Capítulo XXXI
El autor visita el cantón de Alcalá de los Gazules.-Intenta pesar a Arcos
y un mensajero lo detiene.-En Villamartín recibe y alienta a los
representantes de varias logias.-Propone a Quiroga para ser jefe del
alzamiento.-Resuelve volver a Cádiz.-El hospedaje de los Carmelitas del
Valle.-Visita la logia de Medina Sidonia.-Pasa el cordón unitario.-
Recursos pecuniarios de los conjurados.-El autor va a pedir su
cooperación a Istúriz.-Recibe y lleva él mismo a su casa una talega de
plata.
Salí de Cádiz sobre el 20 de noviembre. Llegado a San Fernando,
encontré allí un hombre con un caballo que me esperaba en la batería
del portazgo, donde el primero y principal, y por entonces ya casi el
único de los cordones sanitarios, estaba establecido. No llevando yo
trazas de persona de suposición, quebranté las leyes sanitarias bajo el
amparo de mi guía, ducho en la materia, como las quebrantaban los
pobres, esto es, dando una corta propina al sargento de la guardia, que
no le fue entregada por mi mano.
Mi primer parada había de ser en Alcalá de los Gazules. Allí había
un batallón del Ejército expedicionario, y allí, también, estaban varios
de los oficiales superiores, presos el día 8 de julio en el Palmar del
Puerto, siendo el de más nota por su graduación Quiroga. Pasé a
hospedarme en su prisión, y vi, desde luego, cosas que probaban estar
el Gobierno de España caído. Los presos estaban de derecho en
incomunicación rigurosa, y de hecho no sólo en comunicación, sino aun
en libertad. Yo fui a hospedarme en la prisión de Quiroga, y tuve una
cama en su mismo dormitorio. Juntábase allí una tertulia, se jugaba al
tresillo, se hablaba, y cuando no había extraños, se llevaban adelante
los trabajos de la conjuración completa. Ni paraba aquí el escándalo.
Quiroga era aficionado a jugar al billar, y gozaba de esta diversión en el
público, que estaba en una calle principal del pueblo. Desde allí,
asomándose a la puerta con el taco en la mano, veía pasar y saludaba a
la guardia que iba a custodiarle, cuyo comandante llevaba estrecho
encargo de no consentirle que hablase con persona alguna o recibiese
papeles. Y nótese que en el batallón de España, residente en Alcalá de
los Gazules, no todos los oficiales eran conjurados o masones, faltando
esta calidad en alguno de los comandantes pero en todos era común la
opinión de que aquellos presos, siendo como eran reos de Estado, no
podían recibir trato menos indulgente.
Mi estancia en Alcalá se dilató uno o dos días. Esperaba allí noticias
para encaminarme a otro punto más en el centro de los
acontecimientos, donde acudirían a tener vistas entre sí y conmigo
representantes de varias logias. Ciertas conversaciones en aquella
primera parada de mi viaje me persuadieron de que sería posible lo que
menos lo parecía, y era dar con quien se encargase de hacer de general
en el alzamiento.
Esto a que se resistían todos, Quiroga lo deseaba. Insinuómelo como
puede insinuarse semejante deseo, y yo, conociendo que hacía falta uno
que se titulase general, fuese quien fuese, en mi interior formé el
proyecto de satisfacer la ambición de aquel que lo pretendía, sin que
nadie, no ya le disputase la pretensión, sino se aviniese a recibir la
misma peligrosa dignidad si con ella se le brindase. Poco más que
formar este proyecto pude hacer en aquel lugar. Presidí con todo una
logia para recibir un nuevo hermano, en circunstancias que retratan la
naturaleza de los tiempos.
