Capítulo XXVIII
El autor es nombrado secretario en el Brasil.-A su paso por Sevilla sabe
los nuevos proyectos revolucionarios.-Conocimiento con Mendizábal.-
Llegada a Cádiz.-La conspiración y la actitud del conde de La Bisbal.
Los dos Istúriz y el Soberano Capítulo.-Propaganda masónica en el
Ejército.-Taller sublime.-Proyecto de La Bisbal, que el autor combate.
Fuesen las que fuesen mis opiniones, ya estaba, como llevo dicho,
dispuesto a servir al Gobierno que despreciaba y aborrecía, y así acepté
con gusto la secretaría de la legación de España en el Brasil, con que fui
agraciado en noviembre de 1818. Mi nuevo empleo apenas era un
ascenso del que tenía en 1813. Sólo ganaba algo en sueldo, teniendo el
de dieciocho mil reales anuales, con casa y mesa. Me preparé a salir
para mi destino. Hubo, sin embargo, algunas dilaciones. Besé, como era
debido, la real mano por la merced recibida y ofrecí mis humildes
servicios a la reina, al lado de cuyos padres, que también lo eran de la
infanta mujer de don Carlos, iba a servir mi empleo, circunstancia que
hacía aquella legación más importante o apetecible que otras, siendo
posible por medio de aquella corte adquirir favor en la de España. En
esto no pensaba yo, siendo mi único deseo servir alejado de la política
interior de mi patria. Antes de emprender mi viaje, en los últimos días
del año, murió de repente la reina, próxima a parir, y con ella la
criatura que llevaba en sus entrañas. Causó general y verdadero dolor
tal suceso, prometiéndose las gentes del real alumbramiento cercano y
del carácter atribuido por la opinión a la difunta grandes facilidades,
cuya índole y extensión nadie explicaba, y entre ellas actos de
clemencia con los perseguidos. No participaba yo de estas esperanzas,
ni les daba gran valor, porque todo cuanto no llegase al establecimiento
de un Gobierno constitucional, aún no siendo el de 1812, no alcanzaba
a satisfacerme, y era mirado por mí con alto desprecio. Con motivo del
fallecimiento de la reina, casi todos cuantos solían manejar la pluma, ya
en jocoso, ya en serio, expresaron el dolor que sentían o aparentaban,
menos yo, aunque no faltaron quienes me indicasen que hacerlo sería
conveniente. Al revés, habiendo caído malo mi amigo Mora, y
necesitando decir algo en su periódico del trágico suceso de que todos
hablaban, me rogó que le escribiese el artículo, y yo consentí, pero
poniéndole por condición que guardase el más profundo secreto sobre
ser obra mía lo que sobre el asunto se escribiese; de suerte que hubo la
singularidad de que, habiendo salido el escrito a luz, y agradado más
que otros relativos al mismo trágico acontecimiento, llamó la atención
del rey y le inclinó a favorecer al supuesto autor, al paso que yo me
asustaba, no fuera que llegase a saber que la composición era mía y
pasase mi servicio a mi amigo por un acto de rendimiento a la corte.
Mediado enero, emprendí mi viaje a Cádiz. Llegado a Sevilla, hube de
detenerme allí dos o tres días. Como antes he dicho, las máximas de la
masonería estaban a la sazón en tan puntual observancia, que tenía allí
amigos íntimos a quienes trataba y que me trataban con la confianza y
aun con el afecto de tales, no obstante ser la segunda o tercera vez que
en nuestra vida nos habíamos visto.
Entre estos se señalaba don José Grases, capitán de Artillería, con el
grado de teniente coronel, persona de notable valor, de grandes prendas
de caballero, de vivo ingenio, aunque de corta instrucción, de alguna,
vivo, por demás gracioso, franco, y a quien cobré una amistad muy
estrecha después y conservada por largos años de mi vida, siendo una
de mis penas que, habiendo los dos llegado a diferir considerablemente
en opiniones políticas, esta amistad esté, si no acabada, poco menos.
