Capítulo XXXIII
El gobernador de Cádiz prepara su defensa contra los sublevados.-
Situación del autor y falta de todos medios para contribuir al triunfo del
alzamiento.-Recibe noticia completa de los sucesos.-Conducta de Riego
y sorpresa del cuartel general.-Marcha de Quiroga y ocupación de la
Isla.-Prisión del ministro de Marina.-Inacción de Quiroga.-Decide
mandar fuerzas sobre Cádiz.-Las fuerzas sublevadas son rechazadas en
la Cortadura.
Adelantando en medio de esto la tarde, notóse en el Gobierno de
Cádiz desasosiego, y estarse dando providencias para defenderse de un
enemigo. Gobernaba interinamente la plaza su teniente de rey don
Alonso Rodríguez de Valdés, que en 1814 había sido castigado por
constitucional, y aun después seguía pasando por serlo, oficial antiguo
de muy limitado entendimiento y no más saber, que en este caso se ciñó
a cumplir con su obligación, si bien se comprometió de tal modo en la
causa del rey, que de sus resultas hubo de tener grandes pesares.
Llamó a sí al general don José Álvarez Campana, residente en la misma
ciudad, de donde era natural, hombre cortés y bienquisto con sus
paisanos, pero hasta entonces, en su calidad de militar, de escasísimo
concepto. Estos dos oficiales, habiendo comunicado Torregorda aviso a
Cádiz, por señales, de haber sido ocupada la isla de León por fuerza
armada, y según las apariencias, sublevadas contra el Gobierno, se
prepararon a defender a Cádiz contra los enemigos que en sus
cercanías, de repente, se habían aparecido. Procedieron con una
habilidad que no era de esperar de su reputación. Sospechando, con
razón, al batallón de Soria, pusieron en pie la milicia urbana antigua de
Cádiz, que en la guerra de la Independencia no había servido, y que,
con el nombre de regimiento de la Pava, era mirada como objeto de risa
desde época muy antigua; pero que compuesta de gente dócil, y
teniendo por oficiales en su mayor parte a los pocos que no eran
constitucionales en Cádiz, obedecería y llenaría un hueco por lo pronto.
Con esta gente se determinó mezclar algunos artilleros de tierra, a los
que después se agregaron otros de marina e infantería del mismo
cuerpo sacada de los buques que estaban en la bahía. Dispúsose,
aunque ya después de anochecer, que una corta partida de esta gente
pasase a situarse en la Cortadura, si es que no estaba ocupada por los
rebeldes. Brindóse a ir con esta tropa un oficial joven y alentado, recién
ascendido a la clase de tal, de la de cadete de Reales guardias
españolas, y destinado a la expedición de Ultramar, dotado de
impetuoso valor y en cuyo pecho se despertó ardiente sed de gloria, que
en el discurso de su vida, no larga, pero llena de grandes sucesos y
prosperidades, y terminada en la adversidad, le estuvo de continuo
consumiendo. Era este don Luis Fernández de Córdoba el mismo que
como general en edad temprana se ha señalado tanto en el teatro de la
guerra y de la política en días no lejanos del presente. Tenía yo con él,
por enlaces de familia, relaciones medio de parentesco, y las tenía
asimismo de amistad. De modo que, no habiendo abrazado causa
política y obrando en aquella ocasión así por estímulos del honor militar
como por arranque juvenil, tal vez, si hubiese podido yo verle, le habría
hecho nuestro, cuadrando más con sus inclinaciones las doctrinas de
nuestro bando que las del Gobierno antiguo. Pero ni de esto ni de nada
pude servir en aquel día para mí amargo, y en cierto modo aciago,
aunque de gloria y provecho para el partido que había abrazado, y a la
larga conducente a grandes aumentos en mi reputación y fortuna.
