Capítulo XXVII

Capítulo XXVII
Pizarro, ministro de Estado.-La masonería española.-Propósitos que
llevan el autor a Madrid.-Entrevista con el ministro de Estado y vuelta a
Cádiz.-Asuntos políticos y particulares del autor.-Regreso a Madrid.-
Conducta de Pizarro.-Polémicas literarias que algo degeneran en
políticas.-Estado de los negocios públicos.
A fines de 1816 fue nombrado ministro de Estado Pizarro. Nuestra
amistad antigua estaba concluida y hasta olvidada, gracias a la perfidia,
según yo la calificaba, de que usó conmigo al salir nombrado ministro
para Prusia. Por otra parte, haber aceptado el ministerio del rey
Fernando no le recomendaba a mis ojos. Bien es verdad que nunca
había sido constitucional ardoroso, pero sí de doctrinas reformadoras e
ilustradas. Esto conocido, y la circunstancia de no serlo menos la
claridad y agudeza de su entendimiento y su experiencia de los
negocios, dio que esperar de su ministerio, llegando algunos a
prometerse que daría un sesgo a las cosas por donde, si bien no era de
esperar el establecimiento de una Constitución semejante a la
derribada, había casi seguridad de que cesaran las persecuciones y se
gobernara con arreglo a lo que exigía el siglo. No esperaba yo tanto, pero
sí mucho de su talento. No se cumplió ninguna clase de esperanzas,
pues Pizarro, pudiendo más que él la situación de los negocios
domésticos y extranjeros, se acreditó poco, si bien hubo injusticia en el
exceso con que fue tachado. Yo, para mi interés particular, nada
esperaba y nada quería. No le escribí, porque desde nuestro
rompimiento en 1813 no estábamos en correspondencia. Sin embargo,
a poco de elevado al ministerio, mi tío paterno, don Antonio Alcalá
Galiano, me envió a decir que le había preguntado por mí, manifestando
grande empeño en mi suerte y conservar vivos los afectos de nuestra
amistad pasada, sin acordarse de los disgustos que la habían
terminado. Con este motivo me exhortaba mi tío a que le escribiese. A
ello me negué; se insistió, reiteré mi negativa, y después de algunas
disputas por cartas, cedí, contra mi ordinaria tenacidad en casos de
igual o parecida naturaleza. Pero tuve el disgusto de ver que había
acertado al principio y no al fin, pues mi carta a Pizarro quedó sin
respuesta.
Poco me importaban, sin embargo, desvíos de un ministro en la
doble vida que vivía, ya de hombre entregado a continuos y feos
deleites, ya de liberal mal contento y aun entrado en la senda de las
conjuraciones. En efecto, en 1817 ya existía una vasta en toda España;
yo tardé poco en ser miembro de los más activos y diligentes en el
cuerpo gigante que se extendía por toda la Península, pronto a obrar allí
en donde se presentase la ocasión. La sociedad masónica era la forma
que la conjuración había vestido. Por una singularidad, la cabeza no
estaba en Madrid, sino en Granada; de la provincia de este nombre era
capitán general el conde de Montijo, cuya natural inquietud después de
haberle llevado, entre el general asombro, a figurar como delator
oficioso de los perseguidos constitucionales en 1814, ahora le tenía de
caudillo en las filas de los enemigos del Gobierno, al cual estaba
sirviendo en puesto importante y de confianza. Hasta entonces la
sociedad masónica con mayor valimiento entre los afrancesados que
entre los liberales en sus logias en España, era dependiente de
autoridad suprema extranjera, obedeciendo unas a la de Francia, otras
a la de Escocia y algunas a la de la República angloamericana. En el
tiempo de que hablo fue creado un supremo gobierno de la hermandad,
la cual pasó por una leve mudanza, llamada regularización, que
consistía en añadir señas nuevas de reconocimiento entre los masones
españoles, sobre las que tenían comunes con los demás del mundo.
Constituida esta sociedad en oposición directa al Gobierno, por el cual
estaba anatematizada y perseguida en lo civil y en lo religioso, tenía que
ser una máquina cuyo juego principal y constante se encaminase a la
ruina de su enemigo.
