Capítulo XXVI
Amistad que contrae el autor con un sacerdote americano.-Favores que
a éste dispensa.-Desavenencias domésticas, e intervención que en ellas
tiene el cura agradecido.-Situación dolorosa.-Vida libertina.-Estudios y
maquinaciones revolucionarias.-Epitalamio que el autor escribe con
motivo del casamiento de Fernando VII con la infanta de Portugal, y
fama que con esto adquiere.
Sin atender yo mucho todavía a los negocios polítícos, les daba tal
parte y peso en mi consideración y tal influjo en mi conducta, que había
resuelto valerosa y desatinadamente no pisar el suelo de Madrid ni
reconocer la tiranía de Fernando; y si no renunciaba a mi empleo, cosa
no estilada entonces y que podía haber sido peligrosa, le tenía en el
nombre solamente, siguiendo en disfrutar de mi licencia y no cobrando
mi sueldo. El Gobierno, por otra parte, apenas necesitaba secretario en
la legación de Suecia, y dejaba serlo a uno que, si no servía, tampoco
cobraba. Mi vida era, en lo poco que la pasaba lejos de mi familia, con
los de mis opiniones, y prefería a los más acalorados. Tenía particular
trato con algunos americanos que, por ser adictos a la causa de su
patria, sublevada a la sazón contra la tiranía del rey de España, y
sustentando las doctrinas y el interés del Gobierno popular, me eran en
grado sumo agradables; habiendo yo sido, además, desde mucho antes,
en lo relativo a los negocios de América, de muy otro modo de pensar
que los constitucionales españoles, inclinados a usar con los de
Ultramar de la fuerza, no con mucha justicia en mi sentir, y según
debía pensar toda persona juiciosa y no alucinada con escasa
esperanza del futuro triunfo. Además, miraba yo con cariño fraternal a
los de la sociedad secreta a que me había afiliado, ennoblecida entonces
y pasada a tener grande importancia por ser blanco de una persecución
sañuda.
No obstante el peligro que había en celebrar ritos masónicos, no
dejábamos de cometer la imprudencia de juntarnos alguna vez en logia.
Eü una de éstas, y también en el trato que se entabla en las calles, me
hice amigo de un clérigo, en quien concurrían las circunstancias, para
mí recomendabilísimas, de americano celoso de la independencia de su
nación, de liberal y de hermano de la secta, faltándole todas las
calidades propias de su profesión sagrada. Era de muy corta estatura y
de algo linda presencia en su pequeñez, con la audacia común en
personas de su tamaño. Atildado en sus modos y traje, y aun vistiendo
con rigor a la moda, siguiendo las de Inglaterra, donde había pasado
algún tiempo; no sin talento, aunque de corta instrucción; incrédulo y
jactándose de serlo, y, en fin, de mil maneras vicioso. Sólo por el
fanatismo político puede darse razón, si no disculpa, de haberme yo
unido estrechamente con sujeto digno de tan poco aprecio. No era aún
de larga fecha nuestra amistad, cuando un día recibí aviso de estar
preso el tal cura, sospechándosele con harto motivo de estar en
maquinaciones con sus paisanos para coadyuvar, en cuanto él podía, a
su propósito de sacudir el yugo de España. Preso ya aquel hombre, vino
a ser para mí un mártir de la santa causa de la libertad. Bien es verdad
que, aún siéndolo, no lo era de la de España; pero esto me importaba
poco, pues al fin de los americanos, así como de los españoles, sus
hermanos poco antes, era Fernando VII el común enemigo. Acudí, pues,
a dar consuelo y socorro al triste encarcelado, que bien había menester
lo segundo, pues según me descubrió estaba sin recursos de clase
alguna. Atendíle yo conforme a mi obligación de hermano, por tantos
que se llaman así desatendida, y por mí en aquel caso necia y
excesivamente guardada. Duró poco la rigurosa prisión de mi nuevo
amigo, y, según costumbre, empezó a consentírsele por los oficiales de
la guardia que de noche saliese, volviéndose a hora avanzada a su
encierro.