Así, la persona de quien acabo de hablar, como otros hermanos y
amigos, me dieron noticias de la mayor importancia. Los trabajos
masónicos, suspendidos en la mayor parte de España, estaban en
completa actividad en Andalucía, y esta vez no eran mero juego, sino
conjuración crecida y numerosa, cuyo efecto en cuanto a romper en
rebelión contra el Gobierno era seguro y estaba cercano. La crecida
expedición, reunida en aquelldo lugares con destino a Ultramar, era el
instrumento que había de acabar con el despotismo. De su oficialidad,
la parte superior, si no en número, en influjo, era ya nuestra. Los
soldados, llenos de repugnancia a embarcarse, favorecían con celo y
sostendrían con tesón y fidelidad una empresa que les asegurase su
permanencia en el suelo patrio, y lo que importaba, sobre todo, el
personaje encargado del mando de aquel ejército, y también de la
capitanía general de Andalucía y del Gobierno de Cádiz, que era el
famoso conde de La Bisbal, acreditado en la guerra, querido de las
tropas y con grandes calidades militares, siendo masón antiguo y ya
regularizado, conocía el proyecto, le favorecía con poco disimulo, y
llegado el momento de su ejecución, estaba dispuesto a ponerse al
frente del alzamiento meditado. En todo aquello apenas había ilusión; y
yo, que no habría dudado en arrojarme a participar de más dudosa
empresa, me precipité gustoso en aquélla, lleno de fe, esperanza y
ardiente celo. Hablamos entre nosotros de los futuros sucesos como
llegada ya la hora, si no del poco dudoso triunfo, de la segura
contienda, cuyo principio y cuya ejecución excitaban nuestro
entusiasmo. En nuestro trato íntimo, sólo los hermanos eran admitidos,
y así reinaba entre nosotros la mayor franqueza; pero solía mezclarse,
en las conversaciones que teníamos sobre otros asuntos, un hombre
singular, de quien supe que no era masón, y de quien, sin emhargo, se
recataba poco el proyecto que se seguía, aunque no se le descubriese de
lleno. El tal personaje se distinguía hasta por su alta estatura, siendo a
proporción fornido, por la suma singularidad de sus modos, por su
viveza, por su imprudencia en hablar, por la originalidad de sus ideas y
hasta por sus gestos. En el primero y segundo día que me vio,
llamándome aparte, me dijo que lo mejor sería volver a poner en el
trono al rey padre Carlos IV, todavía vivo y residente en Italia, como
dando por supuesto que se trataba de destronar a Fernando VII y que él
y yo estábamos en la conjuración encaminada a este fin. Yo le oí y me
admiré y callé, porque con aquella persona, para mí extraña y no de la
sociedad masónica, no debía franquearme. En seguida, desviándome de
él, pregunté a uno de mis amigos quién era aquel sujeto que tanto golpe
me había dado, y recibí por respuesta que era un dependiente o socio
de la casa de Beltrán de Lis, en la cual teníamos muchos amigos y
hermanos, y entre ellos el joven don Vicente, hijo del principal del
mismo nombre, que era dueño de la mayor confianza de la casa en sus
negocios de comercio, que había estado empleado en las provisiones del
ejército durante la Guerra de la Independencia, y que tenía por apellido
Mendizábal. Tal fue el principio de mi conocimiento con el hombre
después célebre y entonces del todo oscuro, a quien estaba guardado
influir tanto en la suerte de su patria y en la mía propia, siendo mi
amigo privado y político por largo tiempo, dividiéndonos a veces la
profesión de contrarias opiniones y de contrapuesto interés, hoy puesto
en las filas de un bando con el cual estoy compelido a seguir constante
guerra, y a quien como hombre particular debo y profeso aprecio y aun
cariño, hijos del recuerdo de pasados favores, y mantenido por la
consideración de sus buenas calidades, ante las cuales, y aun a los ojos
de todos sus enemigos, muchas de sus faltas como político y ministro, o
desaparecen, o sólo excitan una oposición sin mezcla de odio vivo o
rencoroso.
