Capítulo XXXIV

Capítulo XXXIV
Tratos para sublevar el batallón de Soria.-Plan para apoderarse de la
plaza de Cádiz.-Malógrase la tentativa.-Explicación del fracaso.-Riego
llega al Puerto de Santa María e intima la rendición de Cádiz.-El autor
logra salir de Cádiz.-Disfrazado de marinero, desembarca en el
Trocadero y pasa a pie hasta Puerto Real.-Allí encuentra un soldado que
le conduce a la presencia de Riego. Quejas de los oficiales contra los
conjurados de Cádiz.
El día 4 de enero en Cádiz fue de congoja, no obstante saberse los
triunfos primeros de las armas constitucionales y verse que las
autoridades de Cádiz contaban con poco para persistir en defenderse.
El revés de la Cortadura había hecho mal efecto en la poca tropa que
guarnecía a Cádiz. Sin embargo, se nos anunció que, con un corto
esfuerzo, sería posible decidir a los del batallón de Soria a que se
alzasen en favor de nuestra causa. Por desgracia, entre los oficiales más
dados a la conjuración y el comandante Medrano, que tampoco le era
contrario, aunque no tuviese aún parte en ella, había algo de mala
inteligencia. Pero este obstáculo podía vencerse. Creyóse oportuno que
nos encaminásemos hacia los cuarteles algunas personas para influir
en los pasos de nuestros amigos los oficiales. Fuimos allá Vega y yo con
otros. Llevábamos rellenos los bolsillos de dinero y de cigarros para las
tropas. Presentéme yo, poco adelantada la tarde y clarísimo aún el día,
en la como plaza vecina a la Puerta de Tierra, parándose asombrados
muchos que me conocían, porque mi presencia en aquel sitio, después
de haber pasado cerca de cuatro meses oculto, y habiendo a la
inmediación un Ejército sublevado aclamando la causa de que se
conocía ser yo sustentador, era, si no un acto de sedición, poco menos.
Así, ninguno de mis conocidos se atrevió a hablarme; pero, en
compensación, ninguno de los que gobernaban a Cádiz pensó en
prenderme, porque estaban entonces meramente a la defensiva. Fuera
de esto, nada favorable salió de aquella necia intentona. En medio de
la desesperación que mi situación me infundía, me dio no poco que reír
la conducta de Vega, que ya se escondía, ya disputaba con los oficiales
pretendiendo dirigirlos, y no acertando con el modo de convencerlos o
gobernarlos. Mala dirección hubo en aquel negocio. La tropa de Soria, a
la cual veinte días después, teniendo ya quien le hiciese resistencia,
pudo reducirse a aclamar la Constitución e intentar proclamarla en
Cádiz, bien podía en la hora de que trato ser traída a dar un paso en el
cual no corría el menor peligro. Fuese como fuese, nada se hizo, y yo me
retiré, habiéndolo hecho antes, y, por otro lado, Vega, con quien yo
estaba locamente enojado. Con efecto, el buen anciano era muy bueno
para su papel propio; pero quedaba desairado y obraba con general
perjuicio representando uno que no era para él ni aun para mí, y sí sólo
para militares, que en tales casos entre sí se entienden y se respetan.
Pero yo, no sin motivo, me creía constituido en obligación forzosa,
con pena, si con ella no cumplía, de eterna ignominia, de allanar la
entrada en Cádiz a mis amigos armados, a quienes había contribuido
con mis esfuerzos a atraer a la situación peligrosa en que se
encontraban. No ignoraba que nos estaban haciendo amargas
reconvenciones, y si bien las habría llevado con conformidad o
despreciado siendo injustas, deseaba imponerles silencio con alguna
acción que remediase lo poco lucido de la conducta de los conjurados
de Cádiz, cuando las creía, si excesivas, bastante fundadas. Llegado el
día 5, ocupada desde el 3 la isla de León por los constitucionales, y
estando Riego con fuerza, cuyo número ignorábamos, hacia la parte de
Jerez, era fácil hacer dentro de Cádiz una tentativa que pusiese en
poder de los levantados la ciudad, cuyo vecindario, casi unánime, les
era ardientemente devoto, y cuya corta guarnición contenía oficiales
comprometidos en la causa defendida por los de Quiroga y Riego y
otros, y casi todos, inclusos los soldados, propensos a adherirse a la
misma por varias razones, y hasta por la del contagioso ejemplo dado
por la mayor parte de las tropas que entonces acudían a la misma
bandera. Vega se había ido de Cádiz a la isla aquel día, y su ausencia
me libertaba de un superior que en aquellas horas era poco útil.