Venía, pues, a pasar la prima noche en la casa donde vivía yo con mi
hermana y cuñado, y aun a cenar nos acompañaba. Pasado otro breve
plazo, ampliósele él arresto hasta dejársele la ciudad por cárcel, corto
favor para quien no tenía con qué pagar un alojamiento. Sabiendo el
apuro de este desgraciado, mis hermanos y yo, de común acuerdo, le
ofrecimos hospedaje en nuestra casa, bastante espaciosa. De la mesa ya
disfrutaba. Así pasó a ser uno de la familia. Entrado en lo más interior
de ella, no tardó en enterarse de mi descuido en punto a interés, y de
que en poder de mi hermano político estaba todo. Tomó, pues, el plan
de lisonjear a éste y a su mujer, y adquirida la confianza de ambos, de
indisponerlos conmigo si yo llevaba a mal su predominio en nuestra
casa, y aun de echarme fuera de ella, haciendo que, por el pronto a lo
menos, se alzase con el caudal de los dos el que le tenía en su posesión
absoluta. Favoreciéronle las circunstancias. Mi tía y mi hermana se
miraban casi con aversión, teniendo la primera todo su amor puesto en
mí y después en mi hijo. Hubo en mi casa disputas domésticas, de las
que en todas suele haber, y en ella no faltaban, pero hiciéronse más
frecuentes que antes; terció en ellas el malvado cura; empezó a mirar a
éste con odio imprudente mi tía, señora violentísima de condición y
hecha a gobernar nuestra casa con poder absoluto en vida de mi madre.
Al cabo hube yo de intervenir en las disputas, e irritado de la conducta
de nuestro huésped, le manifesté por ella mi descontento. Tomó su
partido con loco calor mi hermana, a quien mi tía había exasperado. El
paradero de esto hubo de ser salirme yo a la calle con mi familia; pero
en tal situación, que apenas llevaba lo suficiente para mantenerme por
pocos días, quedándose con todo lo mío, y hasta con los cubiertos de
mis padres, mi cuñado, y con él regalándose en su casa el cura, mi
tierno y favorecido amigo. Verdad era que, entablando una demanda
judicial, habría yo recobrado mis bienes; pero los trámites de la justicia
son largos y costosos; mi cuñado estaba en posesión de todo, y yo
careciendo de lo necesario para los primeros gastos del pleito; además,
por falta de papeles y cuentas, era difícil justificar lo que me
correspondía. Vime, pues, en la más apurada situación posible. Por
casualidad se me procuró un medio inesperado por donde pudiese
reclamar lo mío con más desahogo, pues gané en la lotería moderna
diez mil reales.
Pero los intereses no eran los que habían causado mi seria riña con
mi única hermana, aunque en ello viniesen a mezclarse. Otra cosa,
pues, me dolía más que mi situación pecuniaria, la cual había de tener
y al cabo tuvo remedio, si bien a costa de salir yo exorbitantemente
perjudicado. En el alma era donde había yo recibido crueles heridas, de
aquellas que infaliblemente se enconan. En año y medio había sido
víctima de la traición de una mujer, por cuyo amor había hecho
enormes sacrificios, perdido a mi madre idolatrada, experimentado la
más viva ingratitud de un ente a quien favorecí con exceso, y
enemistádome con mi única hermana, que tiraba a reducirme a
pobreza, con quebrantamiento de las leyes de justicia en punto a
respetar lo ajeno, así como desatendiendo y conculcando los primeros
afectos naturales. Mi tristeza fue profunda, pero acompañada de odio a
la naturaleza humana. También las cosas políticas engendraban o
fomentaban en mí iguales amargos sentimientos y afectos, viendo,
según mi modo de juzgar los sucesos, triunfante la causa de la tiranía
en sus malvados secuaces. Aunque era mala mi situación, no pensé en
remediarla buscando aumentos en mi carrera, para lo cual me sería
forzoso servir a un Gobierno aborrecido. Pensé seriamente en el
suicidio, como buena salida de existencia tan dolorosa; pero, o me faltó
valor, o hubo en mí el necesario juicio para no llevar a efecto mi
propósito. Abracé, pues, otro remedio poco mejor para distraerme de
mis penas; remedio por el cual he llevado aun más que el merecido
castigo, quedando sujeto por todo el discurso de mi vida a negras
calumnias, fundadas en hechos muy abultados, aun considerando la
época en que algo tenían de cierto, y en tiempos posteriores supuestos
de todo punto. Me entregué a una vida desordenada y licenciosa.
Privado de las relaciones que pueden tenerse con las mujeres, ya por mi
calidad de casado, aunque divorciado, ya por no prometerme mi
presencia triunfos amorosos, ya por estar persuadido de mi fatal
estrella, me di al trato de las mujeres de mala vida, haciendo de ello
gala con desvergüenza, y sacando de mi mala práctica una teórica en la
apología del vicio, con lo cual hacía harto más daño que mis
compañeros de desorden, meros libertinos por rutina, y en quienes
fomenté, así como en otros desperté, malas inclinaciones, persuadiendo
por regla a hacer lo que unos ejecutaban por costumbre, y otros se
preparaban a copiar sólo como mal ejemplo.