Después de mi corta detención en Sevilla me trasladé a Cádiz. Allí
fui recibido por amigos de distintas clases, y a los de ambas probé que
no en balde celebraban la venida de un compañero antiguo que
ayudaría con celo a sus trabajos o entretenimientos, ya en la carrera
política, ya en la del vicio ruidoso. Podría, y aun debería haberme
apartado de la segunda, porque estaba restablecido mi concepto con la
gloria que entre mis paisanos había adquirido con terciar en la recién
concluida contienda literaria. Además, venía en calidad de empleado en
servicio, pues si no era el que había de hacer en aquel lugar, de camino
iba para un puesto donde me sería forzoso guardar con escrupulosidad
las reglas del decoro. Pero había cobrado malas mañas, de que sólo fue
poderoso a desprenderme el estímulo constante de la vida política en el
estado posterior de España y mío.
El estímulo de que trato existía, sin embargo, en la hora en que yo
llegué a la ciudad donde estaba el general del ejército expedicionario,
que tenía, asimismo, el mando de la provincia y el particular, así
político como militar, de la plaza. Los trabajos; seguían con viveza. El
conde de La Bisbal estaba muy bienquisto con los gaditanos, cuyo odio
se había acarreado, en 1815, hasta el grado más alto, y cuyo amor
acertó a granjearse en esta nueva época, haciendo para el intento
esfuerzos notables, en que acreditó ser diestro. Veían, aun los no
participantes en la conjuración, pero devotos sinceros y ardientes de la
causa por la cual se conjuraban, que algo se estaba trabajando en favor
de sus opiniones. Ni faltaban entre los conjurados aquellos olvidos de la
debida reserva que tan comunes son en tales casos, y de donde nace
malograrse los bien concebidos proyectos, cuando el deseo general de
verlos conseguidos no los protege, y al revés, llevarse a feliz remate
propósitos que necesitando secreto para su completa ejecución, se
siguen en público, por hacerse el secreto de todos, menos de aquellos
en cuyo daño se trabaja. Para los conjurados, la cooperación del conde
a su proyecto era más evidente y descansaba en pruebas, aunque por
otro lado se creía más clara y llevada más adelante que lo que estaba
hasta entonces. Sin embargo, no era posible negar que él sabía la
existencia de las logias, su incesante trabajar, y el fin directo e
inmediato a que iban sus esfuerzos. Por otra parte un hecho de no gran
valor en sí, mirado bajo cierto aspecto, pero que considerado por otro le
tenía grandísimo, servía de prenda dada a los conjurados por el general,
que le comprometía con ellos, haciendo común al uno y a los otros la
infidelidad al Gobierno en una materia grave. Al expirar el año 1819,
había sido descubierta en Valencia una trama de las que se estaban de
continuo urdiendo para el restablecimiento de la Constitución caída.
Noticioso de ella el capitán general de la provincia, Elío, hombre de
extraordinario celo en el servicio de la monarquía absoluta, por haberse
comprometido gravemente en su restablecimiento, y además diligente,
osado y severo hasta ser cruel, en vez de proceder por los medios
ordinarios contra los culpados en la hora en que le constó que estaban
juntos, se arrojó en persona a prenderlos, seguido de una escolta de su
confianza, compuesta de soldados conocidos con el nombre de miñones.
Cogió el general de sorpresa a los conjurados celebrando su
conciliábulo, asombrólos con su vista, infundiéndoles, a la par que
terror, deseo de hacer una resistencia desesperada viéndose perdidos;
entró con ellos en una refriega, en que se peleaba cuerpo a cuerpo;
atravesó con su espada al que era cabeza en la Junta, hiriéndole
mortalmente; prendió a los demás, y al siguiente día los envió a todos al
suplicio, pereciendo los infelices arcabuceados por la espalda, salvo su
caudillo, a quien le destinó a la horca, a cuyo pie llegó moribundo o
muerto, y en la que fue colgado siendo ya cadáver. Entre las víctimas,
mereció particular atención y lástima un Beltrán de Lis, hermano de mi
amigo Vicente. Pero de los que formaban el conciliábulo, uno logró
escapárse en la confusión del combate, y se vino de pronto a Cádiz, de
camino para lugar más seguro, dándole asilo la casa de Beltrán de Lis,
como compañero en la empresa, si no en la desdicha, de la persona
querida, cuya suerte lloraban. Supo el conde de La Bisbal la venida de
aquel hombre, y declaró a los hermanos de más cuenta que no había
para qué huyese más el perseguido, pues allí donde él mandaba podía
considerarse seguro. Cumplió fielmente esta promesa, y el que, en otra
porte de España descubierto, sin duda habría ido a participar de la
suerte de sus compañeros, vivía libre y en paz en Cádiz, y hasta se
paseaba, aunque con alguno, pero no mucho recato. A esta prueba de
la complicidad del conde añadía otras de clase diversa. Sin embargo, su
trato con los conjurados era reservadísimo y tal, que la naturaleza y
extensión de sus compromisos a nadie estaba patente, pudiéndose creer
que él mismo en su interior la ignoraba y aun no quería explicársela del
todo.