Trazóse, pues, una empresa bien concertada, y cuyo buen éxito parecía
infalible, siendo el plan de ella el siguiente:
En el castillo de San Sebastián, situado mar adentro, a corto trecho
de la plaza de Cádiz, y unido con ella por un áspero camino sobre rocas
cubiertas por el mar en la marea alta, y en la baja desnudas y
transitables a pie, estaban presos muchos de los personajes más
notables por su participación en la conjuración primitiva, casi todos
caídos en prisión en la mañana del 8 de julio en el Palmar del Puerto, y
otros a consecuencia de órdenes relativas a modo usado en aquel día y
los posteriores para sofocar la conjuración en estado de mero proyecto.
Eran los presos militares el brigadier don Demetrio O’Daly, el coronel
graduado don Felipe Arco Agüero y los comandantes primero y segundo
de Asturias don Santos y don Evaristo San Miguel, el coronel graduado,
primer comandante de Aragón, don Antonio Roten, de nacionalidad
suiza, y algún otro de quien no hago mención por no conservar su
nombre en la memoria. De paisanos estaba allí Istúriz; pero como va
antes dicho, cuatro o cinco días antes del alzamiento. Al mismo tiempo
había otros presos por la misma causa en el castillo de Santa Catalina,
que está pegado a la misma muralla de la ciudad, y por lo exterior hace
frente al de San Sebastián, formando ambos como los lados de una
ensenada pequeña o cala que lleva el nombre de Caleta, nombre que se
da asimismo a la puerta por donde se comunica Cádiz con el castillo
más lejano. Los presos, en Santa Catalina, gracias a la indulgencia
usada en aquel período, se paseaban por Cádiz, y ni aun la
circunstancia de haber roto en rebelión la trama en que se los suponía
implicados había sido causa de que por la autoridad se los tratase con
más rigor, cuando por los sucesos aparecía más probada su culpa, y su
estancia en Cádiz más peligrosa. Uno de ellos, llamado don Felipe
Benicia, comandante segundo del batallón de Aragón, habitaba un
cuarto cuyas ventanas a la mar hacían frente al castillo de San
Sebastián. Esta situación de los lugares que habían de ser teatro de la
empresa servía de fundamento al modo de concebirla y ejecutarla.
El comandante de la guardia del castillo de San Sebastián,
compuesta de un corto destacamento de Soria, era nuestro. Este había
de poner en libertad a los presos y de agregárseles con su compañía,
sobre la cual tenía influjo, no bien desde el cuarto de Benicia se le diese
señal con tres llamaradas consecutivas de estar todo pronto.
Entre tanto, los conjurados de Cádiz habíamos de estar con gente
armada en la vecindad de la puerta de la Caleta, dueños de este puesto
como lo éramos, y preparados a abrir la puerta a los procedentes de
San Sebastián no bien llegasen.
Vecino a la puerta de la Caleta estaba el presidio correccional cuya
guardia mandaba un oficial del batallón de Soria. Este no era masón ni
conjurado, pero fue ganado a la conjuración en el mismo día, y se dio a
ella con un ardor conservado después por algunos años. Para
entenderse con él y otros se discurrió una nueva seña, en vez de las
masónicas. No bien entrasen los nuestros por la Caleta había él de
agregársenos con su guardia, y aun con otro poderoso refuerzo de harta
mala especie. Era este último el de los presidiarios, a quienes no sólo
nos obligaba a dar suelta la necesidad de servirnos de la tropa
empleada en su custodia, sino con quienes contábamos para aumentar
nuestro poder en aquella tentativa, sin reparar en el daño que,
procediendo así, causábamos a la sociedad y a la moral. ¡A tal punto el
fanatismo político o religioso, en las horas en que arde con furia, impele
a desatender las más sagradas consideraciones, hasta hollar las leyes y
quebrantar los más altos preceptos, tanto cuanto de las humanas, de
las divinas!