Hube, pues, de estarme en casa esperando a Vega, o noticias de haber
llegado a las puertas las tropas de Quiroga, o ruido de alboroto o de
contienda en que me tocase salir a ponerme entre los de mi parcialidad,
cuya bandera estuviese enarbolada. Nada sucedió, y nadie vino, excepto
Montero, desesperado como yo y confuso e ignorante de todo, salvo que
los nuestros no parecían, y de que estaba preparándoseles la
resistencia. A Vega no volví a ver, pues viendo frustrado su plan, se
escondió, augurando una tragedia. Entrada la noche salí y me
encaminé a la Puerta de Tierra, donde esperaba encontrar a la gente allí
apostada desde la mañana. Pero ésta, cansada de esperar sin recibir
órdenes, ni ver qué le fuese posible hacer, y notando, por el contrario,
señales de movimiento en el Gobierno, al cual tenía que temer en todas
ocasiones, se había dispersado. Cuando llegué, pues, a Puerta de
Tierra, sólo encontré tinieblas y soledad, y algunas centinelas que me
gritaron ¡atrás! con voz bronca. Atrás hube de volverme, sin acertar con
la explicación de lo que estaba pasando. No teniendo, pues, en qué
emplearme, pasé del papel activo que me tocaba y no pude representar,
al pasivo de expectante acongojado. Fuime, pues, triste y furioso a la
casa donde solía pasar las primeras horas de la noche, cuya dueña, con
el imprudente ardor mujeril, me reconvenía por mi situación, por no
haber obrado en aquel día con más resolución o actividad. Pasáronse,
así largas horas, y bien adelantada la noche, rompió el general triste
silencio el estampido de algunos cañonazos lejanos. No fueron éstos
muchos, y reinó de nuevo la tranquilidad. Al sonar los primeros tiros
salí a las calles, donde era la soledad profunda. Recorrílas por algún
tiempo sin tropezar con quien pudiese informarme, aun vaga y
confusamente, de lo ocurrido. Al cabo hube de saber, no me acuerdo
por quién, que los de Quiroga, habiendo venido a ocupar la Cortadura
con corta fuerza, habían sido rechazados, dejando tendidos cuatro
muertos en la vecina playa. Mal principio era éste, y nuncio de mayores
desventuras. Recogíme, sabida esta noticia, a descansar en cuanto
podía, después de aquel terrible 3 de enero en que tan diferentemente
había tenido que sentir conmovido mi espíritu con violencia igual, ya en
el placer, ya en la pena.
Con el siguiente día se aclararon las cosas a nuestra vista y tuvimos
causas nuevas, ya de satisfacción, ya de sentimiento por lo pasado y
para lo futuro, así como de temores grandísimos los unos y las otras.
Llegaron más noticias de lo ocurrido en Las Cabezas y en Arcos, así
como de la increíble feliz entrada en San Fernando de las tropas de
Quiroga. El 1 de enero, por la mañana, Riego, al frente de su batallón
de Asturias, había proclamado la Constitución de 1812 en Las Cabezas.
Este paso imprudente, y ajeno de nuestro proyecto, contribuyó, con
todo, en gran manera, a su gloria. Podía, sin embargo, haberle costado
caro y ser fatal a la empresa a que dio heroico principio, acreditándose
a un tiempo de arrojado y de hombre sólo obediente a la voluntad
propia. Una sola persona que se hubiera escapado de Las Cabezas
habría puesto en arma a los del cuartel general, poco distantes. Bien es
cierto que tuvo cerrado el pueblo; pero sabido es con cuanta facilidad se
traspasa un cordón, y cuan común es que un soldado se deserte, sobre
todo estando seguro de premio si da un importante aviso. Creó
asimismo Riego un Ayuntamiento para aquel pueblo, dando al cuerpo
así formado el dictado de constitucional, como si pudiese serlo uno no
nacido de los votos del vecindario. Al cabo, yendo adelantada la tarde,
púsose en movimiento para Arcos, a cuyas inmediaciones llegó estando
muy entrada la noche. Allí esperaba encontrarse con el batallón de
Sevilla, y allí se vio solo, no porque el batallón que esperaba hubiese
faltado a sus compromisos, pues al revés, había cumplido fielmente con
lo que le estaba mandado. Su primer comandante no era masón ni
conjurado; pero lo era el segundo, don Francisco Osorio, que tenía
grande influjo sobre aquél, bajo cuyo mando inmediato estaba. Logróse,
pues, poner el batallón en movimiento en silencio, con orden, sin
declarar su intento, pero resuelto a hacer el que llevaba, teniéndole
callado con arreglo a las disposiciones de antemano dadas. Llegó
igualmente delante de Arcos esta fuerza; pero equivocando el lugar
donde debía situarse fuera de la población, no se encontró con la fuerza
mandada por Riego. Así estando cercanos ambos batallones, uno y otro
se creía abandonado por el que debía agregársele. Riego, habiendo
venido a él varios de los conjurados, del cuartel general, resolvió
aventurarlo todo, aun sin más fuerza que la corta de que disponía.
