a perder
a aquella criatura idolatrada, a quien amaba entonces con más extremo
que en las épocas anteriores de mi vida, e iba a perderla, viéndola
padecer hasta lo sumo en lo físico y en lo moral, agobiada por penas de
que mi conducta loca y reprensible en el acto de mi matrimonio había
sido la primera causa. Cuatro meses se dilató aquel estado, siéndole
administrada en tres ocasiones la eucaristía, y vaticinando los médicos
un fin breve, que contra su opinión se demoraba. Por la locura humana
celebrábamos ver diferido el trance inevitable, entrándonos las locas y
confusas esperanzas que contra todas las probabilidades se apoderan
aun de las personas más juiciosas cuando van las cosas contra su
deseo, hasta el punto en que se convierte la terrible seguridad de lo
futuro en la dolorosa certeza de lo presente o pasado.
Todo era, pues, en mí, en el funesto año de 1815, motivo de la más
amarga pena. Hasta la política vino a aumentarlas. El alzamiento de
Porlier en La Coruña llamó mi atención aun en los últimos días de la
vida de mi madre. Concertéme con otros para coadyuvar a otro igual en
Cádiz; mero proyecto sin consecuencia, pues para llevarle a ejecución
no dimos paso alguno que pudiera comprometernos, aunque no el
temor, sino la imposibilidad de hacer cosa importante, fue lo que nos
contuvo. Poco tardó en llegar la noticia de que el general atrevido,
entregado por los sargentos de los cuerpos que le seguían en su
alzamiento, había pagado su tentativa con morir en la horca, sin que la
consideración de sus anteriores servicios alcanzase, no ya a lograr su
perdón, o sea, la conmutación de la pena capital en otra más suave,
sino un género de muerte menos acompañada de ignominia. La que
cayó sobre Porlier no fue mucha. Para los de su opinión fue un mártir
ilustre; para los de la opuesta, una víctima desgraciada, aunque
delincuente, y la horca perdió parte de la infamia en que era tenida al
ser aplicada a sujetos tan dignos.
Gran dolor me causó esta muerte, que además traía conmigo el
malogramiento de locas esperanzas. Pero había poco lugar en mi alma
para otras penas que la mayor de todas que entonces estaba sintiendo.
Al fin llegó la hora fatal, no menos dolorosa por estar viéndola venir de
un momento a otro por largo plazo. El día 17 de septiembre de 1815
falleció mi madre. En mi azarosa y desdichada vida he tenido grandes
pesares; pero si alguno ha igualado al que me causó esta pérdida, lo
cual dudo, sé y de cierto puedo decir que ninguno le ha excedido. Aún
recordado, produce en mí más cruel efecto que la memoria de otras
desventuras menos naturales y más inesperadas. Tenía mi madre
cincuenta y cuatro años y medio cuando murió, y había sobrevivido
cerca de diez años a su marido. Asimismo podía llamarse temprana su
muerte; aun siguiendo su curso natural las cosas, podía contar con
tener algunos años más tan grato arrimo, que vino a faltarme cuando
más lo necesitaba.
Todavía no estaba cerrado el proceso de mis infortunios, pues el año
de l816, si no me los trajo tan graves como el anterior, fue para mí
señalado con uno de especie nueva. Pero antes de referirlo debo contar
incidentes que con él tuvieron algún enlace, y en los cuales se pinta mi
carácter, y si esto me sale favorable, la pintura, si al cabo es fiel mi
jactancia, es digna de perdón, debiéndose tener presente que si no falto
a la verdad para encubrir mis faltas, tampoco debo disimular algunas
buenas acciones que las compensan.
Poco antes de morir mi madre, era yo objeto de su más tierno cariño,
quizá más que lo que había sido antes, y acaso más que lo era mi
hermana. Ésta en su niñez era un tanto preferida, si bien algo y no más
por la difunta, así como lo había sido por mi padre. Pero como digo,
variaron las cosas, siendo causa de ello así mis desdichas como otras
circunstancias en que no fui yo el culpado. Sin embargo, mi madre era
justa. Así, al morir, tratando de testar, quiso igualarnos en sus favores;
pero para hacerlo buscó un medio en que salía yo ligeramente
aventajado. Fue éste dejar a mi hermana varias alhajas, si no de gran
precio, de alguna consideración, por vía de mejora en el quinto, pero
poniéndole por condición que fuera de esto partiésemos lo que nos
dejaba por igual sin cargarme en cuenta los gastos hechos por mi mujer
e hijo cuando vivimos del fondo común indiviso durante los seis años
corridos desde mi matrimonio; y en caso de no conformarse mi
hermana con esta disposición, el importe de los mismos gastos había de
ser mío, como mejora también en el quinto, o si excedía de esto, en el
tercio. Es de advertir que cuando yo había tenido sueldo durante más
de año y medio, le había gastado en mi casa. No se supo esta
disposición testamentaria hasta dos o tres días después del
fallecimiento de mi madre. Mi hermana levantó sobre ella el grito, y la
afeó, no sin insinuar que podía yo haber tenido parte en una
disposición que me era ventajosa. Sentíme ofendido al oírlo, y más sentí
que se tachase aun en lo más mínimo la venerada y querida memoria
de la digna mujer a quien lloraba; así anuncié que al momento mismo
iba a extender y firmar un documento donde renunciaría a lo dispuesto
por mi madre en mi favor, y por otro lado me conformaría con la ventaja
hecha a mi hermana. Ésta blasonó de que no sería menos desprendida
y generosa, y de que haría igual acto por su parte. La diferencia entre
estas dos promesas estuvo en que la mía fue cumplida puntual e
inmediatamente, y la suya no; de modo que habiendo ocurrido al cabo
de un año no cabal entre nosotros serias desavenencias, como referiré,
algunos meses después, al hacer las particiones, quedó mi hermana con
sus ventajas, sin disputárselas por mi parte, y yo tan sin las mías, que
por la suya hubo de cargárseme en cuenta los gastos hechos en los seis
años por mi familia, los cuales, además, fueron tasados en valor más
alto que lo debido.