Con toda esta fuerza, que comprendía una crecida turba, a la que se
allegaría sin duda gran número de gente, habíamos de ir a la Puerta de
Tierra y la muralla vecina y ocuparlas. Poca resistencia o ninguna
podíamos encontrar. La tropa que estaba allí y en el cuartel cercano era
de Soria, cuya oficialidad casi toda era ya de nuestro bando, y cuyos
soldados, al ver parte de sus compañeros en nuestras filas, se vendrían
a ellas sin duda alguna. La prisión del gobernador interino, del general
Campana y de algunos pocos más quedaba para después de dado el
golpe. La fuerza que guarnecía la Cortadura por fuerza había de ceder,
viéndose entre Cádiz y San Fernando, donde la causa constitucional
estaría triunfante.
Hubo la desgracia o la fortuna de que a este plan, ya dispuesto y
completo, hubiese quien agregase algo. Fue éste don José Díez Imbrech,
no implicado en la conjuración liberal antigua, que oficioso por demás,
y siendo ya públicos los sucesos, se arrojó a participar en los negocios
pendientes, quizá con mejor celo que tino. Redújose su agregación a
preparar un barco pequeño en que se aseguraba a los presos la retirada
en caso de malograrse la toma de posesión de Cádiz. Si bien se advierte,
tal proceder era el contrario a la famosa hazaña de Hernán Cortés y
otros héroes de la antigüedad cuando quemaron las naves para cortarse
la retirada y hacerse necesaria la victoria; pues si bien en caso de un
revés proporcionaba la salvación de parte de los comprometidos,
también los convidaba a una fuga segura, en vez de a una contienda de
éxito muy dudoso.
Preparado así todo al cerrar la noche, me encaminé yo a los lugares
donde había de llevarse a ejecución el plan formado, en el cual me cabía
una de las partes principales. Lo primero que hice fue ir a la guardia del
presidio, fuerza la más numerosa y la más cercana de todas las con que
debíamos contar en nuestra empresa. Preguntó por el oficial; le
llamaron, se me presentó, dímosnos la seña convenida y nos apretamos
la mano, encontrando yo en aquel hombre desconocido más resolución
que en otros a quienes obligaban a tenerla grandes compromisos
anteriores. Hecho esto, pasé a juntarme con la turba prevenida para
recibir a los procedentes del castillo y abrirles las puertas. Componían
la reunión medianamente numerosa, de gente, si no forajida, poco
menos, y en su mayor parte de contrabandistas, gobernada por sus
respectivos capataces. Las tiendas de vinos eran propios
acantonamientos para semejante tropa, la cual se situó en varias de las
que allí cerca había. A una de éstas pasé yo, y a pesar de mi fanatismo,
sentía horror y repugnancia al ver las personas de que estaba rodeado.
Examiné el estado de las cosas y saqué de ellas un juicio satisfactorio.
Por comunicaciones recibidas del castillo de Santa Catalina, supe que
Benicia estaba en su cuarto, pronto a dar la señal a los del castillo
opuesto. Pasé yo mismo a la puerta de la Caleta. Allí, algunos de los
míos tenían hachas bien afiladas para destrozar la puerta hasta abrir
entrada a los que de fuera viniesen. La guardia del puesto, compuesta
de la milicia urbana, había contraído de pronto un compromiso
singular, que era el de no cooperar a nuestro intento, pero sí dejarnos
pacíficamente llevarle a ejecución a su vista; extraño modo de cumplir
su deber, que era cuidar de la seguridad de aquel puesto, pero ejemplo
harto común de las contradicciones del entendimiento y de la
conciencia del hombre. Estando así todo, no había duda del triunfo, si
los del castillo de San Sebastián se presentaban. Volvíme a la tienda y
púseme a esperar. La hora de hacer las señales era de suponer que
había ya pasado. Sin embargo, no se notaba movimiento hacia el
castillo. En medio de esto, los asociados en mi empresa se entretenían
en jugar, y ocurriendo, como con frecuencia sucede, una disputa en el
juego, estuvieron a punto de remitir la decisión a la navaja. Alborotóse
la tienda, y recelé yo un escándalo por donde fuésemos descubiertos.