Fue el lugar de nuestra Junta una cueva de poca profundidad,
abierta en el cerro donde está situada la villa de Alcalá de los Gazules;
mi asiento, una piedra, quedándose los demás en pie; la hora, la mitad,
del día, y el aparato del recibimiento, ninguno; practicáronse, sin
embargo, algunas de las ceremonias usadas en tales ocasiones, pero
todo ello aparecía lo que era, mera junta de conjurados a quienes la
masonería servía de instrumento, y en quienes el entusiasmo daba
valor a los ritos, ya fuesen practicados con algo de pompa teatral, ya
con desnudez acaso más significativa. Al fin salí de Alcalá y me
encaminé hacia Arcos de la Frontera, donde estaba el cuartel general
del Ejército. Mandábale a la sazón don Félix Calleja, que había hecho su
carrera principalmente en América con próspera fortuna y lucimiento, y
merecido a su vuelta a España el título de conde de Calderón, en
premio de una victoria ganada en el virreinato de Méjico, en el lugar del
mismo nombre. Aunque gozaba este general de buen concepto, siendo
reputado hombre muy idóneo para mandar la expedición, una vez
llegada a las lejanas tierras que iba a conquistar, era poco a propósito
para salvar al Gobierno español del peligro que le amenazaba de parte
del Ejército expedicionario, cuya situación no conocía, teniendo de los
sucesos de la conjuración poco antes sofocada sólo ideas vagas y
confusas. A sus órdenes, y al frente de su Estado Mayor, servía el
mariscal de campo don Blas de Fournaz, francés de nacimiento, pero
entrado desde su juventud al servicio de España; acreditado en la
guerra de la Independencia por su conducta en el Ejército de Cataluña;
valeroso y tal vez de alguna habilidad en su profesión militar, pero nada
entendido en materias políticas, y tan corto en alcances, que habiendo
estado al lado del conde de La Bisbal en la mañana del 8 de julio, en el
Palmar del Puerto, y en los días, inmediatamente anteriores y
posteriores, nada había comprendido o podido averiguar de aquellos
sucesos, Y. por consiguiente, servía poco al conde de Calderón para
enterarle de lo que era necesario que supiese. En la plana mayor del
Ejército, muchos eran participantes en la trama renovada, como lo
habían sido en la antigua, y éstos vivían en acecho de los pasos del
general, informando a sus amigos y cómplices de cuanto ocurría, y
cuidando al mismo tiempo de estorbar que llegasen a la autoridad
superior informes de lo que contra el Gobierno se estaba tramando. Aun
así, no dejaba de haber por parte de los que mandaban algún cuidado,
que les hacía estar de vigilancia; pero siendo tan vago aquél y tan
desacertada ésta, que ni con un solo hilo tropezaron de los que se
estaban cruzando por todas partes. Podía, sin embargo, una
imprudencia nuestra servir de mucho a nuestros contrarios, porque
tropezando con alguno de nosotros podrían conocer más o menos la
situación del lugar donde estaban a oscuras. Por esto habría sido
peligrosa mí ida a Arcos, donde bien o mal estaba al frente de una
Policía un oficial llamado Espada, celoso de la causa del rey, si bien no
agudo. A Arcos, sin embargo, me encaminaba ya, aunque dudoso de si
me convendría entrar, cuando yendo de viaje por la desierta campiña
divisé viniendo hacia mí un oficial con su asistente, y llegando más
cerca uno de otro, conocí ser el de Artillería Bustillos, amigo mío, de
quien creo que antes he hablado. Apeóse y vino a mí, declarándome que
no traía otro objeto que el de encontrarse para impedir mi entrada en
Arcos, la cual me pondría en grave riesgo de perderme, llevando consigo
la ruina de la conjuración entera. Sólo quien ha vivido en estos lances y
quien anduvo en ellos cuando, sobre otros atractivos, tenían el
grandísimo de la novedad, es capaz de conocer cuánto excitan la
imaginación y los afectos estos sucesos de peligros, encuentros y
misterios, todo ello en un empeño de la primera magnitud y cuando el
exceso del celo impide el influjo del interés y de a la ambición el
carácter de pasión noble. Pronto hicimos nuestro plan nuevo. Pasamos
la noche en la casa de una viña, a alguna, bien que no larga distancia
de la ciudad, donde el amo, llamado el tío Zalazar, nos hospedó con
cariñoso agasajo, imitándolo su familia, buenas gentes todas ellas y
nada recelosas del objeto que por allí nos llevaba, no sospechando que
hubiese en el mundo conjuraciones. Dormí allí, sin más cama que el
suelo cubierto de paja, pero me entregué al sueño muy regaladamente.
Con el amanecer del nuevo día volvimos a nuestro viaje. Pensamos
primero en ir a Bornos, que era el pueblo más cercano; pero algunas
razones nos disuadieron de ello, dándonos a temer que no sería allí
completa nuestra seguridad, por lo cual determinamos ir a parar a
Villamartín, donde apenas había motivo de temor, estando allí algunos
de nuestros más celosos compañeros. En Villamartín me detuve tres o
cuatro días, que no pasaron desaprovechados.