Era, en efecto, propia para empeñar vivamente las pasiones la
sociedad masónica española de aquellos días. Cada vez que nos
juntábamos en logia, corríamos gravísimo peligro, de los que entonces
tenían el atractivo de la novedad entre otros varios. Aún así, teníamos
nuestro aparato, aunque pobre, y nuestros adornos, con que
celebrábamos nuestros misterios. Aún fuera de trabajos, el peligro nos
seguía; pero estaba compensado con satisfacciones y aun con algunas
ventajas. Lo que la sociedad prometía en otras partes sin cumplirlo, en
España tenía puntual cumplimiento, reinando entre los hermanos
afecto casi fraternal, o dígase amistad ardiente y sincera; circunstancia
nacida del fanatismo de secta qué nos poseía, y de saber que todos
estábamos en un empeño que podía costarnos la existencia.
Sin embargo, en 1817, la masonería española aún no estaba
resuelta a obrar activa e inmediatamente contra el Gobierno. A ello iba,
en verdad, pero con lento paso, con cautela, contando en su gremio
hombres que querían detenerse tanto, que la detención equivalía a que
darse en el camino, y aun no faltaban quienes, si bien en corto número,
o deseasen o creyesen no pasar de la celebración de ritos ociosos. Viose
esto en un suceso notable ocurrido en la época a que me refiero. Había
intentado el general Lacy enarbolar el pendón constitucional en
Cataluña, y al empezar a poner por obra su intento, había visto
desbaratado su proyecto y caído prisionero de un Gobierno nada
misericordioso. Varios de sus ayudadores en la malograda empresa
habían logrado ponerse en salvo y llegado a la plaza de Gibraltar, de
paso para América, a donde se dirigían. Sabedores de ello los masones
de Algeciras, acudieron a darles auxilio.
Creíanles a todos hermanos; pero como se encontrasen con que
muchos de los fugitivos no lo eran, al momento los recibieron en la
sociedad, como si cierto instinto les dijese que masón y conjurado eran
en aquellos días en España una misma cosa. Llegada a Cádiz la noticia
de esta ocurrencia, discordaron en nuestra logia los pareceres en punto
a aprobar o reprobar la conducta de los hermanos de Algeciras. Un
personaje que se daba grandes apariencias de celoso y miraba mucho
por sí, cuya conducta posterior, en una hora de prueba, fue débil a
punto de obrar activamente en pro de lo que llamábamos tiranía contra
los partidarios de la libertad ya armados y sublevados, siendo masónica
tanto cuanto patriótica su empresa, cuya profesión actual es figurar en
las filas de la gente de opiniones extremadas y calientes, y cuyo nombre
no quiero citar, con voz hueca y campanuda procuró disfrazar consejos
tímidos, y afectando llorar con voz casi ahogada por la pena, manifestó
a la par, con un vivo y profundo dolor por nuestro hermano Lacy, a la
sazón ya muerto en un suplicio, que había sido mal hecho
comprometerse en dar auxilio a sus compañeros desgraciados o en
formar con ellos relaciones. Contra este dictamen clamé yo, acalorado,
con otros varios, sustentando que si nuestra sociedad no se empleaba
en favorecer a cuantos algo hiciesen para derrocar el Gobierno, nuestro
contrario, nuestra existencia era ridícula, sobre inútil. Prevaleció este
dictamen mío, pero no se pasó a más que a aprobar lo hecho en
Algeciras, no habiendo posibilidad de otra cosa por entonces.