Llamé a uno de los principales capataces, conocido por el nombre de
Manuel o don Manuel el Montañés, célebre entre los suyos y aun
asociado a personas de superior esfera, como insigne contrabandista y
jugador de monte. Sosegó éste a los más alborotados por un medio que
yo creía contrario al que se debía emplear, pues les dijo atroces injurias;
aquéllos, al principio, respondieron con otras iguales, siendo terribles
los gritos y feroces los gestos y ademanes, a punto de parecer inminente
una refriega aun con el mismo tremendo caudillo; pero por grados fuese
bajando la voz por las opuestas partes, cambiándose las injurias en
argumentos y las señales exteriores de amenazadoras en amistosas,
aunque expansivas, hasta quedar restablecida la paz, y, en cuanto
cabía, la obediencia. Este incidente, que empezó causándome gran
cuidado, vino a serme divertido. A todos nos sirvió de distraernos de
una consideración, que era la de que, corriendo el tiempo, los del
castillo no daban muestras de moverse. Tanta dilación era sospechosa.
Comenzó a advertirlo aquella gente y a manifestar desconfianza y
miedo. Para sosegarlos yo y para salir también de dudas, propuse un
arbitrio. Si bien estaba cerrada la puerta de la Caleta y echarla abajo
hasta llegar el momento oportuno sería locura, al pie de la vecina
muralla hay elevados montones de arena, arrojada allí por las olas, de
suerte que era fácil descolgarse a la playa sin peligros. Ofrecióse a
hacerlo un hombre para mí desconocido, de los de mala traza y
probablemente no mejores hechos que allí estaban, el cual había de ir
por las peñas hasta llegar al mismo castillo de San Sebastián, y dar de
mi parte un recado a mis amigos para que me explicasen os motivos de
su tardanza, o si habían mudado de resolución por no poder o no
querer atenerse a su propósito primero. Mi emisario necesitaba
credenciales, porque aun ignorando el significado y aun la existencia de
esta voz y las fórmulas usadas en las negociaciones, conocía que sin
llevar algún documento donde se acreditase quién le enviaba, y a qué
estaba expuesto a llevar mal trato, o cuando menos a no ser recibido.
En mi ciego ardor, conociendo lo fundado de aquel ruego, accedí a él, y
tomando una pluma o un lápiz, escribí a mis amigos del castillo lo
siguiente: «Espera, a usted, con las armas, la gente y todo listo,
Galiano.» Así puse, con mi firma al pie, en manos de un hombre nada
digno de confianza, un documento que, presentado en un proceso, sería
bastante a granjearme mi condenación a muerte. Debo añadir, aunque
sea digresión, que éste pedacillo de papel me fue presentado después
del triunfo completo de la causa por el que le llevó, el cual, si con
haberle guardado blasonaba de su fidelidad y le exhibía como título
para obtener un premio, bien podía haber hecho otro uso, de él, si
hubiese tornado la vuelta contraria la fortuna. A tal extremo llegaba mi
fanatismo, acreditado en sucesos poco conocidos, por lo cual hay
quienes me nieguen el lugar que me corresponde, para el aplauso o
vituperio, en una revolución en que me cupo una de las partes
principales.