Premió la fortuna su atrevimiento, ejecutándose con toda felicidad la
sorpresa. Llegóse delante de la casa del conde de Calderón, cuya
guardia, compuesta de la fuerza escogida llamada batallón de Guías del
general, se preparó a defenderse de la agresión que venía sobre objetos
encomendados a su custodia. Costó trabajo impedir que se trabase la
pelea. Apareció el general en su balcón, siendo en él igual la sorpresa
que el arrojo. Arengóle desde la calle, amartillada una pistola, el
teniente de Artillería Bustillos, intimándole a que se entregase. Hízolo
así el desdichado conde, siguiendo otros su ejemplo y quedando presos
cuantos tenían mandos superiores en el ejército, salvo los participantes
en la conjuración o los que se resolvieron a abrazar la causa que veían
triunfante. Por desgracia, cuyo origen apenas ha sido posible averiguar,
una apariencia de querer resistir algunos de los Guías movió a los de
Asturias a hacerles fuego. Cayeron muertos dos o tres de los primeros,
con lo que el cuerpo quedó resentido y enconado. Al pronto, sin
embargo, los Guías abrazaron la causa constitucional que se les
presentaba con faustos auspicios vencedora, trayendo consigo la
exención de embarcarse, y también, según era de presumir, otras
ventajas consiguientes a tan importante victoria, la cual no se creía en
aquel momento que fuese disputada. Antes de esto, sabiéndose ser de
los conjurados el triunfo, entró en Arcos con el nuevo día el batallón de
Sevilla, que en las inmediaciones había pasado buena parte de la
anterior larga noche. Fue, en verdad, admirable la conducta de aquel
cuerpo que por algunas horas hubo de creerse perdido, y en donde, aun
la inmovilidad, que no dando distracción al ánimo ni estímulo a la
pasión, sino, al revés, entrada a consideraciones de prudencia, muy
propias para engendrar timidez y desmayo, se mantuvieron sin
menoscabo la confianza y la disciplina, ejemplo del entusiasmo que a
aquella gente inflamaba, llegando hasta a hacerlos serenos en ocasión
propia para que vacilase la mayor entereza. Es la fama parcial, aun
cuando no sea del todo injusta, y suele, siendo iguales los méritos,
repetir con bastante desigualdad la alabanza. Del batallón de Sevilla y
de sus comandantes Muñiz y Osorio se dijo poco, al paso que, desde
luego, subieron a las nubes los nombres del de Asturias y de Riego.
El día segundo del año de 1820 pasó en Arcos arreglando Riego las
cosas con habilidad y generosidad, siendo en él prenda común la
segunda, y no la primera. Logró, por esfuerzos principalmente de dos
oficiales llamados don Leonardo Valador y don José Mogrovejo, traerse
a sí y bajo su bandera al batallón de Aragón o de Córdoba, que estaba
en Bornos, a poca distancia de Arcos. Hecho esto, esperó noticias de
otros puntos, siendo las que llegaron sólo medianamente satisfactorias
y estimándolas él en su impaciencia y su desprecio de los méritos
ajenos, más por lo que les faltaba para ser completas glorias y
felicidades que por las indudables y grandísimas ventajas que resultaba
haberse conseguido.
Quiroga debía, en el mismo día 1 de enero, moverse desde Alcalá.