Circulándose la noticia de mi llegada, acudieron a verse conmigo
representantes de las logias militares que había en los pueblos vecinos.
Dime yo mucha importancia, ejerciendo mi cargo de visitador; hice
alarde de mi alta dignidad masónica; presenté mis papeles, recalqué
mis títulos y ponderé el poder del Soberano Capítulo, por el cual venía
diputado. Fui creído, porque al cabo, sabiendo mi buen empleo, nadie
creía que yo me aventurase tanto sin contar con fuerza que diese
probabilidad de triunfo a la empresa en que tanto me comprometía.
Tuve que responder a muchas preguntas, sobre si había en Cádiz
dinero o si estaban entre nosotros muchas gentes de suposición de la
ciudad; curiosidades que yo satisfacía con palabras preñadas, aunque
nada veraces, no del todo mentirosas, dándome motivo para no hablar
más claro el misterio en que, según las reglas de la sociedad masónica,
deben envolverse las autoridades superiores. Bien hube de portarme,
porque es lo cierto que llené de aliento y de esperanza a cuantos
asistieron a aquellas conferencias. Tratóse en ellas del nombramiento
del general, y yo propuse, que pues ninguno de los que lo eran quería
tomar a su cargo el papel de caudillo en la ejecución de la proyectada
empresa, creásemos uno que debiese a nuestra elección su grado. Aún
pasé adelante, pero esto no en público, sino en particular a algunos de
mis amigos, e indiqué que convendría que el nombramiento recayese en
Quiroga. Algún asombro causó mi propuesta, pero yo la sostuve con no
malas razones. Era coronel, aunque graduado, y de los compañeros que
nos quedaban pocos tenían grado, igual y ninguno superior, salvo el
brigadier don Demetrio O’Daly; pero éste, a la sazón, estaba preso en el
castillo de San Sebastián de Cádiz, y por consiguiente no podía hacer de
cabeza en el rompimiento y en los casos que inmediatamente le
siguiesen, sin contar con que de seguro él no quería tomar el mando
supremo, aunque sí una parte correspondiente a su clase en aquella
tentativa. Quiroga, además, había probado tener cierto don de mando
en el del batallón de Cataluña, por el cual había estado querido con
idolatría. Por último, y éste era mi principal argumento, de los
conjurados presos o libres de grados superiores que hasta entonces
habían hecho papel en la conjuración, él solo se mostraba codicioso del
mando, negándose los demás a aceptarle cuando se les ofrecía.
Quedóse aquí mi propuesta, no habiéndose de ser la elección hasta
pasado algún tiempo, y tocando dar su voto en ella a todas las logias.
Conseguido ya el objeto de mi viaje, que era el de infundir ánimo y dar a
entender que se contaba con auxilios, única cosa necesaria para dar
efecto a la fuerza de que éramos dueños, emprendí mi vuelta a Cádiz.
Mi primera parada fue en casa del tío Zalazar, a quien había cobrado
buen afecto. Cogióme la noche de aquel día cercano a un convento
llamado del Valle, de los que solían tener los carmelitas descalzos en los
parajes alejados de las poblaciones y apellidados desiertos. Estaba
situado aquel pobre edificio en un lugar delicioso, donde terminando
una sierra áspera, si no elevada, se abre a la vista un delicioso valle
donde corre el río Majaceite, hecho en época posterior famoso por un
suceso notable de los de nuestras guerras civiles. Había yo oído hablar
mucho del buen hospedaje que daban aquellos religiosos, que vivían
con cierta especie de regalo, según era común fama. No obstante lo
mucho que tenía de incrédulo y de enemigo de las órdenes monásticas,
lo que en mí había de poético daba cierto hechizo a aquella residencia, y
a aquella gente que en su retiro sacaba partido de la soledad,
haciéndola agradable en cuanto serlo cabe. Por mil razones, pues, tenía
por seguro que pasaría una buena noche en el convento. Así fue que,
llegando a él ya bien entrada la noche, dejé en la vecina casa de un
yegüero mí cabalgadura y al hombre que conmigo venía, y llamé a la
puerta del convento. Admiró mi llegada; preguntáronme de adentro
quién era y qué quería, y respondí pidiendo hospedaje. Diéronmele,
aunque a las claras de mala gana, no tanto por falta de voluntad cuanto
por su pobreza, que no les consentía recibir huéspedes. A poco de haber
entrado ya estaba de veras arrepentido de haber elegido aquel lugar
para pasar la noche. Fuese lo que fuese el convento, antes de la
dominación francesa y en los días felices para los monacales, ello es que
desde su repoblación, en 1814, estaba en una situación lastimosa. En
mi vida he visto hombres más rudos y toscos que los pocos pobres
frailes allí encerrados. Puesto con ellos en cotejo el tío Zalazar, sabía mil