El emisario despachado saltó a la playa y tardó algo en volver, como
era forzoso. Le esperábamos ya con poca satisfacción, porque la
tardanza en ejecutar el plan nada bueno prometía. Llegó al fin, y con las
noticias que trajo, confirmó más nuestros crueles temores. Dijo, pues,
que, habiéndose acercado al castillo, le había intimado para que se
hiciese atrás la centinela, y que como insistiese en rogar que le dejasen
hablar con el oficial comandante del destacamento, había recibido por
respuesta la amenaza de que, de no retirarse, le despedirían haciéndole
fuego. Todo esto fue dicho en voz alta por el emisario antes que pudiese
yo cortarle la palabra, trayéndole a explicarse conmigo en secreto. Oírlo
los contrabandistas, creerse en peligro si allí continuaban y empezar a
irse cada cual por, su lado, fue obra de pocos momentos. Me vi, pues,
solo; pero antes de retirarse mi comisionado, le pedí el papel que le
había servido de credencial, y él me dijo que lo había hecho pedazos,
mintiendo, pues le tenía guardado, como poco antes he referido. Casi
abandonado ya en mi desesperación, hice locuras. Saliendo al lugar
llamado el Campo, frente del Hospicio, acompañado no me acuerdo de
quién, pateé, me golpeé, hasta me arrojé al suelo y mordí la tierra. En
verdad, se había malogrado un proyecto cuyo éxito favorable era casi
seguro. Llegado a la casa en que había yo de pasar la noche, oí fusilazos
a lo lejos. Salí de nuevo y supe que el estruendo era causado por
haberse escapado los presos y metídose en el bote, y haberles hecho
fuego los soldados de la guardia, cuyo comandante los acompañó. Al oír
este estruendo, el ya citado comandante de la guardia del presidio se
puso en movimiento, sin encubrir su situación de cooperar al triunfo de
la causa sostenida por los presos, y sus soldados le siguieron; pero
viendo todo tranquilo, volvieron a la situación antigua. Por esta acción
el mismo oficial fue preso y procesado, y habría llevado severo castigo si
el triunfo de la causa constitucional no hubiese puesto fin a la que se le
estaba formando. Este hecho prueba cuan fácil habría sido nuestra
victoria si los del castillo hubiesen venido a Cádiz.
Ahora queda explicar lo que llegó a mi noticia sobre la determinación
de los presos. Según algunos de ellos me dijeron, el comandante de la
guardia, tanteando a los soldados para ver si estaban dispuestos a
seguirle, no los encontró dóciles como esperaba y le era necesario. Este
tanteo hubo de ser hecho con torpeza, pues manejándose con habilidad,
sin duda le habrían seguido. Otros de los mismos presos llegados al
Ejército constitucional dieron por causa de su fuga no haber sabido a
punto fijo que en Cádiz se estuviese preparado a recibirlos. Esto se
averiguó a su tiempo, pues proclamada ya en Cádiz y en toda la España
la Constitución, y libre Benicia, aseguró que había hecho las señales,
en lo cual no pudo ser desmentido. La verdad es que, viendo a mano el
bote, prefirieron irse en él, a intentar la entrada en Cádiz, no siendo
vergonzosa una fuga que los llevaba a juntarse con sus compañeros
armados y a participar de sus peligros, fatigas y, glorias. Como supe
después, al tiempo de tomarse la determinación, y estando dudoso cuál
se tomaría, prevaleció la idea de que con nosotros los de Cádiz poco se
podía contar, pues no habíamos abierto las puertas a los de Quiroga el
día 3, como nos tocaba haber hecho, y que estando la bandera
constitucional alzada, tocaba a los militares ir a pelear como valientes
en las filas de sus sostenedores, en vez de meterse en un tumulto
popular de éxito incierto y casi nada glorioso. Con este modo de pensar,
hijo de preocupaciones que llevan a los de la profesión militar a no
fiarse en los paisanos, se malogró la ocasión de tomar a Cádiz. Istúriz
no quiso seguir a sus compañeros de prisión no bien supo que se iban
al Ejército, en vez de intentar la entrada en la ciudad, y prefirió
quedarse en su encierro y aguardar allí las resultas de la causa que
contra él y los demás se seguía. También se quedó el coronel Roten, por
no haber estado pronto en la hora de la salida, y estuvo a punto de
costarle cara su detención, pues el gobernador del castillo, a quien
habían emborrachado los presos con vino cargado de drogas para que
en su embriaguez no les sirviera de obstáculo, llamando a unos
soldados mandó que disparasen a Roten cuatro tiros, orden bárbara, a
la cual faltó poco para ser obedecida. Los demás presos, en su pobre
barquilla, hicieron una pronta y feliz navegación hasta aportar al Puerto
de Santa María, estando la noche, aunque en el rigor del invierno,
hermosa y serena. Aquella misma noche había llegado allí Riego, por
quien fueron recibidos con extremado agasajo, no sin injustos
vituperios a los conjurados de Cádiz, vituperios en alguna parte, pero
no ciertamente del todo, merecidos. Riego había salido de Arcos uno o
dos días antes, y pasado a Jerez de la Frontera. Allí proclamó la
Constitución, según su costumbre de resolver de este modo una de las
principales cuestiones pendientes. El día 5, encaminándose al Puerto de
Santa María, avistó a Cádiz desde las alturas de Buenavista y le intimó
la rendición por medio del telégrafo situado en aquel cerro; acción de
mero aparato teatral y muy conforme al carácter de aquel personaje, la
cual ni trajo ventajas ni inconvenientes, aunque sirvió de dar a conocer
a los gaditanos que, además de las fuerzas situadas en la isla de León,
había otras declaradas constitucionales.
