Capítulo XXXII

Capítulo XXXII
Los principales promovedores de la revolución de 1820.-El autor se
reúne en el Puerto con Mendizábal y pasan juntos a Jerez y Las
Cabezas.-Carácter, antecedentes y condición de Riego.-Plan combinado
para el alzamiento.-Singular exigencia del jefe de un batallón.-La
proclama que debía dirigir Quiroga el Ejército.-Vuelta a Cádiz.-Prisión
de Istúriz.-Ansiedad y temores.-La primera noticia del alzamiento.-
Incertidumbre sobre la completa realización del plan. Indecisión de los
conjurados de Cádiz y causas que la motivaron.
El día después del en que hubo este lance ridículo, presentándose de
repente en mi casa una persona, me trajo un recado de Mendizábal, a
fin de que pasase inmediatamente al Puerto de Santa María, donde me
esperaba. Era ésta la vez primera que le veía después de haber él
entrado en nuestros trabajos. Pero uno y otro hasta entonces habíamos
contribuido en gran manera a atraer las cosas al estado en que estaban,
ayudándonos bien varios, así militares como paisanos, a los cuales,
conseguido el triunfo, no cupo una parte de las principales en sus
glorias o en sus provechos. Entre éstos, merecían ser puestos Montero,
Vallesa, y aun Cuetos, ya citados, Bustillos, Bertrán de Lis (hijo), Pérez
y algunos más que no nombro por no servirme, como desearía, mi
memoria.
Junto yo con Mendizábal, pasé a Jerez, y de allí a las Cabezas de
San Juan. Estaba ya cercano el rompimiento y nombrado el general que
había de serlo en la empresa, saliendo elegido Quiroga. En las Cabezas
de San Juan estaba el batallón de Asturias, al cual tocaba, así como al
de Sevilla, acantonado en Villamartín, hacer uno de los actos más
difíciles en el proyectado alzamiento, pues habían de caer sobre Arcos,
prendiendo al general conde de Calderón y a todos los jefes principales.
La comandancia del batallón de Asturias había recaído en un personaje
cuya fama, empezando en momento inmediatamente posterior al de que
hablo, fue después de las más subidas, viniendo a figurar por los
hechos en que tuvo parte, y por trágico fin, entre los primeros
personajes en los anales de España. Trato de don Rafael del Riego. Ya
hice de él mención al contar que yendo con el conde de La Bisbal, en la
noche del 7 al 8 de julio, procuró dar aviso y poner en armas a sus
compañeros para que evitasen la prisión que los amenazaba, acto a que
hubo él de contribuir, pero forzado y solo, en cuanto iba con los que al
conde seguían. La vida de Riego, hasta entonces, no había sido
conocida. Citábase, sin embargo, una acción de su juventud, que le era
honrosa. Siendo guardia de la real persona en 1808, acudió a campaña
y entró de ayudante del general Acevedo, como él hijo de Asturias, y
habiendo el mismo general quedado malherido en la batalla de
Espinosa, al retirarse en un carro, fue abandonado de todos, menos de
Riego, el cual permaneció a su lado, dándole alcance los franceses,
hasta que le vio perecer, asesinado por los enemigos victoriosos, en
cuyas manos cayó, siendo Riego llevado prisionero a Francia. En su
prisión pasó casi todo el tiempo que duró la guerra de la Independencia.