Antes que las desavenencias a que acabo de referirme sobreviniesen,
y no obstante la disputa sobre el testamento, terminada pronto y aun
olvidada con haber cedido en lo mío, y mi hermana prometido
(dejándolo para mejor ocasión, que nunca llegó) hacer otro tanto con lo
suyo, mi familia, compuesta de mi tía materna, mi hijo y yo y la de mi
hermana, compuesta de ella, su marido y una hija, determinamos vivir
juntos. Esto fue acaso un yerro; pero lo fue mayor, hijo de mi
desinterés, que llegaba a ser loco descuido, dejar todo cuanto tenía en
poder de mi cuñado. No era entonces grande nuestra riqueza, pero
tampoco era corta. Diez años habían pasado desde la muerte de mi
padre, y durante ellos habíamos vivido holgadamente y aun con algo de
lujo, sin recibir del Gobierno más que mi sueldo, de doce mil reales
desde 1812. Al casarse mi hermana, su marido tenía junta alguna corta
cantidad, pero la gastó pronto en establecerse con más aparato y regalo
que debía y además su mujer que, dando un grave disgusto a mi madre,
se había casado con él siendo un mero dependiente de una casa de
comercio, ya no llevó tan bien en su marido lo que no le había parecido
mal en el novio, y exigió y logró, con grande imprudencia de ambos, que
saliese de la casa en que tenía provechos, y cuando no otros, su paga.
De este modo, al pie de la letra, en breve, el marido de mi hermana vino
a mantenerse de lo nuestro. Me acuerdo que en el año de 1815
recibimos de la Habana, de la herencia de mi padre, azúcares, que,
vendidos, nos valieron de trescientos ochenta a cuatrocientos mil reales,
con lo cual, si pagamos deudas de atrasos del año anterior, todavía nos
quedamos con una cantidad crecida. Entrado 1816, nueva remesa de
los mismos frutos nos dio hecha la venta sobre trescientos mil reales.
Teníamos, además, una partida de brillantes sueltos, adquiridos por vía
de especulación cuando manejaba nuestros negocios Quilliet, y cuyo
valor estaba tasado en cuatrocientos mil reales, habiendo habido, en
1809, quien nos ofreció por ellos trescientos ochenta mil, y no
queriendo mi madre darlos por este precio, bien que ya las ofertas de
los que se presentaban por compradores eran muy bajas. A todo esto,
había que agregar una caja de oro esmaltada, dada por el rey de
Nápoles a mi padre, con el retrato del monarca en medio, con un óvalo
cercado de treinta brillantes bastante gruesos, teniendo la joya otro
círculo de más de cincuenta de muy menores dimensiones, y siendo su
valor de entre sesenta a ochenta mil reales. Todo esto fue a poder de mi
hermana y mi cuñado, sin hacerse particiones, sin llevarse cuentas, y
comiendo y vistiendo mi tía e hijo del fondo común, modestamente, al
paso que yo, cual si fuese hijo de familia, pedía de cuando en cuando
cortas cantidades para mi bolsillo, cortas en verdad, pues ni tenía el
vicio del juego, ni hacía gastos con mujeres. Entre tanto, el lujo de la
casa común fue haciéndose extravagante. Adornóse con tanto más
aparato y costo que lo ordinario en Cádiz y en aquel tiempo. Tomóse
cocinero, sobre tener ya bastantes criados. Rara vez comíamos solos, y
hasta al cenar teníamos compañía: pero de esta vida alegre y lujosa,
que era el camino de nuestra ruina, si participaba yo, era con muy poca
ventaja. Mi hermana vestía con mucho rumbo, y quiso tener casa de
campo en Chiclana, lo cual se llevó a efecto, porque así lo hacen las
gentes de tono. En medio de esto, hice yo un viaje a Medina con mi
criado inglés, y en dos temporadas pasé allí sobre mes y medio,
gruñéndoseme mucho lo que había gastado, aunque en un pueblo falto
de toda distracción y diversión costosa, poco hubo de haber sido. No se
crea, sin embargo, que por estas cosas me indispuse yo con mis
parientes más cercanos. Miraba entonces con fatuo desprecio mi propio
interés. Así, sólo cuando ofensas de cierta clase vinieron a hacerme
pensar en estos locos sacrificios, y cuando se me mostraron interesados
con exceso los que tan desinteresado me encontraban, hube de pensar
en esto que ahora recuerdo.