La conjuración estaba ordenada del modo siguiente: un cuerpo
supremo y misterioso, de cuya existencia había noticia, suponiéndole
dueño de gran fuerza y activo y celoso en sus trabajos, tenía la
autoridad superior en la provincia, y estando a la sazón sin cabeza la
masonería española regularizada, obraba como Gobierno de potencia
independiente. Era fama que celebraba sus juntas en la casa de la
familia de Istúriz, familia muy respetada en Cádiz, de las de más nota y
antigüedad en la clase superior del comercio, enlazada con militares, de
los cuales algunos llevaban a sus pechos las cruces que eran distintivo
de nobleza rica y decaída, con concepto de caudal superior al que le
había quedado; ostentosa en su modo de vivir, con algún entono en su
lujo, y por esto mirada con envidia por los más humildes, pero de la
envidia que reconoce superioridad en el objeto envidiado. De esta
familia, uno se había señalado ya en la carrera política, y otro, dueño de
bastante concepto en la ciudad donde vivía, era conocido y aspiraba ya
a señalarse. Era el primero don Tomás Istúriz, diputado que había sido
en las segundas Cortes, o dígase las ordinarias de 1813 y 1814, y que
en ellas había hecho de los primeros papeles, antes síndico del
Ayuntamiento de Cádiz en la hora en que se presentaron los franceses a
ponerle sitio, origen de la creación de la afamada Junta de la misma
ciudad en 1810, y uno de los miembros más activos del cuerpo que se
había creado, de talento, de instrucción, si no profunda, varia, de
temple de alma fuerte y aun violento, condenado a la sazón a presidio,
pero sin padecer la condena, por haberse puesto en salvo a la caída del
Gobierno constitucional, cuando vio venir encima la persecución con la
llegada a Madrid del mal dispuesto Fernando. Su hermano, don
Francisco Javier, residente en Cádiz, tenía con él mucha semejanza y le
amaba entrañablemente, siendo también de condición violenta, aunque
cortés por extremo, de vivo ingenio, de varia si no bien extensa lectura,
de gran conocimiento de los hombres, perseverante en sus propósitos,
blasonando de su ambición lícita y de su poca ternura, salvo en lo
relativo a su familia, y con algo de indolencia, hasta entonces mezclada
con su deseo de distinguirse, como hombre dado a una vida muelle,
generoso con fausto y todavía poco señalado, a no ser por lo que se
extremaba en darse a deleites, si bien conocido por su ansia de tener a
su lado a su hermano, y asimismo de vengarle. Conocía yo a este
personaje, con quien después me han ligado las más estrechas
relaciones de amistad política y privada, sólo por haberle visto con
frecuencia, y hablado alguna vez en las calles, y porque, como en su
lugar dejo dicho, cuando fui recibido masón le encontré entre los que
formaban la logia. A su alrededor estaban otras personas de cuenta en
Cádiz, pero fuera de corta fama, de cierto saber, no muy exacto ni
profundo, de ideas políticas más o menos extremadas, pero todas
favorables al Gobierno popular, cuando no a la Constitución de 1812.