Vuelto a España, y empleado en el Ejército expedicionario, había
entrado en la masonería y en la conjuración, pero haciendo un papel de
poco viso en la una y en la otra. La casualidad le llamaba al primer
puesto, y él tenía algunas de las cualidades necesarias para distinguirse
en acciones que pedían resolución violenta y valor arrebatado. Como en
otro escrito mío he dicho, pintando el carácter de este personaje célebre,
tenía Riego alguna instrucción, aunque corta y superficial, no muy
agudo ingenio ni sano discurso, si bien no dejaba de manifestar del
primero algunos destellos, condición arrebatada, valor impetuoso en los
peligros, a la par con escasa fortaleza en los reveses y con perenne
inquietud, constante sed de gloria, la cual, consumiéndole, procuraba
satisfacerse, ya en hechos de noble arrojo o de generoso
desprendimiento, ya en puerilidades de una vanidad increíble. Sus
modales, siendo bien nacido y no mal criado, eran algo toscos,
contribuyendo a hacerlos tales su impaciencia. En la época en que vine
yo a verle y a conocerle, estaba señalándose entre los conjurados de su
clase por su actividad inquieta y por su celoso deseo de no desperdiciar
el tiempo. Había contraído estrecha amistad con Mendizábal,
estimándose mucho uno a otro, quizá por tener una calidad común, que
era la de no poder estarse parados. El objeto de aquella visita nuestra
era concertar algunas de las operaciones futuras, urgiendo ya darles
principio. Pasamos la noche del 27 al 28 de diciembre levantados,
escribiendo planes, o ya de antemano formados y hasta extendidos o
discurridos de pronto. Tres eran los movimientos principales que
habían de hacer las tropas del Ejército al llevar a efecto el alzamiento.
El batallón que mandaba Riego, según antes he apuntado, había de
ponerse en marcha desde las Cabezas, sin expresar adónde iban, y
había decaer sobre Arcos entrada la noche del 1 al 2 de enero de 1920,
al tiempo que el batallón de Sevilla, desde Villamartín, había de imitarle
puntualmente hasta venir a encontrarse con él delante de la misma
ciudad donde residía el cuartel general del Ejército; y lograda la reunión
de ambos cuerpos, y aun disponiéndose la venida al mismo lugar de
algún otro desde diverso punto, ayudando los conjurados, que estaban
prontos dentro de la población, ésta había de ser entrada; los generales
presos, incorporadas a las tropas levantadas las que guarnecían a
Arcos, de las cuales no se dudaba que quisiesen participar en la
comenzada empresa, y declarado el intento de la conjuración, que por
entonces se reducía a negar la obediencia al Gobierno, calificándole de
odioso despotismo, y a pedir la creación de otro popular, según lo que
diesen de sí las circunstancias y según lo que determinase la Nación,
junta en Cortes. Es de notar que si había entre nosotros quienes
deseasen el restablecimiento de la Constitución de 1812, no estaba
resuelto promulgarla, a lo menos inmediatamente. En convertir a
España en república nadie pensaba, y pocos creían o querían que
siguiese en el trono el rey Femando; pero en qué basas había de estribar
la monarquía nueva, qué formas debería tener su constitución, y a
quién convendría trasladar el cetro, quebrado en manos del que lo
estaba empuñando, eran puntos en que pocos veían o tenían formada
opinión de lo que se debía resolver. Volviendo a la cuestión de los
movimientos militares, por entonces la única importante o de
importancia urgente, el segundo de los proyectados, o igualaba o
excedía en valor al primero. Había de empezar en Alcalá de los Gazules,
casi en la hora misma que en Villamartín y en Las Cabezas, tomando
las armas el batallón de España, sacando de su prisión a Quiroga, y
poniéndose a su obediencia y encaminándose en seguida a Medina
Sidonia, donde el batallón de la Corona estaría esperando, de tal
manera dispuestas las cosas, que la llegada a esta última ciudad se
verificase poco después de entrada la noche. El batallón de la Corona,
mandado por un oficial de confianza, y cuya logia era numerosa, se
agregaría al de España sin demora, y juntos ambos cuerpos, y
aprovechando una noche larguísima en aquella estación, habían de
encontrarse juntos al despuntar de la nueva aurora en las cercanías del
puente de Zuazo o de la batería del portazgo, adelantada algún trecho
del puente. Estas líneas, famosas en la guerra de la Independencia, por
haber sido barrera imposible de ser forzada aun por el poder gigante de
Napoleón, habían de ser vencidas entrándolas por sorpresa, pues
estaban tan mal guardadas cuanto cabe estarlo, no habiendo en las
autoridades militares de los varios puntos de la isla Gaditana el menor
recelo de que a ella pudiese aproximarse fuerza alguna enemiga.