veces más lo que pasaba por el mundo. Pedí alguna cosa de cenar, y
viéndolos apurados porque nada tenían, insinué que me contentaría
con unas sopas. Pasaron a hacérmelas, y como estuviese escasísimo el
aceite, el fraile cocinero escurrió en la cazuela el candil, con su
correspondiente trozo de pavesa. Tras de esta regalada comida, en
probar la cual acredité la fortaleza de mi estómago, pasé a una cama
correspondiente, hecha en el suelo en una como cueva húmeda llena de
trigo. No bien apagué la luz, que hubo de ser pronto, por no prometer
ella larga duración, me quedó a disfrutar de aquel asilo entre tinieblas
en la larga noche del 29 al 30 de noviembre. No tardé en notar que tenía
nada grata compañía, compuesta de unos gusanillos que cría el grano y
que se me metían en las narices, en los oídos y en los ojos, y de un
crecido número de ratas, animales mirados por mí con frenética
aversión, y que pasearon más de una vez por encima de mi cuerpo. Al
fin llegó el día, y con él mi redención de aquel durísimo cautiverio.
Saludé a los pobres frailes en despedida, y los socorrí con alguna
limosna. Volví la espalda renegando de mi idea de haber tenido tal
capricho, y desengañado del pensamiento vulgar respecto a las
comodidades de que disfrutaban los frailes, cuya vida, salvo en algunas
excepciones, era dura, bien que como los del convento del Valle pocos
podrían pasarla.
Al caer la tarde del día siguiente, estaba de nuevo en la prisión, o
dígase en el alojamiento de Quiroga. Sólo pasé allí una noche,
urgiéndome volver a Cádiz. Pero a mi vuelta pareció oportuno y aun
necesario a mis amigos que visitase la logia del batallón de la Corona,
acuartelado en Medina Sidonia. Este paso era para mi peligroso, pues
sin contar con que seguían allí mi tía y mi hijo, a los cuales no vería, y
de quienes, aun viéndome, sabía que guardarían secreto en punto a mi
presencia, en aquella ciudad era yo conocido de casi todo el mundo,
estando más o menos emparentado con las personas de alguna
suposición, y no ignorando quién yo era las de la clase media, y aun
muchas de las bajas. Hube de esperar para mi entrada que fuese muy
de noche. Avisados algunos de los oficiales hermanos de que debía
llegar, salieron al campo a recibirme, y apeándome yo de mi caballo a
algún trecho de la población, entré con ellos a pie, sin que reparase en
mí persona alguna. Pasé bien aquella noche, presidí una logia y recibí
en ella masón a un oficial llamado don Miguel Bádenas, célebre por su
humor festivo y alocado, por el cual se había hecho famoso hasta en el
bullicio de Madrid, y a quien después tocó figurar en algunos actos del
ya efectuado levantamiento. Salí de Medina al amanecer sin ver a mi
hijo, prohibiéndomelo la prudencia. Quedábame pasar el cordón para
entrar en la isla Gaditana. Creíalo cosa fácil, pues no suponía que
hubiese rigor para impedir pasar del país sano al que no lo estaba aún
del todo, cuando del enfermo al sano había podido trasladarme tan
fácilmente, sin riesgo de llevar el contagio. Pero hablando yo de ello con
el hombre que me acompañaba, y en cuyo caballo venía montado, me
dijo, con gran sorpresa mía, que había todavía más riguriá (rigor) para
no consentir ir en busca de la epidemia, que para sacarla y
comunicarla. Malo era esto, porque no iba preparado a vencer
obstáculos imprevistos. Agregóse que mi compañero, bien enterado del
estado de las cosas, me informó de que tocaba aquel día estar de
guardia en el cordón a un sargento o cabo malismo, según su sentir;
hombre tan malo, me añadió, que había juntado la guardia y dicho a los
soldados que, pues, el rey les daba su paga y pan, de nadie debían
recibir dinero para dejarle pasar. Admiré yo de pronto cómo, en su moral
errada, aquel pobre ignorante calificaba de malo a quien tan
rigurosamente cumplía con su obligación; pero bien pensado, he visto
que, aun para las gentes instruidas, suele ser malo lo que les estorba el
cumplimiento de sus deseos. En esto llegamos al cordón, no ya sin
inquietud mía, pues en quien está metido en empresas peligrosas y
grandes, infunden y deben infundir gran cuidado incidentes pequeños,
de aquellos que en circunstancias ordinarias causan molestias que se
pasan pronto, y en las extraordinarias pueden producir el
malogramiento o el descubrimiento de los proyectos mejor concertados
o más ocultos. ¿Qué sería de mí, y qué podría sobrevenir quedándome
yo sin poder pasar a Cádiz, o siendo encontrado en el acto de intentar
atravesar el cordón? Embebido en estos pensamientos, me acerqué al
lugar donde hacían alto los que se quedaban fuera.