A la entrada del otoño de aquel año hube de ceder otra vez a ruegos
repetidos, hasta prestarme a ir a Madrid y ver a Pizarro. Pero mi
principal objeto era trabajar en la logia de la capital, la cual, si bien
subalterna por el lugar de su residencia, no dejaba de tener superior
importancia. Además, mi entereza empezaba, si no a doblarse, a resistir
menos al impulso de pasiones y fuertes consideraciones. En mi método
de vida gastaba locamente, y si bien era rígido en punto a no contraer
deudas, en lo cual más fui de alabar en los días de mala conducta que
lo he podido ser en los de buena, por eso mismo iba desperdiciando lo
mío con tanta prontitud como alegría. Verdad era que entre mis vicios
no era contado el del juego, pues aun viviendo con muchos jugadores,
si alguna vez aventuraba sumas, nunca cuantiosas, lo hacía por
complacerlos y con repugnancia, y rara vez; pero aun esta buena
prenda mía, si me libertaba de arruinarme pronto con grandes
pérdidas, me privaba de ganancias. Comía de mi capital. Una avenencia
con mi cuñado en el mismo año de 1817 había puesto en mis manos
bastante menos que la mitad de los bienes heredados de mis padres. A
mi mujer no daba más que el corto auxilio de un peso fuerte al día; pero
ya esto era algo. Me había olvidado decir que con esto había evitado el
pleito, prestándose a ello indirectamente el provisor, sucesor del señor
Esperanza, y alcanzando yo cuantas ventajas podrían haberme
resultado del fallo más favorable, salvo declararse legalmente el
divorcio, en lo cual no insistí yo, ni ella en lo contrario, porque fue tal
su imprudencia, que llevada adelante la causa, habría sido forzoso
juzgarla, aunque no con bastante fundamento, por infanticida; delito de
que no fue culpada, aunque sí de haber causado la muerte de una
criatura por abandono y deseos de encubrir su nacimiento. Sea como
fuere, este pleito había quedado suspenso para siempre, pero
dejándome una carga constante. Tenía un hijo ya de seis años de edad,
y con él a mi tía, ya anciana, que cuidaba de ambos. Traté, pues, si no
de servir activamente en la esfera del Gobierno interior de España, de
continuar mi carrera en las embajadas. Entre tanto, si se me
presentaba ocasión de proceder en la obra de derribar al Gobierno,
estaba resuelto a no desaprovecharla, aún jugando en ello la cabeza.
Con estos vanos propósitos pasé a Madrid, donde llegué próximo a
terminar octubre.
Encontré disuelta la logia de la capital, de cuya existencia había
tenido el Gobierno alguna noticia, procediendo contra varios de los que
la formaban y obligando a los otros a precaverse y aun a suspender sus
trabajos. En una parte, pues, del objeto de mi viaje, mis esperanzas
habían salido fallidas. Quedábame ver al ministro, antes mi amigo. A mi
llegada a la capital, estaba en El Escorial con el rey, pero vino muy en
breve. Al. pasar a verle, batallaban en mi interior encontrados y
vehementes afectos: recuerdos de nuestra antigua vida en estrecho y
frecuente trato, memorias de la ofensa de él recibida, empacho al ir a
encontrarle ministro del rey, yo liberal confirmado, y por esto último y
por otras causas, recelos de no ser recibido, sino como lo es por un
ministro un secretario de legación, lo cual sería en verdad repugnante,
por desdecir tanto del pie en que habíamos estado el uno respecto al
otro durante algunos años de nuestra vida. En esta inquietud de mi
ánimo, de repente formé una resolución de aquellas a que, aún ahora
viejo y desengañado, soy propenso, a saber: la de provocar mi mal,
atrayéndomele por la entereza, en vez de esperar sumiso o resignado a
que llegue; en suma, la de mostrarme con una persona cuya enemistad
podía ser temible, altivo, y de aquella altivez que más ofende, porque
con su aparente humildad tiene aspecto de ironía. Estas resoluciones,
sobre otros inconvenientes, llevan consigo el de justificar en los
poderosos la mala acción contra el inferior antes su amigo, que tenían
pensada, pero oponiéndose a ella la vergüenza, a punto de estorbarles
llevar a ejecución su pensamiento. Lo que de súbito resolví, al punto
ejecuté, que fue, al presentarme al ministro y al preguntarme éste cómo
estaba, responderle: «Para servir a usted, excelencia.» Demudóse
Pizarro, sintiendo cuánto encerraba en mí el hecho de darle
tratamiento. ¿Qué es eso de excelencia?, dijo, y murmuró otras
palabras, entre las cuales oí algo de los muchachos, que era alusión a la
temeraria imprudencia, común en los de mi edad. No era, con todo, tan
poca la mía, pues contaba veintiocho años. Duró poco la visita,
conservando el ministro apariencias del mayor despego. Desde
entonces, mientras gobernó, me trató con frío desdén, bien que rara vez
tuvo ocasión de hacerlo, manteniéndome yo muy alejado de su persona.