Dueños los sublevados del puente, y por consiguiente de la ciudad de
San Fernando, habrían de adelantar alguna fuerza sobre Cádiz, donde
varios de los conjurados estarían preparados a recibirla. Sólo guarnecía
a Cádiz el batallón de Soria, la mayor parte de cuyos oficiales era
participante en la conjuración; y en cuanto a los soldados, no cabía
duda de que en este cuerpo, como en todos, siguiesen la voz de sus
oficiales, porque sobre los hábitos comunes de obediencia, los
estimularía saber que aquella empresa tenía por forzosa consecuencia
impedir que se embarcasen, cosa mirada por ellos con indecible
repugnancia. Por último, había de haber tercer movimiento de tropas
hacia Osuna, figurando en él principalmente la Artillería, concurriendo
al mismo punto, declarados por la causa común, varios cuerpos,
situados en lugares más o menos inmediatos, y tomando el mando de
aquella fuerza don Miguel López de Baños, una de las personas con
quienes más se contaba. A estas fuerzas, así juntas y levantadas,
tocaba aproximarse a Cádiz, ciudad que con su isla debía estar a
aquella hora en poder de los sublevados. Además de estos tres
movimientos principales, estaban dispuestos otros de inferior
importancia, hechos por cuerpos que, por su situación, a ellos no
podían concurrir, desde luego. Todos se referían al plan general, del
cual se ve que la ocupación de Arcos, con la destitución y prisión de la
suprema autoridad del Ejército y la entrada y posesión de la isla
Gaditana, eran los puntos capitales. Qué había de hacerse, establecida
ya en Cádiz la rebelión, en lo relativo a formar un Gobierno provisional,
era materia en que los militares no pensaron entonces y de que no
tratamos en aquella hora, teniendo sobre ella concebidos, aunque no
maduros, nuestros proyectos los que estábamos dentro de la ciudad,
proyectos en que, como bien se puede conocer, la ambición de cada
uno, más o menos disfrazada, hasta a sus propios ojos tenía no
pequeña parte.
Amanecido el día 28 de diciembre, nos dimos algunas horas al
descanso, que fue, sin embargo, breve. En aquel día volvióse a tratar del
asunto que embebía toda nuestra atención, y que tratábamos con el
ardor correspondiente a hombres empeñados en tan arriesgada
empresa. No dudábamos, sin embargo, de la victoria, porque nos
creíamos dueños del Ejército entero. En medio de esto, un incidente
ocurrido aquel día pudo contribuir, si no a desvanecer nuestras
esperanzas, a convencernos de que era razón rebajar de las más
lisonjeras alguna parte. Vino a Las Cabezas, llamado por nosotros, el
comandante de un batallón acuartelado en un pueblo poco distante,
hombre, si no de los más ardientes y resueltos en favor de la causa
común, al cabo masón y conjurado. Llegado que fue a verse con Riego,
éste le enteró de lo dispuesto y de la parte que en su ejecución le estaba
señalada.
Oyólo todo el recién venido con serenidad, sin manifestar
repugnancia ni entusiasmo, y se mostró pronto a hacer con las tropas
de su mando lo que de él se exigía; pero declaró que sólo necesitaba
una cosa para el cumplimiento de su promesa. Creyendo nosotros qué
pediría algún dinero para dar una corta gratificación a sus tropas, u
otra menudencia de igual o parecida clase, nos apresuramos a excitarle
a la manifestación de su deseo, casi seguros de poder satisfacerle. Pero
fue indecible nuestro asombro al oírle pedir una orden del general para
emprender su movimiento. Como el general lo era por el rey, y como a
deponer al primero y alzarse contra la autoridad del segundo iba
encaminado el proyectado movimiento, tal petición era la cosa más
singular imaginable. Así se hubo de hacer presente al que pedía tal
imposible; pero sin alterarse ni mostrarse convencido de la extrañeza de
su solicitud, buenamente salió con las palabras siguientes: Toma, y sin
esa orden, haciendo yo el movimiento, ¿con qué me cubro? «¿Y con qué
me cubro yo, respondió Riego con justo ímpetu, yendo a asaltar el
cuartel general en Arcos?» Convincente era esta razón, y nada pudo
oponer a ella aquel a quien se dirigía; pero sin expresarse claramente,
con poco disimulo, dejó conocer que no se movería sin llevar consigo un
documento que, en caso de un revés, le acreditase de haber procedido
obediente y engañado. Volvióse pronto a su cuerpo este oficial,
despidiéndosele con tibieza, y no manifestando él menos al separarse de
nosotros. Su conducta era una lección, pues probaba que algunos de
aquellos de quienes nos creíamos seguros nos faltarían en la hora de la
prueba, como no pudiesen obrar sin comprometerse gravemente.