Apenas pagué al hombre, le dejó su caballo y le rogué que se
estuviese a la vista por si necesitaba irme con él de retorno. Sin saber
qué hacer con el sargento o cabo de cuya integridad, que para nosotros
era maldad, ya he hablado, estaba yo parado junto al glacis de la
batería. Parece patraña lo que voy a contar; pero es la verdad pura,
como todo cuanto refiero, y prueba qué casualidades sacan de pasos
apurados. Paseaba la centinela por el camino cubierto, y yo al borde de
él, en el glacis, me había sentado en el suelo y seguía inmóvil. Acordéme
de pronto de lo que había oído contar del famoso fraile escritor que con
el título de El Duende se hizo tan notable en la corte de Felipe V, y cómo
estando preso y quedándose sólo la centinela, en un momento de estar
abierta la puerta se había ido para el soldado, puéstose a su espalda,
seguídole casi cosido a su cuerpo, pero sin ser sentido, dando la vuelta
con él, echado a huir mientras caminaba al lado opuesto la centinela,
dada la media vuelta. Ocúrreme hacer algo parecido; observo, veo que
nadie me advierte y que la centinela también me volvía la espalda en su
paseo. Hago un movimiento de pronto, hecho los pies hacia el camino
cubierto desde el glacis, caigo al suelo, póngome en pie, y cuando la
centinela volvía échome de bruces sobre el borde del camino cubierto,
mirando hacia el lugar de que había venido. Paisano, atrás, ahí no se
llega, dijo la. centinela, juzgando que era de los de adentro y que me
acercaba a la línea del cordón más que lo que debía. No me lo dejé decir
dos veces, sino que aprovechando equivocación tan feliz, buscada por
mí, y hallada con tan buena fortuna, eché a correr hacia la ciudad de
San Fernando. Dos días después recibí mi hatillo, dejado fuera, y que
pasó el cordón cuando hubo de guardia gente no tan mala como con
quien yo tenía que habérmelas.
Mi vuelta Cádiz fue triunfante. Había encontrado las cosas en buen
estado, y mis esperanzas entonces, más alegres que en otra época
alguna de mi vida, eran superiores aun a lo que prometían, bien
consideradas las cosas. Desde mi regreso, las comunicaciones entre el
casi imaginario Soberano Capítulo y el Ejército fueron muy frecuentes.
Casi extinguida la epidemia, sí aún existían los cordones, era para que
se quebrantasen mucho más que se hacía cuando el miedo en muchos
movía a respetarlos o a exigir que otros los respetasen. Veíase próximo
el momento de llegar el Ejército a Cádiz y sus inmediaciones, y no
lejana la salida de la expedición, si el levantamiento no se ponía de
estorbo. No había, pues, tiempo que perder. Por causas de que no me
acuerdo hízose necesario enviar de nuevo un visitador al Ejército, Y esta
vez fue Vallesa. Detúvose pocos días, y volvió con buenas noticias en
cuanto a estar adelantados y seguir animosos y activos los trabajos.