Por esta y otras causas pensé detenerme poco en Madrid. Mandóse
que se me pagasen mis sueldos devengados de tres años, favor sin
duda, pero entonces no grande, pues mis males habían sido contraídos
en el servicio, y yo tenía aún mi empleo, y los gastos de mi viaje a
Suecia, que a tanto alcanzaban. Hecho esto, a los cuarenta y cinco días
de mi arribo a la corte, le volví la espalda lleno de gozo para restituirme
a mi querida mansión de Cádiz, a la cual me llamaban deseos vivos de
volver a mis diversiones reprensibles, y también ansia de desviarme del
Gobierno, y justificando aun para mí esta segunda consideración lo
mucho que en mi anhelo y determinaciones influía la primera, no para
confesada.
A mi vuelta a Cádiz, los trabajos masónicos andaban lentos. Así,
sólo lo que era vituperable y me dañaba fue lo que encontré, a saber:
modo de continuar mi vida, en la cual no sólo el desorden era
perjudicial, pues otros me aventajaban con mucho en excesos, sino la
afición que cobraba a una vida de ocio, en la cual si proseguía en el
cultivo de mi entendimiento, solía emplear hasta mi ingenio y
conocimientos en defender y sustentar en tono de burlas, con
demasiadas veras, la teórica de la mala práctica a que me abandonaba.
Pero al cabo pudo algo la voz de la razón. Como blasonase yo mucho
de rumboso, y también de delicado, y no sin motivo de lo primero, ni
hasta entonces de lo segundo, me convencí de que, según iba, al cabo
de pocos años daría fin de mi caudal, y tendría que contraer deudas,
contra mi propósito, a que se agregaría la ruina de mi pobre hijo.
Parecióme, pues, que continuar mi carrera de empleado no era
indecoroso. Las logias estaban, o disueltas, o faltas de poder y de
esperanzas en toda la extensión de la Península. La de Granada,
autoridad suprema de la orden o secta, estaba disuelta asimismo. Ya he
dicho que eso había sucedido a la de Madrid. Además, varios de los
hermanos habían sido presos. De los que así cayeron en poder del
Gobierno, dio más cuidado que otros don Juan Van Halen. Este sujeto,
famoso porque habiendo entrado al servicio de José Napoleón había
vuelto al de su patria con un acto de singular atrevimiento y travesura,
cual fue el de apoderarse de la firma del mariscal Suchet, y con órdenes
supuestas poner en manos de los españoles fortalezas guarnecidas por
los franceses. Caído en manos de la Inquisición, según fama, había
podido comparecer ante la persona del rey y alcanzado lo que solicitaba.
Decíase también que, sin negar su culpa, había aconsejado al monarca
que se hiciese cabeza de la masonería.
Pero fuese lo que fuese de estos rumores, según estaban las cosas, el
instrumento de la masonería ni podía servir ni estaba aplicado en
aquellas horas a la obra de la revolución a que aparecía destinado. Con
otra máquina no había que pensar en derribar la fábrica del poder
absoluto. Todos se ocultaban, y no siendo lícita la oposición, estaba
cerrado el palenque donde en los Gobiernos llamados libres es preciso
guerrear contra una autoridad que se desaprueba. Volvíme, pues, a
Madrid a mediados de 1818, esta vez levantando mi casa en Cádiz y
acompañándome mi tía e hijo.