La circunstancia que acabo de referir, aunque nos disgustó, no
alcanzó a desanimarnos. Entrada la noche, Mendizábal y yo nos
despedimos de Riego y tomamos el camino de Jerez, donde llegamos al
amanecer del 29. Allí también me dejó Mendizábal, encaminándose no
recuerdo a qué punto. Concurrió a aquel lugar don Vicente Beltrán de
Lis, hijo, que iba a salir para Alcalá de los Gazules a verse con Quiroga.
Poco antes de su salida, en Jerez mismo escribí yo la proclama que el
nuevo general había de leer a su Ejército, y de extender luego impresa,
la cual se llevó consigo Beltrán de Lis para entregarla, a fin de que,
según la fórmula de oficio, tuviese los efectos convenientes. Este
documento vio la luz pública no a su debido tiempo, sino algo tarde,
cuando ocupaba Quiroga con sus tropas la ciudad de San Fernando.
Siento no tenerlo a mano para copiarlo, y sólo recordaré la frase con
que empieza, que es como sigue: «Soldados: puesto a vuestro frente por
elección del Ejército, voy a hablaros con la franqueza que debe reinar
entre compañeros de armas.» Mi objeto al citar esta proclama es probar
con ella que no se pensaba en proclamar la Constitución de 1812, tres
días antes de verificarse el alzamiento, siendo este escrito fiel expresión
de las ideas de los que dirigíamos en la parte política aquella obra. Muy
otra cosa vino a suceder, porque Riego, como se verá, en todo procedía
sin atenerse a más regla que a su voluntad propia. Y no digo que se
errase del todo, pues en las circunstancias que sobrevinieron, quizá el
poner en la bandera de los sublevados el tema de la Constitución era lo
único posible. Pero estas circunstancias mal podían preverse, y la
Constitución proclamada habría sido grande embarazo para un
Gobierno que se hubiese constituido en la ciudad de Cádiz.
A ésta me encaminé sin demora, llegando el 30 de diciembre por la
noche. A mi vuelta supe que Vallesa había salido para Alcalá en el
mismo día en que yo para Jerez y Las Cabezas. Cosa de risa era, para
quien veía el juego de aquella máquina por dentro, notar cuan flaca
fuerza ponía en movimiento otra más poderosa. La gente principal de
Cádiz, obrando de consuno con el general, a cuyo mando estaban la
plaza, la provincia y el Ejército, nada hubiera podido hacer contra el
trono de Fernando VII, y cuatro hombres arrojados, ayudados por
oficiales que no obraban en obediencia a un oficial de grado superior,
iban a mudar la faz de España y a causar grandes alteraciones en toda
Europa.
Otra noticia recibí recién entrado en Cádiz. Fue ésta que Istúriz
había sido preso en la noche del 27 de diciembre y llevado al castillo de
San Sebastián, donde estaba en estrecho encierro, sucediéndole esta
desdicha dos días después de haberme entregado el dinero y cuando se
creía tan seguro. Debo confesar que tuve cierta satisfacción feroz al ver
justificados mis asertos, y desmentidos los que él me había hecho con
arrogancia. Por otra parte, su prisión no nos daba temor por su suerte,
pues nos creíamos seguros de ponerle en libertad dentro de muy pocos
días.