Añadíase a esto tener frecuentes convites y grescas en que
cometíamos excesos de bebida, que en vez de encubrir manifestábamos,
y aun ponderábamos, siendo hipócritas y aun fanfarrones del vicio,
como los hay de la virtud con más razonable y no peor conducta. Es con
todo falso que aun en este período, el peor de mi vida, y cuya duración
fue de tres años con algunas interrupciones, fuese yo dado a la
embriaguez como vicio permanente, falta que se me ha achacado, por
unos con infame impostura y por otros con reprensible ligereza, en
época en que mis costumbres han sido arregladas, o cuando menos mi
modo de vivir decoroso y sobrio. En los días de que hablo, había en
Cádiz y en sus inmediaciones cuadrillas llamadas de manzanilleros, por
ser su ocupación constante hartarse del vino llamado allí de
manzanilla, que bebían en las tabernas a todas horas, alternando los
tragos con cortas cantidades de comida de chucherías estimulantes. A
estas pandillas jamás me agregué, y aun en mis excesos rara, si alguna
vez, los imité, cometiéndolos, cuando de ello era culpado, en comidas de
mejor gusto y en más decentes lugares; pero con ellos era confundido,
sin que haya razón para quejarme de que la gente de juicio y buena
conducta no hiciese la distinción debida entre varias especies de
viciosos. Al revés, sin estimar ni imitar a los manzanilleros, los
respetaba como aliados y los temía como a contrarios, no fuese que
haciéndome fuerza me colocasen entre los hombres de vida arreglada.
Así, llevaba mi locura hasta a seguirlos en alguna, bien que rara
ocasión, a las tiendas donde concurrían, y hasta detenerme en ellas,
aunque breve tiempo, y a probar en corta cantidad su licor favorito;
pero como procuraba hacerme visible en mi entrada, nadie sabía que la
hacía con poco gusto y no de continuo y para detenerme poco tiempo.
De otro desorden, sí, era más culpado, aunque no se me haya echado
tanto en cara; pues mi trato con los entes despreciables que viven de la
prostitución era constante, y vino a ser mi recreo.
He expuesto con lisura, y sin el menor disimulo, mis faltas. Por lo
mismo, y desafiando a los bien enterados de ellas me prueben que algo
oculto o atenúo soy acreedor a que se reconozca por verdad lo que tal
declaro. No extraño, sin embargo, que lo contrario suceda. Mis extravíos
merecían grave pena, y la han llevado con haber dado motivo a que se
me calumnie y a que sea creída la calumnia. Razón es que ni el
arrepentimiento acompañado de la enmienda goce de las ventajas
dignas y propias de la virtud en ningún tiempo desmentida, y bien está
que sirva para retraer de la carrera del desorden saber que de las
manchas en ella contraídas queda tan mal parado el concepto del
hombre, que no se limpia del todo ni aun con largos años de vida buena
y juiciosa.
En medio de mi desorden, ni abandonaba la lectura, pues antes la
seguía con empeño, ni me desviaba del terreno de la política, sino que,
al revés, me entraba en él hasta exponiendo a graves peligros mi
persona. Dediquéme algo a la filosofía y metafísica, y me volví
materialista no porque cuadrase tal doctrina con mi vida de libertinaje,
sino porque el estudio de los sensualistas, y especialmente de Destutt y
de Tracy y Cabanis, produjo en mí convencimiento. En efecto, el deísmo
al modo de Voltaire lleva a este paradero, así como al de la religión el de
la escuela de Rousseau. Abrazada mi nueva creencia, la predicaba con
fervor, aunque con la correspondiente prudencia, porque la Inquisición
vivía. Con mayor riesgo declaraba más opiniones políticas. En este
último punto, mi conciencia, a la par reconviniéndome por mis
extravíos y esforzándome por disculparlos hasta a mis propios ojos, me
sugirió una idea en abono de mi perversa conducta, idea ingeniosa y
que, teniendo bastante de falsa, tenía no poco de verdadera. Figuróseme
que pasando yo por un calavera y casi un perdido, aunque exento de
trampas o de acciones contra el honor, nadie me sospecharía de
acérrimo y activo liberal, y aun de conspirador tenaz y osado, con lo
cual podría con más seguridad desahogar mis opiniones y contribuir a
la caída del Gobierno tiránico que oprimía a mi patria. Como se verá,
estos cálculos no salieron enteramente errados. Si no hubiese yo tenido
tan mala fama, mal podría haber escapado sin llevar algún duro castigo
por mi conducta política, y menos podría haberla seguido hasta tener
parte considerable, tras de años de continuo trabajar, en la mudanza
que rompió en manos del rey el cetro del monarca absoluto.