A mi llegada pasé tres o cuatro días sin presentarme a Pizarro. Al
cabo de ellos fui, y en la portería de la Secretaría de Estado encontré un
oficio que me estaba dirigido, cuyo sobrescrito tenía un rúbrica, como
llevan los que se envían a personas residentes en Madrid. Le abrí y leí, y
vi que se reducía a preguntarme nuevamente si me hallaba o no en
estado de pasar a mi destino en Suecia. Era justo no dejarme con
licencia por más tiempo; pero tuve la injusticia, común en los hombres,
de reprobar lo que no me convenía. Además, un hombre que había sido
tan amigo mío, podía haber procedido con más suavidad en el modo de
tratarme. Leído el oficio, entré a ver al ministro. Recibióme frío, y con
todo en el tono de familiaridad antigua, y fingió extrañeza al verme,
suponiéndome en Cádiz, a lo que agregó decir que allá me había
enviado un oficio para saber si no trataba de irme a Suecia. Respondíle
con más descomedimiento de lo que debe usarse con un superior, y con
más despego que lo que correspondía, aún en nuestra situación de
aquella hora, que mal podía creerme fuera de Madrid, cuando el
sobrescrito de su orden acreditaba saberse mi estancia en la corte. A
esto nada respondió, conociendo que era fundado por mi parte, y
también atrevido. Separóme, pues, de mi destino, pero diciéndome que
para darme colocación en mejor clima, dejándome, entre tanto, sin
sueldo. Hasta allí nada podía ofenderme. En adelante se negó a
recibirme siempre que de él solicité audiencia. Hízome hacer larga
antesala, y yo tuve gusto en ello, y en que se notase, porque le hacía
una amarga reconvención sólo con aparecer en clase de pretendiente
humillado. Aun solicité que me diese el Consulado de España en
Marsella, colocación ventajosa en punto a interés, pero entonces
considerada para un diplomático como una caída, pues era salir de su
carrera, renunciando a su elevación futura. Ni aun me fue posible
entregar a Pizarro esta instancia en su despacho, y se la di en la mano
al paso, mirándome él con disgusto. En verdad, si él me trataba mal, yo
le hacía no leve perjuicio en su reputación. Sus enemigos, numerosos,
como lo son los de todos cuantos gobiernan, citaban su conducta
conmigo como una prueba escandalosa de su mal proceder. De la culpa
mía nadie se acordaba, o diciéndolo como es debido, nadie quería
averiguar si había habido culpa en el inferior, siendo cómodo a la
malicia encontrarla patente en el poderoso. Muy en breve perdió el
ministerio Pizarro, siendo enviado a un destierro, según se usaba,
intimándole la orden de noche, y teniéndole el coche a la puerta, para
que sin demora emprendiese su viaje. No me dio la menor pena su
desgracia, porque abrigaba contra él vehemente y enconado
resentimiento. Fue su sucesor el marqués de Casa Irujo. A él me
presenté como debía, y encontré afable recibimiento. Era moda, a la
sazón, entre los que atendían a los negocios políticos, compadecerme de
los desaires que había padecido de Pizarro. Se sabía en Madrid tan poco
de lo que pasaba en Cádiz, que el autor conocido del Epitalamio, en la
corte ni por liberal acérrimo era tenido. Sin embargo, yo no encubría
mis opiniones, y aun llevé el manifestarlas a los términos de temeridad
insensata.