Los que mediaban, o por decirlo como se debe, las horas que aún
quedaban entre la ejecución del tremendo proyecto y el momento
presente, eran de «ansias vivas y mortal cuidado». Llegó el día 1 de
enero, en que nuestra suerte y la de España por algún tiempo habían
de quedar resueltas. Amaneció lloviendo, y siguió la lluvia abundante
hasta la noche. Yo, conocedor del terreno que había de atravesar
Quiroga con los suyos, me desesperaba creyendo malograda la empresa
por el temporal. Entre Alcalá de los Gazules y Medina hay dos ríos que,
de corto caudal en tiempo ordinario, en los momentos de recios
aguaceros y en los inmediatamente posteriores vienen hinchados como
torrentes. El primero, llamado Barbete, tiene puente, si bien por otro
lado de la villa de Alcalá que por el camino de Medina, pero al puente es
fácil ir dando un corto rodeo. El segundo, llamado del Álamo, sólo
puede pasarse vadeándolo. También entre Medina Sidonia y la isla
Gaditana hay otro raudal, cuya madre, seca en verano, y aun en
invierno llena de ordinario por poca agua, cuando llueve duro está
ocupada por un impetuoso torrente que se ha sorbido a no pocos
caminantes. Bien veía yo que ni uno ni otro de estos ríos podían ser
pasados por los vados mientras no cesase o aflojase la lluvia. Al día
siguiente, segundo del mes y año que con tan graves sucesos
comenzaba, fue menor mi inquietud por el estado del tiempo, en el cual
hubo notable mejora; pero subió y llegó a lo sumo, por otro lado,
viéndome sin noticias. Imposible parecía que a corta distancia de Cádiz
hubiese ocurrido cosa de la mayor importancia y trascendencia, sin que
de ello hubiesen recibido noticia alguna, ya ésta, ya aquella de las
contrarias partes que en sucesos tales debían tener empeño; esto es, ya
las autoridades legítimas, ya las ocultas del poder en secreto creado y
venido a ser robusto. Fue más natural conjeturar que nada había
habido, salvo algún mal íntimo, de resultas del cual había quedado la
conjuración para siempre o por algún tiempo malograda. Así pasó el
día, contándose largas las horas; así vino la noche, en la cual, cerradas
las puertas de Cádiz, ya no se reciben noticias de afuera. En mi desazón
no contaba yo con que el correo solía entrar de noche; con que el
administrador del mismo ramo en San Fernando era nuestro; con que
yo, pocos días antes, valiéndome de esta circunstancia, había penetrado
en la ciudad después de estar cerradas las puertas para el público,
viniendo en él como conductor de la correspondencia. Pensando sólo en
una desdicha que tenía por segura, con la oscuridad, según solía, salí
de mi residencia y fuime a distraer mis tristezas o mi angustia a casa de
una mujer con quien solía pasar la prima noche. No haría una hora que
estaba allí, tratando ella de darme esperanzas o de consolarme algo por
otros caminos, cuando oímos llamar a la puerta, con señal de
apresuramiento en el que venía. Fue ella a abrir (porque por precaución
su criada se retiraba de noche, hora en que me recibía) y se presentó un
hombre desconocido preguntando por mí y suponiendo que en aquel
lugar debía encontrarme. Dudaba ella si negaría o confesaría mi
presencia en su casa, cuando yo, que había oído la pregunta,
impaciente, me arrojé donde estaba el hombre, calculando que, aun si
fuese enemigo, había dado con mi retiro y héchose dueño de mi
persona. El, sin tardanza, diome las voces porque nos conocíamos los
masones y conjurados. Hecha esta formalidad, sus palabras fueron las
siguientes:«Vallesa ha llegado de Alcalá a San Fernando esta tarde;
detrás de él viene Quiroga con los dos batallones que se han puesto en
movimiento, estando ya vadeables los ríos; estarán sobre el puente de
Zuazo al amanecer; ayer, antes de romper el día, se dio el golpe en
Arcos con toda felicidad, siendo preso el conde de Calderón, y habiendo
abrazado la causa de la libertad todas las tropas, y lo que resta es que
mañana se declare Cádiz, o si no que se preparen las cosas a fin de que
no haya resistencia a las tropas que se presentarán a sus puertas
probablemente antes de mediodía.» Quedéme atónito de pasmo y gozo.