Pero los ríos interpuestos en el camino que había de seguir no estaban
vadeables. Esto se ha negado por sus contrarios, y es, sin embargo,
certísimo; como que, según dejo dicho, yo mismo desde Cádiz, viendo el
temporal y conociendo el terreno, lo preveía. Al día siguiente mejoró el
tiempo, y entonces consta, por testimonios para mí fidedignos, que
Quiroga vaciló. Había pasado el día señalado para el movimiento, y
temía que se hubiese malogrado en otros puntos, y haciéndole él solo,
su perdición era segura. Además, él no mandaba como Riego, sino que,
al revés, se hallaba preso y tenía que ser puesto en libertad por
disposición ajena antes de encargarse del mando. Estando así
irresoluto, le llegó la noticia de lo ocurrido en Arcos, con lo cual ya no le
quedaba más que seguir en la ejecución de una empresa felizmente
comenzada. Aun entonces manifestó dudas, no fuese que tirasen a
engañarle con relaciones falsas de sucesos lisonjeros. Vencidas ya su
irresolución y dudas, presentóse al frente de la tropa, y ésta le reconoció
por caudillo. Hizo su viaje a Medina Sidonia con alguna lentitud por
haber dado de beber más que lo debido a los soldados, cuyo afecto
procuró conciliarse por tan mal medio. Incorporándose en Medina a sus
fuerzas el batallón de la Corona, con menos prontitud que la necesaria,
culpa de la cual fue Quiroga inocente, siguieron el viaje los dos cuerpos
juntos. Las lluvias del día anterior habían empapado la tierra a punto
de convertir en un lodazal el camino. Con esto y con lo demás, cogió a
aquellas tropas la luz del día demasiado distantes del término de su
jornada. Serían más de las ocho de la mañana cuando, llegando al
molino de Ocio, vecino al arrecife que de Cádiz va a Medina, y a
distancia como de una legua del puente de Zuazo, aparecieron a vista
de los sublevados las terribles líneas que por treinta meses habían
resistido al poder francés en el tiempo de su mayor grandeza y salvado
la independencia de España. Parecía acto de desesperados lanzarse
contra puesto de tal fortaleza con mil quinientos hombres no cabales, y
éstos cansados y en disposición de ánimo en la que era de temer que
volviendo sobre sí no quisiesen arrostrar tanto peligro. Pero había, por
otra parte, la consideración de que retroceder equivalía a perderse,
cuando no faltaban probabilidades de buen suceso yendo adelante.
Esto último se resolvió hacer, no sin haber precedido algunos instantes
de vacilación y de determinaciones menos prudentes que lo era en
aquella hora la de mayor arrojo. Prosiguióse, pues, hasta llegar a la
botería del portazgo. Allí, y más atrás, al rayar la aurora del mismo día,
varios de los conjurados de la ciudad de San Fernando habían estado
en espera de la fuerza amiga, de cuya venida tenían noticia y retirádose
no habiéndola visto llegar, persuadidos de que había tenido un revés, de
ser imposible de cualquier modo la entrada en la isla Gaditana en hora
avanzada del día. El conocimiento de esta misma imposibilidad debía
dar una esperanza de triunfo a los que llegaban, por no haber quien
sospechase entre los que podían defender las líneas que a tal hora
amenazase algún peligro. Componíase la guardia del portazgo de un
corto número de tropa mandada por un oficial subalterno. Éste, sin el
menor recelo de que hubiese guerra civil en España, al ver llegar
fuerzas de ejército a que él mismo correspondía, las creyó venidas en
virtud de orden superior a aumentar la guarnición de aquellos puntos.
Así, dejó entrar en la batería y situarse enfrente del cuerpo de guardia
una o dos compañías de los de Quiroga, que erad del batallón de la
Corona. Dirigiéndose en seguida el mismo oficial al que mandaba
aquella tropa y llamando como compañero, le pidió que presentase el
pasaporte. En este instante, con movimiento impetuoso e inesperado,
arrójanse los recién llegados sobre la centinela, sorpréndenla, cogen las
armas de la guardia que estaba cerca y las derriban, apuntando con las
suyas a la puerta del cuerpo de guardia, donde estaban los soldados
que la componían, tan asombrados de aquel atropellamiento, que,
viéndole, no podían creerle. Lo mismo sucedía al pobre oficial, que, sin
pensar en defenderse, se contentó con preguntar al que tenía el mando
de los que le asaltaban la causa de tan inexplicable violencia. Diósele
por respuesta que callase, y él obedeció, no viendo posible hacer otra
cosa sin perder la vida. Tomada tan singularmente la línea del portazgo,
no traspasada por los franceses en la guerra de la Independencia,
quedaba la segunda, o del puente de Zuazo, fácil de defender por ser la
del brazo de mar que forma la isla Gaditana. Los de Quiroga, dueños
del primer puesto, casi a carrera tendida, se arrojaron a pasar pronto la
distancia de casi un cuarto de legua que le separaba del segundo. Pero
en este último no hubo siquiera a quién sorprender. Algunos soldados
sueltos vieron pasar a aquella tropa sin hacerles, novedad su presencia.