Después de mi mala fortuna en la noche del 5 de enero, poco podía
yo hacer, y aun nada quería, salvo pasar al Ejército a participar de la
suerte común de los constitucionales. Diéronme noticia de que estaba
mandado prender, aunque hoy mismo no sé si hubo tal orden.
Vínoseme a hablar de otras tentativas proyectadas, dentro de Cádiz,
pero en ninguna podía servir de mucho, y por ciertas preocupaciones
me resistía a ponerme acorde con personas nuevas en aquellas
empresas que se me proponían por asociados. Al fin, no me acuerdo
bien si en la noche del 10 o del 11 de enero, encontré modo de llevar a
efecto mi propuesta fuga. Vínoseme a decir que un capitán de buque
mercante francés, surto en la bahía, estaba pronto a sacarme de Cádiz
y depositarme en la opuesta costa, siendo él masón celoso, aunque no
de la masonería española, y acérrimo liberal, y deseando favorecerme
como hermano. Llegó la noche en la que había de efectuarse nuestra
salida. Pero sopló en ella el viento del Norte furioso, estrellando las olas
en el muelle como suele, con gravísimo peligro de las embarcaciones
menores. Envióme, pues, a decir el capitán que estaba pronto a cumplir
su palabra, pero que veía casi seguro ahogarnos si emprendíamos el
viaje en aquella noche. La perspectiva era poco lisonjera, y preferí
esperar a otro día; pero accediendo a ruegos del mismo capitán, me fui
aquella noche a dormir a su casa. Amaneció el día siguiente cayendo
nieve en espesísimos copos. No habían visto tal cosa en Cádiz los
nacidos, y era general la sorpresa. En esto entró el capitán y me dijo
que creía propicia la hora para embarcarnos, pues el riesgo de atravesar
las calles de Cádiz de día era corto, mientras mirando todos al cielo
atendían poco a la tierra. Me pareció acertado el consejo y le puse en
ejecución. Embocéme en mi capa, cogióme del brazo el capitán,
tomamos un gran paraguas y le bajamos hasta taparnos la cara, y con
trazas de hombres arrecidos y asustados de la nieve, fuimos sin tropiezo
por las calles y aun atravesamos la Puerta del Mar, donde había
sentados dos vigilantes tan poco dignos de su título en esta ocasión,
como suelen serlo casi en todas. Salimos, pues, al muelle, sin hacer alto
en nosotros persona alguna, y llegados al bote que nos esperaba, salté
yo en él con la alegría común en casos semejantes, sensación viva ésta
(la de verse en salvo después de un peligro), que se ha reproducido más
de una vez en mi persona en los varios lances de mi azarosa vida.
Fuimos a bordo del buque francés. De él tenía yo que salir y aun que
atravesar por alguna guardia de las tropas del rey, pero mi peligro era
ya leve. Sin embargo, me fue necesario mudarme de ropa, poniéndome,
en vez de la mía, una de marinero mercante francés, compuesta de
chaqueta y pantalón de paño verde oscuro con varias piezas añadidas
de diversos matices de verde, traje que fue el mío durante dos meses,
aunque cubierto con una capa. Ya tan gozoso y sin capa, por no
consentirme llevarla la condición de marinero que fingía, metiéndome
en otro bote, fui en él a desembarcar en la banda de Poniente del caño
del Trocadero. Echéme en tierra con los demás marineros, pretextando
que íbamos a recoger no sé qué efectos de los allí acopiados, siendo
verdad que a esto iban también los del bote.