Inmediatamente me puse en movimiento a avisar a mis cómplices que a
aquellas horas solían estar dispersos, y al anochecer se habían
separado de mí dudosos y afligidos, por estimar como yo de mal agüero
la falta de noticias. No tardamos en estar reunidos Vega, Montero,
Cuetos y yo, casi los únicos que en Cádiz, con el ausente Vallesa,
seguíamos los trabajos en aquellos días. El viejo Vega, viendo por la vez
primera cogido el fruto de sus afanes, después de haber participado en
su vida de tantas conjuraciones abortadas, no cabía en sí de gozo, pero
manifestaba su alegría con extraordinaria flema, recomendándonosla
igualmente, como si hubiese quien en aquella hora tratase de
precipitarse, y como si, por otra parte, no fuese necesario alguna
diligencia. Diéronse pasos, pero pocos y lentos, reduciéndose todos a
avisar a nuestros amigos del batallón de Soria que guarnecía a Cádiz, y
a disponer que por la mañana acudiese a la Puerta de Tierra alguna
gente perdida de la que por afición, y también por paga, va a los
alborotos, si bien a esta última se encargó que se mantuviese callada y
sin hacerse notar, no formando corrillos y esparciéndose por las calles
vecinas al puerto, al que debían concurrir en la ocasión oportuna.
Dadas estas disposiciones, tratamos de dormir, si bien, como se puede
suponer, nuestro sueño no fue largo ni sosegado. No bien amaneció,
cuando yo, en pie y vestido, envié persona de confianza a la Puerta de
Tierra a averiguar lo que pasaba. Las noticias que en breve recibí fueron
propias para causarme dudas congojosas. Los que habían ido volvieron
diciendo que habían visto llegar calesas de la isla de León, o dígase de
San Fernando, salidas de allá ya de día, y que preguntados los
caleseros o caminantes si había ocurrido alguna novedad en el lugar de
donde venían, respondían que ninguna. Era, pues, evidente que
Quiroga, con los suyos, no se había hecho dueño de las líneas y del
puente de Zuazo al rayar la aurora, según estaba dispuesto. Entrar a la
luz del día por fuerza o por sorpresa en puestos tan formidables,
parecía imposible. No se atinaba, pues, con lo que pudiera haber
sucedido; pero creía yo, no sin fundamento, que era una desdicha,
constándome ya haberse efectuado el movimiento en los dos puntos de
Alcalá y de Arcos. En este apuro salió para la isla de León don Manuel
Sáenz de Manjarez, muy amigo de Vega, y también algo mío, todavía no
masón ni conjurado, y de quien se echó mano por ser hombre a quien
podía sospechar de meterse en la cosa política, siendo conocido sólo
como persona de vida alegre y licenciosa. Amargos momentos eran los
que corrían ínterin este comisionado nos traía nuevas ciertas, fuesen
trágicas o favorables. Tardaron en llegar las que nos dio menos que lo
que podíamos prometernos, y excedieron, en lo satisfactorias, a
nuestras más lisonjeras esperanzas. Había encontrado una corta fuerza
de las tropas de Quiroga cerca ya de Torregorda, situada a un tercio del
camino de San Fernando a Cádiz, y sabido por el oficial que las
mandaba que las formidables líneas y aun la población de la isla de
León eran nuestras, sin haberse encontrado resistencia alguna. Serían
las doce del día cuando recibimos noticias tan halagüeñas e
inesperadas. La distancia de Torregorda a Cádiz es como de legua y
media, y de una no cabal la que hay entre la misma torre y la fortaleza
llamada la Cortadura. Era, pues, de esperar que fuese ocupada ésta,
falta entonces de toda guarnición, por las fuerzas de los levantados que
venían marchando, las cuales, aun viniendo despacio, deberían estar en