Venido a Madrid, no vivía como en Cádiz. Mi trato principal vino a
ser con don José Joaquín de Mora, mi amigo antiguo, y compañero en
la Academia literaria que en mi primera juventud me había sido de
tanto entretenimiento. Mora, después de varios vaivenes en la suerte,
venido a pobreza, y casado, había vuelto a la carrera de las leyes,
seguida en su mocedad, e interrumpida por la militar en la Guerra de la
Independencia. Pero más que letrado era literato; y, además, no
pudiendo practicar aún como abogado, con tareas literarias se buscaba
el sustento. Había emprendido un periódico titulado Crónica Científica y
Literaria, que salía a luz dos o más veces en cada semana. Cabalmente
en aquella hora se hallaba enzarzado en una reñida disputa, en la que
se mezclaban animosidades personales con el deseo de sustentar
opuestas doctrinas críticas. Residía en Cádiz un caballero, dado a la
profesión del comercio, y cuyo nombre era don N. Böhl de Faber, nacido
en Hamburgo, criado en parte en España, entendido, de mucha
erudición, de gusto raro y tan aficionado a los autores castellanos, de él
muy conocidos, que su amor rayaba en idolatría. Calderón era el objeto
de su preferencia. Por entonces Schlegel, en Alemania, admiraba al
mismo ingenio español, y ensalzaba sus obras juzgándolas con una
crítica severa y atrevida. Böhl sostuvo con su ilustre paisano la misma
causa, y trajo a España la disputa que en Alemania se estaba
siguiendo. Ayudábale en la contienda con empeño su mujer, instruida
también, pero no mucho, ingeniosa, singular, algo afectada, de buen
parecer, aunque ya no joven, de vehemencia suma, antes muy amiga de
Mora, y reñida con él en la época de que voy hablando. Mora se
presentó a defender opiniones contrarias a las de este matrimonio,
volviendo por la escuela clásica francesa y por la española de las
mismas doctrinas, desacreditando a Calderón, aunque no sin confesarle
perfecciones. Empezó violenta esta lid, y siguió tenaz y enconada.
Mezclóse con ella un tanto de política. Böhl y su señora eran acérrimos
parciales de la monarquía al uso antiguo. El primero había dejado la
religión protestante, en que se había criado, por la católica; y siendo
sincero en su conversión, era hasta devoto. La mujer afectaba la
devoción como pasión. Mora no había sido liberal, pero en algo se
inclinaba a serlo, aunque no lanzándose por entonces en la política,
campo donde no había entrado por hallarse prisionero en Francia
cuando empezó y ardió la guerra entre liberales y serviles. Trabada esta
contienda, me arrojé yo a ella, más por celo de la fe del clasicismo
profesada entonces por mí en su pureza, que por otras razones. Escribí
algún artículo en la Crónica; respondiéronme desde Cádiz; volví a
escribir, y me volvieron a responder, estando entonces más adversa que
favorable a nosotros la opinión de los gaditanos, nuestros jueces en
tales materias, y a cuya ignorancia había yo aludido con expresión
maliciosa y con inoportunidad, si bien con justicia. Ya más ardiente la
disputa, entró por parte de nuestros contrarios el acusarnos de
jansenismo y de amor a las reformas, cargos infundados si era como
consecuencia de lo que en el litigio literario pendiente habíamos dicho,
aunque en lo tocante a mi persona sobrados de fundamento. Pero esto
nos dio gran ventaja, pues pasando así a la clase de liberales acusados,
vino el aura popular a soplarnos favorable. Preparamos Mora y yo un
folleto de medianas dimensiones en respuesta a los impresos con que
desde Cádiz nos acometían. Pero al pedir licencia para imprimirle en
Madrid, nos fue negada no por razón alguna política, ni por
desaprobación de nuestra conducta u opiniones en la disputa, aun
considerándola literaria pura, sino porque estando el juez de imprenta
de humor de no gustar de contestaciones, nos impuso silencio dentro
de los términos de la corte y los lugares inmediatos. Pero esta
prohibición no estorbó que, llevado a Barcelona el manuscrito por un
amigo de Mora, fuese allí impreso, dando con un censor benévolo que
nada vio en él contra el Gobierno o contra nuestra santa fe y las buenas
costumbres. Algo, con todo, podía traslucirse contra el primero, por
quien hubiese visto claro o tuviese sobre ciertas alusiones del escrito
luz que lejos de Cádiz faltaba. Blasonaba yo en él de ser amigo de
Martínez de la Rosa, a la sazón confinado en Melilla, y sobre declararme
su amigo, ensalzaba su nombre como glorioso. También, como la señora
mi contraria, olvidando en la impetuosidad de su enojo que el papel de
delatora no convenía a su clase ni aun a sus principios, hubiese dicho
por impreso que yo sólo tendría talento, cuando más, para componer
Epitalamios, me arrojé a decir también en letras de molde que «por el
lado donde me disparaban aquel tiro, si me sentía indefenso, me creía.
invulnerable; que me gloriaba de lo que se me acusaba ser mi culpa, y
que si de ello me venía desgracia, no me cambiaría por mi acusador.»