En el verano de 1816, cuando iba dando principio a mí mala vida,
pero no habiendo aún llegado a adquirir mi nada envidiable celebridad,
en los días en que mis sinsabores privados tenían más exarcebada mi
condición, ocurriendo el casamiento de Fernando VII con la infanta de
Portugal, doña María Isabel, fue este suceso solemnizado con grandes
festejos hasta por los liberales gaditanos, ensoberbecidos de dar a la
reina en su ciudad el primer hospedaje a su llegada a tierra española, y
celebrado por varios de los poetas de España, si bien casi por ninguno
de los de gran valía, a la sazón presos o desterrados o de otro modo
perseguidos. Indignéme con esto, y empuñando la pluma compuse, con
el título irónico de Epitalamio, una tremenda invectiva contra el
monarca, tal que, probándoseme ser yo el autor, corría gravísimo
peligro de llevar hasta la pena de muerte(11). Nadie compone sino para
ser leído; y, además, quien hace un acto de valor gusta de ostentarle, y
quien aboga por una parcialidad caída, se envanece de serle
ardorosamente fiel en la mala fortuna. Enseñé, pues, mis versos, y
gustaron sobre manera, no tanto por su mérito poético, si bien tenían
alguno, aunque corto, cuanto por los pensamientos y vivo afectos que
expresaban; por donde sus aprobantes, sobre darles un precio alto
como efusión patriótica, les encontraban belleza literaria no poco
subida. Ello es que los versos empezaban a correr mucho más que lo
conveniente a mi seguridad. Cuando de ellos me hablaban, me
confesaba su autor, y me engreía de serlo, moviéndome a la par a tan
loca osadía orgullo de patriota indómito y vanidad de aplaudido poeta.
Acuérdome de que en septiembre de 1816 ocurrió con este motivo
un incidente, que a la par lisonjeó mi vanidad y me infundió justo,
aunque no excesivo miedo. Don Juan Nicasio Gallego, el afamado poeta,
diputado que hahía sido en las Cortes Generales y extraordinarias,
estaba confinado, en castigo de su conducta como constitucional, en la
Cartuja de Sevilla.
Al llegar la nueva reina a Cádiz, y pasar de allí a Madrid, mandó el
Gobierno que todos los presos principales que lo fuesen por su
adhesión pasada a la causa constitucional se separasen del lugar donde
estuviese residiendo, aun de paso, la real persona, hasta distancia de
algunas leguas. Así, salida la reina de Cádiz, y pasando a estar un día
en Sevilla, hubo de salir de su prisión Gallego, consintiéndole venir a
Cádiz en compañía de un lego que le servía como de guarda de vista. De
este modo, la desvariada persecución, intentando un rigor más, hacía
una gran merced, siéndolo dar a un preso libertad, aunque por término
breve. Acudí yo a verle como a conocido y casi amigo, inspirándome
compasión su suerte, y veneración y ternura su persona y la causa por
que padecía. Recibióme con cariño y estrechamos nuestra amistad,
estando yo frecuentemente con él en los días que permaneció en Cádiz,
y oyéndole con gusto referir, con su sal nada común, sus padecimientos
y los de sus compañeros, en que por parte de sus perseguidores se
había mezclado lo ridículo con lo atroz. Pero lo que importa a mi
propósito presente es referir lo que ocurrió cuando fui a verle por la vez
primera. Recién entrado en su cuarto, y hallándose en cama por estar
indispuesto, me había sentado a su cabecera, cuando entró, con el
abate don Juan Osorio, conocido antiguo mío y celoso constitucional,
don Tomás González Carvajal, literato antiguo y célebre poeta, de
algunas y grandes dotes en la poesía religiosa, ministro que había sido
de Hacienda en 1813, y, aunque devoto, acérrimo partidario de la causa
de la Constitución, y como tal, aunque levemente, castigado. Éste, como
no me conociera de vista, al entrar y entablar la conversación, se volvió
a su compañero como preguntándole con el gesto quién era yo, y si
delante de mí podría hablarse con franqueza. A esto dijo Osorio: «Es
Galiano», a lo cual, levantándose él, se acercó a hablarme y dijo que se
alegraba de conocerme. Hecha general la conversación, dijo González
Carvajal a Gallego: «Por ahí han corrido unos versos que atribuimos a
usted, no sabiendo quién otro hubiese por estos lugares capaz de
haberlos compuesto.» Mucho halagó mi vanidad que pudiesen
equivocarse mis versos con los de Gallego, pues no dudé que se trataba
de los míos. «Hombre, no, dijo asustado Gallego, y ya los he visto; y si
por un lado me alegraría de haberlos escrito, por otro, en mi situación,
siento mucho que se me atribuyan. No, repuso Carvajal; pierda usted
ese cuidado, porque ya se sabe que son del señor», lo cual dijo
señalándome. Terrible era aquel «se sabe», cuando el saberse podía
costarme tan caro. Así pareció a Gallego, que, incorporándose en la
cama como agitado, pareció sentir el peligro en que me veía. No fue
tanto mi temor cuanto mi orgullo al ver el papel que en aquel momento
estaba representando, aunque delante de un número tan corto de
espectadores. Desde aquel día, el ser autor del famoso epitalamio me
puso en un puesto respetable entre los constitucionales vencidos.