Pero lo que hacía falta era dinero para el rompimiento. En el Ejército
nos suponían dueños de toda la riqueza de Cádiz, y la que teníamos los
conjurados era corta, pues la parte de mi caudal que no tenía en
América estaba expirando, y si Montero no era pobre, no tenía para
sostener revoluciones, al paso que los demás que seguían al frente de la
conjuración en Cádiz casi nada poseían. Mendizábal sabía esto bien,
pero allá en el Ejército mantenía las ilusiones, daba de lo suyo cuanto
podía y nos exhortaba a buscar de cualquier modo, si bien él, enterado
de cuántos y quiénes éramos, lo estaba de la escasez de nuestros
recursos. Montero se desprendió de cuarenta mil reales, suma para él
crecida. Olegario de los Cuetos se fue a un comerciante, su amigo, con
quien tenía algún crédito, y sobre su responsabilidad, para negocio
suyo privado, le pidió mil pesos fuertes, que le fueron dados, y puestos
por él inmediatamente a disposición de la empresa. Supimos que por
aquellos días había vuelto de Lisboa a Cádiz Istúriz, persuadido de que
ya para él había pasado el peligro. Vivía (según
nos informaron), si no en apartamiento de sus amigos, con cierta
cautela y reserva, muy retraído de los negocios políticos, cual convenía
a la situación, estando, por demás, desconfiado en punto a que pudiese
hacerse con cortos medios y sin cabeza lo que con muchos, y estando el
conde de La Bisbal puesto al frente, había tenido un paradero tan
lastimoso. Diputáronme, sin embargo, para verle y pedirle dinero,
creyéndole nosotros, como todos, dueño de grandes caudales, que no
tenía. Como yo en Cádiz salía de noche y recatado, fui a hora poco
después de anochecer a verme con él, mi conocido, todavía más que mi
amigo, aunque mi hermano. Nunca había sido concurrente a su casa, y
su entono me disgustaba, chocando su orgullo con el mío. Presentéme y
expúsele lo que había y lo que de él se solicitaba. Recibióme con el
desprecio cortés que en él es común, harto más ofensivo cuanto no
provoca de pronto a quejarse de él como de una ofensa. Ridiculizó la
conjuración, pareciéndole temerario que oficiales sin general y paisanos
sin dinero o influjo en Cádiz pensasen todavía en hacer lo que se había
malogrado a personas dueñas, por muchos títulos, de un poder crecido.
Para no ofenderme alabándome de talento, me dijo que en mí la
revolución se había hecho una monomanía, y que la tenía en las
narices, para no ver más que a ella, y verla a todas horas. Respondía yo
como mejor podía a cosas que por más de un lado me lastimaban,
reprimiendo mi enojo, porque tal era mi fanatismo entonces, que habría
dejado quizá que me maltratasen, a trueco de lograr medios por donde
se coadyuvase al levantamiento. Al cabo, a mis reiteradas instancias
dijo Istúriz que me daría mil duros, pero sólo a mí, y por consideración
a mi persona, y no a un proyecto sin visos algunos de parar más que en
tragedia si, como era de temer, antes no se quedaba en farsa. Al fin de
la conversación insinué yo a Istúriz que a nadie como a él tocaba hacer
sacrificios en aquella hora, pues, de no llevarse a efecto el proyecto
nuevo, corría su persona peligro, por su participación en el pasado.
Rióse de esto con la risa más burlona y despreciativa, y me afirmó que
de eso no tenía el menor cuidado, porque no le habría vuelto a España
sin saber que podía hacerlo con seguridad completa. Ya muy
amostazado, yo tomé también tono algo irónico para preguntarle si se
juzgaba tan seguro, dando en mi expresión y tono señales de creerle
equivocado en su confianza. Seguro, me respondió con grave dignidad; y
de modo, que habría sido ofenderle insistir en la manifestación de mis
dudas. Me retiré, pues, no poco descontento de aquel a quien había de
mirar largos años como a uno de mis mayores amigos, profesándolo un
afecto por él correspondido, aunque a veces con tibieza. Lo que me
consolaba era haberle sacado mil duros, menos que lo que me prometía,
pero algo al cabo, y para sus circunstancias reales y verdaderas no
poco, si bien no era su sacrificio igual al que hacían personas mucho
menos acomodados. Debe, con todo, tenerse en cuenta que él creía tirar
a la calle aquel dinero, al paso que otros se prometían de la inversión
del que daban grandes ventajas para su patria o para la empresa en
que veían cifrado el bien público.