Pasado el puente de Zuazo, de que tanto habla la Historia, los de
Quiroga hicieron alto y se formaron dentro de la isla Gaditana. En las
dos compañías que así se habían separado, iba encargado de su mando,
don Miguel de Bádenas, de cuyas singularidades he dado antes alguna
noticia. Este, como no hubiese estado jamás en aquellos lugares, y
fuese informado de que con tan poco trabajo era no menos que el
puente de Zuazo el puesto que acababa de ganar, hizo locos ademanes
de alegría, revolcóse por el suelo, y en seguida, levantándose, cogió un
papel y escribió en él: «Soy dueño del puente, Netez»; firmándose con
esta palabra, que él solía con frecuencia repetir, y envió este raro parte
a su comandante y a Quiroga, que estaban atrás a buen trecho. Pasad o
breve tiempo, llegaron los dos batallones a traspasar el puente y
entraron por las calles de la ciudad de San Fernando, nunca muy llenas
de gente, sin hacer alto en ellas la poca con que se encontraban.
Venidos al punto principal de la población, viose Quiroga dueño de la
primera mitad de la isla Gaditana, sin poder creer en su fortuna. Ya
algunos de los conjurados, noticiosos de que había en la calle tropa,
habían acudido y visto con igual sorpresa que gozo a los suyos
triunfantes. Pero había dentro de la población, o a corto trecho de ella,
alguna tropa a la cual era necesario desarmar o agregar a las
sublevadas. No era menos necesario o urgente prender a la autoridad
militar que allí tenía el mando. Otra prisión había que hacer, de
personaje aún más notable, venido a aquel punto por circunstancias
extraordinarias, pero poco temible a pesar de su alta dignidad, por no
mandar fuerza inmediata. Era éste no menos que el ministro de Marina,
venido de la corte a activar la salida de la expedición a América. Estaba
el buen ministro en su cuarto en perfecto sosiego, muy ajeno de la
novedad ocurrida y sin haber sentido el menor alboroto, así como
tampoco su guardia, cuando recibió aviso de que un oficial de Ejército,
portador de órdenes de la superioridad, quería hablarle con urgencia.
Dijo que entrase, y haciéndolo así el oficial, le intimó la orden de que se
diese preso. Confundido el ministro, se creyó víctima de algún enredo
cortesano, y exclamó: «Que bien conocía que su majestad, al mandarle
prender, había obrado sorprendido, porque él había hecho cuanto podía
para que la expedición saliese.» Nada respondió a esto el oficial; y como
pidiese el ministro que le enseñasen la que él suponía real orden, el
prendedor hubo de responder que no procedía por orden del rey, sino
por la del general del Ejército nacional, título que tomaba Quiroga.
Creyó el ministro que soñaba al oír la voz nacional, proscrita, según él
entendía, en aquel tiempo. Yéndose aclarando el misterio, parecíale
increíble que tan de callada hubiese sido ocupada la isla de León por
fuerza enemiga y estuviese, según las apariencias, subvertido el
gobierno de España. Obedeció, sin embargo, a la fuerza, y fue puesta
bajo custodia su persona, tratada con más consideración porque
merecía lástima y no infundía miedo.
Imposible parecía el malogramiento de una empresa en que habían
sido tan felices los primeros pasos. Pero Quiroga perdió horas y horas
en la ciudad de San Fernando sin dar providencia alguna para la
ocupación de Cádiz, o cuando menos de la Cortadura. Bien es cierto
que él tenía por seguro, por estarle así prometido, que sabido ser dueño
de la isla de León, los conjurados de Cádiz se alzarían en aquella ciudad
y le abrirían sus puertas. También es verdad que en el lugar en que
estaba tenía que atender a varias cosas y que dictar muchas
providencias para ponerse en seguridad completa. Pero no es menos
evidente que para él lo más importante era apoderarse de la plaza de
Cádiz; que, aun contando con tener dentro de ella inteligencias, era
bueno acercarse a sus murallas para aprovecharlas, y que los peligros
que podía haber en San Fernando eran cortos, y con poca tropa era fácil
hacerles frente. De cualquier modo, la Cortadura debía ser ocupada, y
siendo notorio que ninguna fuerza la guarnecía bastaban dos
compañías para apoderarse de ella y conservarla, no apareciendo
menos claro que el dueño de ella lo sería de Cádiz muy pronto. Al cabo
hubo de convencerse de esto Quiroga, pero muy tarde, y despachó
cabalmente dos compañías a hacerse con la Cortadura. Pero aún aquí
cometió un grave yerro en la elección de la persona a quien dio tan
importante cargo. Tenía a su lado al segundo comandante de Aragón,
don Lorenzo García, llamado comúnmente el Fraile, por haberlo sido
antes de vestir el uniforme de militar, y con el cual estaba unido en
amistad estrecha, habiendo sido su compañero de prisión por término
de varios meses. García era de los pocos puestos presos, estando en
completa ignorancia de la conjuración por que eran arrestados sus
compañeros, primeros y segundos comandantes de cuerpo, y tampoco
era masón; pero en su encierro había sido recibido en la masonería y
dádose a la causa de los conjurados con la violencia propia de su
natural impetuoso. Señalábase además por ser hombre de los conocidos
con el apodo de borrasqueros, que pasan su vida en comilonas y
grescas, y en calidad de tal, habiendo residido algún tiempo en Cádiz,
conocía a palmos el terreno que separa aquella ciudad de la isla de
León, por haber comido con frecuencia en los ventorrillos esparcidos
por allí a corto trecho unos de otros. Este, pues, pidió a su amigo
Quiroga el mando de las tropas destinadas a la Cortadura, por cuyas
inmediaciones podía él andar con los ojos vendados sin errar un paso.