Había una guardia en aquel puesto, pero por demás descuidada,
especialmente tratándose de marineros franceses. Yo entré en
conversación con algunos soldados, diciéndoles algunas palabras
españolas con mala pronunciación y no mejor sintaxis. Así los traíamos
entretenidos, cuando aprovechando yo un momento en que no me
miraban, eché a andar por el camino que lleva a Puerto Real, donde
contaba, o encontrar tropas constitucionales, o lograr con poco trabajo
un medio de trasladarme, a San Fernando. Me alejé sin que me
llamasen, a paso corto primero, y después a carrera. Había andado
algún trecho, cuando comenzó de nuevo a nevar y con mucha fuerza,
repitiéndose así el fenómeno de la mañana; y fenómeno le llamo, por
serlo en aquel clima, pues habiendo yo nacido y vivido en él largos
años, sólo esta vez he visto caer en abundancia y seguida la nieve.
Yendo yo en cuerpo con mi chaqueta, me calé todo; pero el ejercicio me
impedía sentir el frío. Es de notar que siendo desde niño de complexión
delicada, habiendo estado tan enfermo en Londres y Suecia, y aun
después padeciendo siempre, nada robusto y sí achacoso, he resistido
sin rendirme a dos cosas que cada una de por sí acaban mucho a los
hombres, y juntas deberían haberme causado la muerte, o cuando
menos una vejez anticipada; esto es, haber cometido excesos y darme
por extremo a la lectura. Sin embargo, tan fuerte estaba yo en esta
época, que faltándome la costumbre de arrostrar así la intemperie, no
me resentí del mal rato que me llevé en una legua larga que hay hasta
Puerto Real desde el Trocadero. Llegué al pueblo a que me encaminaba
cubierto de nieve, y viendo a la entrada un soldado o cabo de escuadra,
conocí por su uniforme ser del batallón de la Corona, uno de los dos
que Quiroga había traído consigo. Fuime a él y le pregunté de qué
tropas era, y recibí por respuesta que de la primera división del Ejército
nacional, lo cual me declaró que estaba entre los míos. Él, mirándome
por mi pelaje, hubo de creerme poca cosa, y notándome cubierto de
nieve: «Pobrecillo, me dijo tuteándome, por no parecerle digno de más
consideración; tú vienes de la fragata. Respondí yo que sí, no sabiendo
de qué me hablaba, y él añadió: Ya os he estado mirando venir; vamos,
entra conmigo a echar un trago de aguardiente, que lo necesitas.»
Acepté el convite, no obstante saber que los licores espirituosos no son
buenos para quien viene frío y cansado, pero cedí a la práctica común
de usarlo en tal caso, porque de pronto consuelan. Bebido un poco en
buena amistad, preguntó a mi convidador qué tropa había en Puerto
Real, y quién la mandaba. Respondióme que la primera división con su
general cuyo nombre no me dijo. Le pedí, pues, que me llevara a casa
del general, que por fuerza había de ser amigo mío, fuese el que fuese.
Diome gusto; salimos de la tienda en compañía; llevóme a casa del
general, y adelantándose un poco, dijo a éste que un marino quería
hablarle. Mandáronme entrar, abrióse la puerta, y en el general conocí a
Riego, el cual dio un grito, diciendo: ¡Es Galiano!, y vino a abrazarme,
no sin gran sorpresa de mi compañero el cabo, que vio convertirse en
personaje de suposición a quien tenía trazas de ser tan poca cosa.
Entrado con Riego, hiciéronme preguntas sobre el estado presente y
aun pasado de Cádiz, a que satisfice. Pero varios de los oficiales que
rodeaban a Riego se manifestaron llenos de indignación contra los que
no les habíamos abierto las puertas de Cádiz, clamando que los
habíamos engañado y perdido. Llegaron a destemplarse tanto, que
Riego hubo de mediar, imponiéndoles silencio(15).