El día siguiente era el de Navidad. En su mañana había de entregar
Istúriz el dinero a mí en persona. Urgía tenerle. Yo era conocido de todo
el mundo en Cádiz; mi estancia allí, si sabida de muchos, de oculto y en
general ignorada, y mi presentación sería peligrosa a mi persona, y más
a nuestro proyecto. No obstante, forzoso era arrojarme a la calle en la
mañana de día tan festivo, con hermoso sol, que convidaba a gozarle, y
claridad suma para verse los objetos. La casa de Istúriz; estaba situada
en la plaza de San Antonio, lugar el más público de Cádiz. La en que yo
residía, muy cerca, y haciendo frente a la espalda de la parroquia de
San Antonio, que está en la plaza de su nombre. Estaban, pues,
compensadas las cosas, pues había poco trecho que andar, pero por
sitios muy concurridos. Me embocé en mi capa hasta los ojos, me calé
mi sombrero con un gorro negro debajo hasta las cejas, y con traza de
convaleciente de la epidemia, me fui veloz a casa de Istúriz. Este,
riéndose de mi presencia y de mi fanático celo, aunque aplaudiendo el
último, me entregó el dinero, pero diciéndome que sentía dármele en
plata, aunque en aquel día le era imposible encontrar oro, y tampoco
quería buscarle por no excitar sospechas. Hube de resignarme, aunque
no era corto empeño llevar el peso de una talega debajo de una capa, a
pulso, y más hombre de tan pocas fuerzas como las mías. Salí a la calle,
huí de la plaza de San Antonio, aunque rodeando un poco, entréme en
una calle estrecha y de poco tránsito, y seguí embozado y cojeando;
pero me faltaron enteramente las fuerzas, y en breve me vi a punto de
caérseme mi carga. Trasudaba, temblaba, y no podía impedir el fracaso.
Pronta la imaginación, aun en la rapidez de aquel lance, me representó
las consecuencias de mi próxima caída, o la de la talega. Un hombre
embozado, con mil duros encima, escondiéndolos, en día tan festivo, en
que ningún negocio se hace, era más que sospechoso. De verme venir al
suelo o caérseme el dinero, se seguiría sin falta juntarse gente, cuando
menos detenerme la Justicia, examinarme.
Descubriríaseme, pues, en Cádiz en tan raras circunstancias,
cuando si bien confusamente, algo se recelaba de haber una
conjuración pendiente, y cuando a tantas personas era notorio estar yo
en ella complicado. Todo esto se me representó en la mente de pronto.
En mi angustia corporal y mental, saqué fuerzas de flaqueza, hice un
esfuerzo desesperado, cogí y apreté con los dientes el embozo de la
capa, apoyándome en el zócalo, algo saliente, de una pared, mejoré la
posición de la talega llevada a pulso, arranqué de nuevo, y entre
corriendo y tropezando, no sin parecer singular figura a los que me
veían, logré llegar al poco distante lugar de mi residencia. Al entrar en el
portal de la casa, donde, como en las de Cádiz habitadas por una sola
familia, hay segunda puerta cerrada, que da al patio, al querer
lanzarme al cordón de la campanilla, rendido ya, vine al suelo de boca,
y quedé abrazado, con el dinero caído debajo. Di gritos que fueron oídos
dentro de la casa. Salieron, asustados, al oírme gritar; y visto aquel
espectáculo extraño de mi persona, tendida boca abajo, abrazado de la
talega, que con mi cuerpo escondía, tendíanse de risa los que
acudieron, principalmente el viejo Vega, que me estaba esperando con
otros. Pero con el reírse entró el pensar en el peligro que había corrido,
por ser ridículo, no menos evidente. Así, un hombre con un buen
empleo, en carrera de gran lucimiento, donde tenía seguros mis
ascensos a puestos de los de mayor honra y provecho, gozando todavía
de conveniencias medianas, se sujetaba a tales azares y trabajos,
poseído de ciego celo de la causa en que se había empeñado con tanta
vehemencia. Lícito me ha de ser decir que no eran, por cierto, razones
de propio interés los motivos de mi conducta en aquellos días, si émula,
si reprensible, hija por lo menos de pasiones, aunque arrebatadas,
generosas.