Pero el general, su amigo, en mala hora prefirió dar el encargo solicitado
por hombre tan a propósito para desempeñarle bien al primer
comandante de la Corona, don José Rodríguez Vera, buen oficial, pero
nada práctico en el terreno en que iba a operar entre las tinieblas de la
noche. Emprendieron la marcha los del Ejército nacional, y tuvieron
tanta desdicha que llegaron a ponerse al pie de la Cortadura media hora
escasa después de haber venido a ocuparla la corta fuerza enviada allí
desde Cádiz. Alzábase en la oscuridad aquella mole, en medio del
arrecife, como gigante que prohibía el paso a los que por el camino
venían. Era fácil, con todo, haciéndose a la izquierda, pasar por la
plaza, dejando a un lado aquella fortaleza, o seguir hacia Cádiz, lo cual
era peligroso; pero en el estado de las cosas podía hacerse y salir bien, o
entrar la misma Cortadura por la gola, acción nada difícil. Pero
Rodríguez Vera y los suyos nada de esto sabían, y sólo veían ante sí alta
y formidable muralla. En esto oyen estruendo, como si ocupasen aquel
punto fuerzas crecidas. Era, don Luis Fernández de Córdoba, que sólo
con unos pocos milicianos urbanos y un reducido número de artilleros
alborotaba para figurar que traía consigo mucha tropa; apellidaba al
arma, nombraba soldados, y sacaba de su situación un partido superior
casi a lo posible. De súbito, vense tres fogonazos, suenan tres
cañonazos y una bala rasa, suceso nada común, acierta en la columna
de los constitucionales, derriba muertos a tres o cuatro de ellos, hiere a
otros, y pone en confusión a todos, que no esperaban encontrar
resistencia. Arremolínanse los soldados, y de temer era que, siendo al
cabo gente rebelada contra el Gobierno, se hubiesen creído vendidos y
revuelto contra quienes los habían traído a aquel paso. Contúvolos
Rodríguez Vera, y los alentó y confirmó en la fidelidad; pero hubo de
emprender con ellos la retirada, creyendo un imposible, con la fuerza
que llevaba, seguir en el intento de hacerse dueño de, un puesto de tan
formidable apariencia y, según parecía probado, tan competentemente
defendido. Cuando los del Ejército nacional desistían de la pelea, los del
real no la podían mantener por largo tiempo. Era imposible a la
artillería de la Cortadura continuar sus fuegos, y la guarnición, aún
abrigada por la fortaleza de aquel lugar, no era a propósito para resistir
a tropa del Ejército que la hubiese asaltado. Retiróse, pues, Rodríguez
Vera cuando, persistiendo, es de presumir que habría quedado
victorioso; y no fue él de culpar por haberse retirado, sino quien allí le
envió, teniendo persona más propia para aquel servicio, en el cual se
necesitaba un hombre que conociese perfectamente el terreno. Este
incidente pudo haber sido funestísimo, y lo fue no poco, pues si triunfó
a la larga la causa constitucional, no fue sin prolongada dilación, ni sin
correr, quienes la sustentaban, los mayores peligros, debiendo su
salvación y victoria a nuevos e increíbles caprichos de la Fortuna.