Figuraba de los primeros entre ellos don Juan M. de Aréjula, facultativo
de bastante fama, si bien no de grande instrucción y de pocos alcances
en política, aunque constitucional conocido. Éste era el conducto
principal entre los conjurados y el conde, al cual, por su profesión,
podía acercarse con frecuencia sin ser notado. Pero el cuerpo que tanto
concepto merecía a quienes bajo su dirección obraban era un embrión,
y, además, desidioso y de poco arrojo. En verdad, no pasaba de ser una
tertulia donde se trataban de cuando en cuando negocios políticos, y
entre la cual y el general había algunas y no frecuentes
comunicaciones. Entre tanto, las activas logias procedían muy
persuadidas de la importancia y magnitud de los trabajos de aquella su
autoridad suprema, y esta equivocación resultaba provechosa, porque
daba bríos a los conjurados creer que dependían de un poder
escondido, hábil y robusto. Corría en tanto el tiempo, y veíase estar
reacio el conde; los preparativos de la expedición no cesaban, bien que
no se descubriese cercano el temido momento del embarque. A la
imprudencia de algunos que empezaban a engendrar en sus ánimos
sospechas de la sinceridad del general, respondían, queriendo negarla,
otros que estaban o aparentaban estar, o por fiar en informes para ellos
fidedignos, se creían bien enterados de la situación de las cosas, que el
de La Bisbal no encontraba el ejército bastante trabajado para poder
lanzarse a tan audaz empresa con seguridad de pronto feliz suceso, por
lo cual encargaba extender las afiliaciones en la sociedad masónica
entre los ofíciales. De esto nadie descuidaba, y así fueron recibidos en el
gremio de la sociedad personajes a quienes recomendaba su mérito y a
quienes dieron grande importancia los sucesos de allí a poco ocurridos.
Entre ellos se contaba el segundo comandante del batallón de Asturias,
don Evaristo San Miguel, de aventajados estudios y conocimiento
literarios de no común extensión, y de algunas singularidades en sus
hábitos. También le acompañó en ser afiliado su hermano y superior el
primer comandante del mismo batallón, don Santos, oficial de buen
concepto como tal, pero de pocas letras. Andando el tiempo, también
vino a las logias don Antonio Quiroga, coronel graduado y comandante
del batallón de Cataluña, entonces notable por su buena presencia y
por ser muy querido de sus oficiales, sargentos y soldados. Al tiempo
mismo que se hacía la conjuración con estos elementos, pensábase en
emplearlos de una manera ventajosa. Las logias no paraban de
practicar los ritos masónicos. Verdad era que se les daba un significado
que en otros tiempos y países algunos 1es suponen, otros los niegan, y
nadie se mete a explicar; verdad que mil insinuaciones, aun dentro de
los conciliábulos, mostraban irse a un fin político no sólo en general y
para tiempo remoto, sino en derechura y con poca demora; verdad que
a muchos traía a ser sectarios la certidumbre de no tardar en ser
campeones de la libertad contra el despotismo, en seria contienda. Pero
al fin nada se hacía que llevase adelante el gran proyecto, en cuya
ejecución sabían todos que se trabajaba. Suponíase que el cuerpo
supremo, llamado Soberano Capítulo, hacía maravillas; y como la
obediencia era voluntaria y grandes las esperanzas y la fe, pocos
dudaban de la aptitud o del celo de la autoridad encubierta a que
servían.
Pero este cuerpo supremo, que trabajaba poco y conocía el estado de
las cosas, determinó crear otro que preparase el levantamiento cercano.
Hízose según dispuso la autoridad, y fue creado un cuerpo intermedio
entre las logias y el Soberano Capítulo, dándosele el nombre de Taller
sublime, lo cual era y no era hablar el lenguaje masónico, pues tal
cuerpo, aunque las palabras con que se le señalaba y la acepción en
que eran usadas fuesen de la secta, al cabo no existía entre los
conocidos en la masonería extranjera o la española regularizada.