la Cortadura a la una de la tarde. Impaciente yo, como debía estar,
quise arrojarme a la calle a dar pasos para recibir a mis amigos y
cómplices triunfantes, a los cuales creía tan cercanos. Pero a mi salida
se opuso el viejo Vega con indecible calor y tenacidad. Como por
informes que a cada momento nos llegaban sabíamos que la autoridad
encargada del Gobierno Militar de Cádiz seguía tranquila, ignorante, sin
duda, de lo que a tan breve distancia ocurría, opinaba Vega que
llegarían a las puertas de Cádiz los nuestros antes de haberse dado o
ejecutado disposiciones para impedirles la entrada; tanto más, cuanto
que podíamos contar con la tropa del batallón de Soria, única fuerza del
Ejército residente en Cádiz. En este caso, decía mi compañero y
presidente, que en aquella ocasión empezaba a proceder como tal, por
creer su autoridad, ya no de burlas, que mi presentación en público
podría causar extrañeza y alboroto, con lo cual podría ponerse en
peligro un bien ya conseguido si nos estábamos quietos. Respondiendo
yo a esto que presentarme importaba poco, «Antonio, me dijo el viejo,
enfadado; si hubiese Gobierno en España, días ha que debería usted de
estar bajo siete estados de tierra; no vaya usted a comprometer las
cosas con una imprudencia nueva, porque le hayan salido bien las
pasadas; al cabo aquéllas podían ser necesarias, y ésta es inútil.»
Quedé, no convencido, pero sí reducido a silencio y obediencia. Lo
único que hice fue escribir y despachar una carta a Quiroga, donde le
encargaba echarse sobre todos cuantos carruajes hubiese en San
Femando, meter en ellos tropas y despacharlas apresuradamente a
Cádiz. Esta carta no llegó a su paradero, extraviándose en la confusión
que sobrevino; pero, aun cuando hubiese llegado, habría venido tarde.
La verdad era que Vega procedía no sólo conforme a lo que creía
acertado y justo, sino influido por dos motivos muy poderosos: uno, que
se ocultaba a su propia vista, y otro, que se le presentaba muy claro.
Era el primero, y de él no conocido, que por su edad, o tal vez por su
natural, era, como he dicho, si arrojado y firme en urdir y seguir una
conjuración, vacilante y tímido en la hora peligrosa de ejecutar lo
resuelto, juzgando él propio su miedo, sagacidad o prudencia. La
segunda razón que le movía era saber que si se levantaba Cádiz y se
preparaba a recibir a las tropas amigas, se podía temer y aun tener
seguro el nombramiento de una Junta de que él quedaría excluido,
componiéndola las gentes de superior influencia en Cádiz, y entre ellas
las del Soberano Capítulo antiguo, de las cuales le separaban mutuo
odio vehemente y añejo, al paso que entrando en Cádiz las tropas,
pondrían un Gobierno a su gusto, del cual su persona, estimada en
mucho por los militares y lo superior del cuerpo supremo masónico,
bajo cuyos auspicios se había hecho el alzamiento, tendría
probablemente la presidencia. Esto no lo disimulaba el ambicioso
anciano, que al revés decía que no sería justo llevarse otros la palma y
el provecho de nuestros trabajos y peligros, y veía seguro que así
sucediese, anticipándose el movimiento de los gaditanos a la entrada de
las tropas. Tales faltas malograron la increíble victoria alcanzada, y aun
trajeron consecuencias por donde estuvo a pique de convertirse en
nuestra ruina. Es, asimismo, cierto que nuestro debilísimo poder, si no
siendo conocido pudo en las tropas distantes tener influencia hasta
para producir el levantamiento, llegada la hora de obrar dentro de la
misma Cádiz, era poco más que nada.