Por mi fortuna, nadie entendía esto en Madrid o en Barcelona; nadie se
cuidó de averiguarlo, y nadie, en los lugares donde se entendía, quiso
hacer sobre ello una delación discreta y clara. Literariamente juzgaba
mi parte en el folleto de que trato, fue muy aplaudida. Hasta el mismo
Böhl, contrario cortés, me elogió por mi estilo, por mi moderación, y por
mi aliño, fluidez y gracia, siendo éstas las expresiones de que se valía.
Recobré algún concepto con mis paisanos, viendo que el mozalbete loco
y malo no había olvidado sus estudios ni desistido de su adhesión a la
causa constitucional, muy popular todavía en Cádiz.
Con todo, mi estancia en Madrid me era poco agradable. Habíame
conformado a tolerar al Gobierno; pero mi resignación estaba
acompañada de una repugnancia suma. En las personas que trataba,
inclusas las más contrarias a la caída Constitución, notaba disgusto de
lo presente, y ser tenida la persona del rey en poco aprecio. Un
observador de tal cual sagacidad, forzosamente había de conocer que a
la monarquía restaurada en 1814 faltaba lo que constituía la antigua,
de que aspiraba a ser una continuación no interrumpida, como si la
época del Gobierno popular, ya habiendo, ya no existiendo todavía la
Constitución, no hubiese estado en medio de los días en que perdió
Fernando su cetro en Bayona y de los en que volvió a empuñarle El
carácter personal del monarca contribuía a aumentar lo que, fuese él
quien fuese, no habría dejado de existir como consecuencia forzosa de
grandes sucesos. El respeto a la real persona estaba menoscabado.
Con más irreverencia todavía eran mirados los que ejercían la
autoridad. En mi niñez, hasta en conversación privada, nadie
nombraba a un ministro sin anteponer el señor a su apellido, y en el
periódico de que hablo habría parecido ridículo decir el señor Lozano de
Torres, hablando de la persona de este nombre que desempeñaba el
Ministerio de Gracia y Justicia con grande escándalo, y, lo que era peor,
con grande befa de todos y con grande valimiento con el rey, quien, sin
embargo, se burlaba de él manteniéndole en su puesto y privanza.
Tengo presente una observación que sobre el estado de las cosas me
hizo mi tío Villavicencio, a quien veía con mucha frecuencia, y que ya
con el grado de capitán general de marina, ocupaba un alto puesto en la
corte, aunque con poco favor, a pesar de sus servicios a la marina,
observación aguda y profunda para dar a conocer los tiempos puestos
en cotejo con los pasados. Era costumbre en el rey salir disfrazado de
noche, a modo de los sultanes de las novelas orientales, para averiguar
por sí el estado de los negocios, así como para entregarse a diversiones
ajenas de la dignidad real. Culpábasele mucho por esto, y con razón;
pero con bastante injusticia se achacaba sólo a vicios comunes lo que
era en general equivocado modo de ejercer su poder vigilando en lo que
pasaba. Odiaba Fernando los juegos de azar y quería que fuesen
puestas en ejecución con todo rigor las penas señaladas por las leyes a
los jugadores. Con todo, era común jugar como siempre; pero lo que sí
era nuevo era jugar los oficiales en el mismo cuerpo de guardia en que
la estaban haciendo al Real Palacio. Con motivo de estas cosas, decía
mi tío, en tiempo de Carlos III, en que se observaban las reglas de la
etiqueta en toda la nimiedad de su decoro, tan imposible era que bajase
el rey de noche al cuerpo de guardia de su palacio, como que la luna o
una estrella se hubiese caído a la tierra; y, sin embargo, siendo esto
notorio, nadie era atrevido a jugar en aquel sitio, al paso que entonces,
habiendo continuo peligro de que asomase Fernando de repente a
sorprender a los jugadores, no por eso faltaba el juego prohibido en los
mismos lugares antes tenidos por sagrados. No cabe explicar mejor la
diferencia entre la monarquía antigua y la nueva, aunque, según las
pretensiones de la última, ambas eran una misma.