De este Taller fui yo, con el título de su orador; de éste eran San
Miguel y otros personajes de concepto. Empezóse, desde luego, en él a
trabajar sin rodeos, sin embozar con palabras las cosas, en el
levantamiento del ejército contra el Gobierno para derribarle. Hiciéronse
planes de movimientos de tropas y de Gobierno para las primeras horas
del alzamiento; extendiéronse hasta manifiestos y proclamas. Nada se
hablaba de la Constitución de 1812; nada, tampoco, de república, en
que no se pensaba; nada del rey o de persona con quien pudiese
sustituirsele, dejando todo esto al voto de la nación para hora posterior
a la de la pelea y la de la victoria. El fin era declarar que en España
había de haber un Gobierno de los llamados libres o populares, esto es,
un cuerpo de representantes de la nación que compartiese con la
potestad ejecutiva el poder político; un Gobierno donde gozasen de latos
derechos individuales los gobernados, viviendo bajo el amparo de las
leyes, y no sujetos a la voluntad de los gobernadores. Ya se entiende
que hablo el idioma de aquellos tiempos, el cual, habiendo hoy más
experiencia de los sucesos y más conocimiento de las doctrinas, ha
variado algo, pero no mucho, a no ser en aquellos en quienes los
desengaños han venido a producir una incredulidad que da por falsos
todos los dogmas, y por ilusiones todas las esperanzas y las promesas;
situación de ánimo de que yo, desengañado como quien más y lleno de
dudas, no enteramente participo.
La hora en que había de romper la guerra no era segura, ni tocaba al
Taller sublime señalarla, ni aun saberla a punto fijo, hasta que
estuviese cercana. De esto trataba el Soberano Capítulo con el general.
Pero las comunicaciones entre ambos eran poco frecuentes y nada
claras. En verdad, el Soberano Capítulo hacía poquísimo y no por culpa
suya, sino porque, según estaban dispuestas las cosas, nada tenía que
hacer, por mucho que fuese su celo. Empezamos a traslucir esto varios
de los que, siendo de un cuerpo inferior, le andábamos muy próximo.
Pero el descubrimiento sirvió sólo de estimularnos a obrar con más
actividad para hacer lo que de otros se suponía que tenían hecho.
Corrió la voz por entonces de que el conde de La Bisbal pensaba en
comenzar su empresa haciendo al rey una representación donde le
pidiera que cumpliese las promesas que a la nación había hecho en su
decreto de 4 de mayo de 1814, dándole un Gobierno constitucional y
juntando Cortes para el intento. Tal representación, salida de quien
mandaba un ejército, el único crecido y bien dispuesto que había en
España, era un acto de rebelión mal embozada. Agradaba, sin embargo,
al general comenzar así, y muchos aplaudían su idea, y otros, sin
aprobarla, consentían que fuese llevada a ejecución, suponiendo que,
una vez comprometido con semejante paso, habría de dar los que del
primero eran consecuencia forzosa. Sabedor yo de esto, lo desaprobé
altamente. Sin pedírseme consejo, tuve por conveniente dar uno
oficioso. Trabajé un escrito de medianas dimensiones sobre la cuestión,
y le envié, por mano de un amigo, a los del Soberano Capítulo. Con
escrúpulos más honrados que juiciosos, vituperaba que por liberales
fuese invocado el execrable decreto de 4 de mayo, manifiesto del
despotismo contra la libertad. Con buenos argumentos probéles que la
representación sería un acto, por parte del general, tan de rebelde como
cualquiera otro de más violencia, y con todo eso de menos eficacia.
Declarábame, además, contra reconocer, desde luego, a Fernando por
rey. Mi deseo era una mudanza de dinastía; pero no lo manifestaba de
lleno, y, lo es peor, yo mismo no tenía en la mente un candidato para el
trono que anhelaba y proponía dejar vacante. Ocioso parece decir que
este escrito sirvió de poco. El general no lo vio, y el Soberano Capítulo
nada resolvió sobre su contenido.
Capítulo XXVIII
Published on Marzo 10, 2008
in Artículos españa.
Tags: actos, alumbramiento, daba, desprecio, dolor, don carlos, gentes, gusto, humildes, la reina, mano, merced, mirado, propaganda, sevilla, sin embargo, suceso.










